Comics para olvidar: Spiderman, Matanza máxima

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Me encanta Spider-Man. Es probablemente mi personaje de cómic favorito; el que más ha contribuido a mi formación moral e intelectual. Unos tienen la Biblia o a Robespierre; yo tengo a Peter Parker. Empecé mi colección en los 90, atraído por su galería monstruosa de supervillanos y el diseño de un héroe por aquel entonces más arácnido, en ocasiones incluso anatómicamente incorrecto, gracias a Todd Mcfarlane. El dibujante canadiense elevó las ventas utilizando un estilo barroco y oscuro, sobre todo en la miniserie del hombre araña que él mismo dibujó y guionizó con no tanto éxito. Se creó incluso un cierto mercado especulativo alrededor de las diversas variantes de la portada del número 1 que, si no me equivoco, eran plateada y dorada, y sentó un precedente que daba más valor a las portadas alternativas de las obras que a los propios cómics de superhéroes. Algo de lo que la industria todavía no ha querido escapar.

Todo el mundo se fija en el culo de Spidey, pero nadie en los politraumatismos de sus miembros

Con el tiempo, conseguí los números de los años 70 y 80 y el Trepamuros tejió una telaraña en mi corazón con su carácter bromista, sufrido, quejica, y siendo auténtico perdedor (que no lo es). En definitiva, con todos esos rasgos que lo hacen más vecino y menos poderoso que otros personajes como los Vengadores o Batman, en especial en la versión fascista y descafeinada del murciélago que soportamos desde hace un tiempo por culpa de Frank Miller. Mi romance con Spidey duró hasta que se volvió un producto de fast food en el que todo valía para contar lo de siempre, pero peor. Y parte de la culpa de mi doloroso divorcio con Spider-Man la tienen sagas de los 90 como Matanza máxima, que ya desde el título indicaba la mierda que iba a ser.

Cuando pones el secador muy fuerte en casa pasan estas cosas

Pues bien, la saga se prolongó durante catorce números que atravesaron varias colecciones y fue anunciada a bombo y platillo por Marvel. Aquí en España, Forum tuvo vista y la sacó en una miniserie de siete números, siendo el último un especial de sesenta y cuatro páginas que incluía un nuevo título del Lanzarredes, Spider-Man Unlimited. Así no teníamos que volvernos locos para completarla y, como tampoco afectaba al universo arácnido, los que no siguieran a Spider-Man podían comprarla de forma independiente. En su recorrido trabajaron varios autores como Tom DeFalco, David Michelinie y J.M.DeMatteis, en el guion; y Mark Bagley, Sal Buscema y Ron Lim en el dibujo. Yo personalmente me los imagino en una reunión de Marvel con los editores, pensando: «vaya mierdas que nos obligan a hacer para vender cómics a preadolescentes con acné».

Este joven de los 90 se convirtió en un calvo nazi y ahora vomita bilis en el Comicsgate

Los 90 fueron una época dura para los cómics de superhéroes. Siempre he comparado esta etapa con la adolescencia: te vuelves muy malote, o eso crees, sin darte cuenta que estás haciendo el gilipollas. Pues bien, eso es lo que les pasó a muchos personajes. De repente, héroes de toda la vida empezaron a cuestionarse si estaba bien hacer el bien. Y eso sin entrar en la promoción de diversos seres oscuros y torturados que, por sus expresiones, daban la impresión de tener un ataque de hemorroides eterno.

«Dijeron que las toallitas de aloe Vera ayudarían. ¡Mintieron!»

Castigador, Cable, Motorista Fantasma, Lobezno, Guy Gardner un Linterna Verde retard, Azrael en Batman y otros muchos intentos fallidos que no llegaron al Olimpo de los tíos duros, serían algunos ejemplos del tipo de protagonista que buscaban por entonces las editoriales. A mi parecer, algunos de ellos funcionan mejor como villanos. Es el caso del Castigador, sin ir más lejos, que empezó su carrera como malo en las páginas de Spider-Man. Son personajes que pueden funcionar como contrapunto de los héroes clásicos en los grupos en los que se integran, siempre que no se conviertan en una parodia barata del tío veterano de Vietman, la guerra del Golfo y Kuala Lumpur. Es decir, siempre que no les pase como a Lobezno fuera de las páginas de la Patrulla X.

El Castigador quiere que recicles, hijoputa

Con este panorama surge Matanza Máxima, cuya trama (o ausencia de) implica a Spider-Man y a Veneno, que se enfrentan a Matanza. Este no es sino el hijo del simbionte alienígena de Eddie Brock que releva a papá en el papel de villano, ya que, por lo visto, el psicópata del traje negro se había vuelto blando en su propio título. Y hay que recordar que cuando un personaje es protagonista de su propia colección es bueno porque sí, aunque le saque a alguien los pulmones por la nariz para defender la justicia.

Matanza, Cletus Kasady para los amigos, se ha vuelto a escapar de algún sitio, en argumento que se repite hasta la saciedad en los cómics de superhéroes y que, la verdad, ya huele. Como objetivo vital se propone matar a todo aquel que se cruce en su camino, aunque lo justifica con no sé qué mierdas sobre el caos. Para ello, recluta a otros supervillanos con nombres de bandas de death metal: Grito, Doppelganger, Demoduende y Carroña. El bando de Spider-Man y Veneno hace lo propio y junta a Gata Negra, Capa y Puñal, Morbius, Capitán América, Puño de Hierro, Estrella de Fuego, Deathlok y una copia cutre de Spawn que se llamaba Vigilante Nocturno. Imaginación al poder. Con los luchadores reunidos como la plantilla de Mortal Kombat empieza la ensalada de hostias. Tras el despropósito, los buenos se alzan con la victoria y vuelven a encerrar a Matanza, que ya se liberará más adelante para subir las ventas. O quizá no y entonces tú exclamarás «¡emosido engañado!».

«A ver cuéntame tus opiniones que me limpiaré el culo con ellas»

Con la salida de Matanza Máxima, los fans del arácnido pensamos: «Con esta plantilla de personajes, qué podría salir mal?». Pues salió bastante mal, aunque no para Marvel que, siguiendo el modelo de Secret Wars (un cómic que me encanta a pesar de lo que digan algunos pedorros), sabe explotar estas cosas y saca verdaderos mondongos que nos hemos comido con cuchillo y tenedor. Además, la idea de juntar superhéroes en un todos contra todos permite producir muñecos, camisetas y videojuegos. Por cierto, el de Matanza Máxima es más malo que el cagar, pero incluye canciones de Black Sabbath para las que, por supuesto, no tenían derechos.


«¡Partidle las piernas antes de que haga ese bailecito absurdo de Spider-Man 3!»

Podríamos seguir hasta la eternidad enumerando cosas malas de este cómic pero la entidad cósmica del universo Marvel llamada Eternidad se enfadaría, así que basta de dar el coñazo. Vamos al grano.

El gran fallo de Matanza Máxima es no conseguir que los enfrentamientos entre superhéroes y supervillanos resulten emocionantes, visualmente atrayentes. Secret Wars lo logra y, sin ser una obra magna, disfrutas viendo cómo tus personajes favoritos se parten los morros, porque la acción es entretenida y bien narrada, sin grandes aspavientos, por el dibujante. Todos nos acordamos de cómo Spider-Man da una paliza a la Patrulla X entera. Los mangas, aunque su estilo sea diferente, también serían grandes exponentes de lo que se puede conseguir sin un guion profundo porque la acción nos resulta emocionante y épica: Dragon Ball, Saint Seiya, etc. Por el contrario, la acción en Matanza Máxima es de serie B: aburrida, previsible y descafeinada. Los autores solo logran transmitir haber cumplido como pudieron con el encargo. Se nota una gran pesadez ante la propuesta de alterar las líneas argumentales de sus colecciones para realizar este cómic, digno de leerse en el váter (que no es malo del todo).

¿Y con que más podemos despotricar? Pues con las dudas que tiene Peter Parker sobre si el ojo por ojo está bien mientras se nos acaba el papel higiénico. «¿Aún estamos así, Peter?». Parece ser que a Spider-Man se le ha olvidado todo aquello que le decía su tío Ben y baraja la idea de matar a los malos para que no vuelvan a aparecer. Lo que tendría que haber hecho es matar a los editores. Parte de la culpa es del pollavieja de su padre, Richard Parker, regresado de entre los muertos para convertirse en un clon asesino. Es entonces cuando te das cuenta de que debemos vigilar a los clones de cerca, porque casi todo lo que los incluye acaba siendo una mierda. Pasa con la saga del clon en Spider-Man o El ataque de los clones en Star Wars.

De los 90 en adelante, una corriente muy utilizada en el cómic consiste en hacer que personajes que son buena gente se conviertan en unos auténticos psicópatas. Porque la violencia hace que seas adulto de repente. En Matanza Máxima hay mucha violencia, muchas muertes que tienen el mismo impacto que comerte un fantasma en el Pacman. Los actos atroces de los villanos son anulados porque no transmiten ningún tipo de horror; son anodinos, insignificantes y te hacen creer que no ha pasado nada de nada. Y eso te impide odiar a esos monstruos; tampoco puedes temerles, simplemente te dan igual. Y es que los personajes están fuera de lugar, no son lo que recordamos y Spider-Man, que suele ser gracioso a base de chistes malos, da la sensación de ser un capullo. Incluso se atreve a hacer algunos chascarrillos con micromachismos incorporados que dan bastante vergüenza ajena.

Ah, se me olvidaba mencionar que Matanza y Grito establecen que los otros villanos son como sus hijos y ellos serán los progenitores de está chipirriflaútica familia feliz. Algo que a priori suena interesante, acaba convirtiéndose en un capítulo mutante de La tribu de los Brady. Encima hay un cierto tufillo de que estar en contra del sistema significa necesariamente que hay que adorar a Satán. De verdad, los autores tienen serios problemas si creen que la anarquía es un movimiento beligerante que mata gente para conseguir sus objetivos. Y yo que creía que eso era el fascismo, pobre de mí…

En fin, que Matanza es un personaje que podría molar, pero rara vez lo ha hecho. Intentaron que fuera una especie de Lecter y se quedó en un Hasselhoff. Es simplemente un matón ruidoso, como lo fueron los años 90. Afortunadamente, otro personaje de Marvel hizo justicia y lo mandó al olvido. ¿O no?

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2 comentarios

  1. No te falta razón, por diseño siempre he sido muy fan de Carnage, pero esa serie en concreto es…
    En lo referente al principio creo que podemos decir que a Jim Lee y a Mcfarlane nunca les gustó el relax poscoital, por lo menos en sus personajes.

  2. Carnage tiene un buen diseño es verdad y poco más. Me acuerdo de matanza bomba mental que era de un solo número y se queda corto con decir que es aberrante. Relax nunca!

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