Cinefórum CXLVI: Luz que agoniza

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La sibilina perversidad que enmascara la manipulación es el hilo que enlaza Tenemos que hablar de Kevin y la película de esta semana, un clásico reverenciado y cuyo título ha dado nombre formal a un tipo de abuso psicológico: Luz de gas.

Basada en la obra de teatro homónima de Patrick Hamilton, Luz que agoniza fue rodada en 1944 como temprano remake estadounidense de aquella primera versión británica, menos celebrada, de 1940. George Cukor, unos de los primeros directores del cine sonoro, firma esta cinta protagonizada por Ingrid Bergman, Charles Boyer y Joseph Cotten (Ciudadano Kane, El tercer hombre).

Un joven y enamorado matrimonio formado por Paula Alquist (Bergman), una infructuosa aspirante a cantante lírica y Gregory Anton (Boyer), su pianista acompañante, llega al Londres victoriano; pero lo que parecía un cálido idilio se transforma lentamente en una gélida espiral de manipulación y enajenación que esconde oscuros propósitos. Ingrid Bergman fue justamente oscarizada por una soberbia interpretación en la que su personaje cae lentamente en las redes tendidas por su cónyuge, que le hace dudar tanto de su memoria como de su cordura, llevándola al aislamiento y la anulación.

Ágil en su tratamiento estilístico, llaman la atención los juegos de sombras que aparecen durante toda la película. Además, la cinta supuso igualmente el debut de una jovencísima Angela Lansbury (mítica detective de Se ha escrito un crimen) en la gran pantalla.

A pesar de tratar esencialmente una historia pequeña, casi podríamos decir que doméstica por el cerrado círculo de sus personajes y las ambiciones de los mismos, Luz que agoniza basa su grandeza en la vigencia de su eje central: la manipulación mental, individual o colectiva, se yergue como una oscura herramienta casi inherente a la especie humana en cualquier época de la historia, tanto en la época victoriana como en la actualidad.

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