El naufragio humano: los nombres de la desigualdad

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Supón que naufragas en el mar y la buena fortuna te acerca a una isla. Con la esperanza de ser rescatado decides organizar tus días; improvisas una balsa y regresas a los restos encallados del barco para recuperar provisiones. Recoges (entre otras muchas cosas) herramientas de carpintero, cuerdas y tablas que podrán servirte de gran ayuda, además de velas, papel y tinta, incluidas galletas marineras. Después, aprovechando parte de los elementos que has reunido, te construyes (guareciéndote en el interior de una cueva), una rudimentaria vivienda, que cercas con una alta empalizada. La única forma de entrar o salir es con una escalera de mano que has preparado con esmero. El futuro, a partir de estas primeras previsiones, será tan favorable para ti que pronto construirás nuevos refugios a los que llamarás casas de campo, incluso tendrás allí algunos cultivos; como si esto no fuera bastante felicidad encontrarás en la isla un perro y dos gatos que te darán compañía, y de las cabras salvajes que has visto en los riscos te harás con un rebaño de no menos de cuarenta animales. Y como tu pasado era el comercio de mercancías y la propiedad de plantaciones, pronto sentirás la necesidad de llevar un inventario de tus nuevos bienes, y un poco después también te pondrás a la tarea de escribir un diario para relatar tu vida en la isla. Evidentemente, no puedes olvidar el mundo del que vienes, y ese inventario y el diario son su manifestación tangible. Por cierto, a la isla no le has puesto un nombre.

Pasa el tiempo. Un día, de la manera más inesperada llegan a tu isla, está claro que ya la consideras tuya, varios hombres, con la intención de asesinar a uno de los que van en el grupo. Ante la situación, tú lo salvas. Él, ese extraño, tiene un idioma; es decir, un mundo con fronteras donde ese idioma se inscribe, y es muy diferente al tuyo. Con el paso de los días, él no intentará enseñártelo, pero tú sí a él. ¿Cómo podría ser de otra manera? A fin de cuentas, esa isla es tuya, en la medida en que hasta ayer eras el único habitante, y ese hombre es un salvaje, según los términos de tu época y la consideración en que como europeo le tienes. Y, entonces, como estás decidido a mostrarle tu mundo, la frontera que marcan tus palabras frente a las suyas, te decides a enseñarle tu idioma, y señalando su joven pecho, le dices: «Tú: Viernes». Lo repites otra vez; más veces. Ya está; lo ha entendido. Le has puesto un nombre, y le invitas a decirlo mientras lo señalas otra vez, y descubres que él asiente obediente, incluso mejor que el loro aquel que encontraste en la isla y al que con mucho trabajo le enseñaste tu nombre, con la secreta intención de que otros loros de la isla también lo aprendiesen. Imagino lo que habrá sido para ti la posibilidad de imaginar numerosos loros volando por la isla gritando tu nombre. Sin embargo, quieres asegurarte de que se ha aprendido bien la lección e insistes nuevamente, mientras el joven repite sin dudarlo: «Viernes», él es Viernes, ya está; y tú eres su testigo. Y cuando lo ha aprendido bien, cuando has confirmado que se lo sabe de memoria, le dices, señalando tu honorable pecho, tu dignidad, tu persona: «Llámame, Amo». Le repites la palabra varias veces: «Amo», «Amo», «Amo»; y él la aprende también. Mientras tu verdadero nombre queda oculto.

Sí, apreciado lector, lo has adivinado, esta es la historia de un personaje de nombre Robinson Crusoe, la historia escrita por Daniel Defoe; la historia, créeme, del mundo tal y como lo conocemos.

El deseo de reconocimiento impregna nuestras relaciones. Y es, permítanme poner un ejemplo básico y fundamental, en la obra Fenomenología del Espíritu de Hegel, donde mejor se describe el proceso del «deseo del deseo del otro», que no es otra cosa que el deseo de ser reconocido. Probablemente, sin este análisis que tenía otros antecedentes ya en Fitche, incluso en Hölderling, el camino habría sido más oscuro para pensadores como Marx, Freud o Nietzsche, conocidos más tarde como «los filósofos de la sospecha».

La metáfora con la que Hegel representa el hecho es conocida como Alegoría del amo y el esclavo. Explica en ella cuál es el deseo del esclavo: que el amo le reconozca de igual a igual como persona; pero el amo jamás hará eso, a lo más reconocerá como igual a otro amo, si no existe otra alternativa.

No falta este conocimiento en la sabiduría popular, como tampoco faltó en Hobbes o en Maquiavelo o en los filósofos griegos.

En esta escuela de no-reconocimientos que parece estar en el centro de las relaciones personales, ocupa su espacio el desprecio o el menosprecio. El amo (y entiéndase por esto la posición de dominio) se juega su estatus, su poder en ese posible reconocimiento.

Cuando el obrero se organizaba ante el patrón, pedía el reconocimiento; cuando la mujer lo exige ante el hombre pide el reconocimiento. Son solo dos ejemplos de exigencias de reconocimientos; pero se pueden sumar cuantos movimientos identitarios queramos, especialmente, muchos de los que se han hecho visibles estos últimos tiempos. Allí donde una voz se levanta, ya está pidiendo que se le reconozca.

El no reconocimiento es injusticia para quien lo sufre. Y quienes lo hacen, aseguran su poder; es más, haciéndolo, disfrutan con su poder y lo que este les permite hacer.

Escribió Rousseau en su Discurso de la desigualdad que «El salvaje (entendamos esto como el hombre en su estado más natural) vive en sí mismo, en cambio el hombre sociable, siempre vive fuera de sí, no sabe vivir más que en la opinión de los demás». De ahí, la necesidad de reconocimiento incluso en la convención de las relaciones sociales. Lo que no excluye, como sabemos hoy, la necesidad de reconocimiento tribal.

Pero estar en la opinión de los demás es ser reconocido como amo o como esclavo, una de las dos, con todos los matices que se quiera poner al hecho. Engels aplicó esta idea de las relaciones a las «clases sociales». Y Nietzsche sufría cuando pensaba que las personas eran como barriles huecos sin toda esa serie de títulos y saberes con los que se adornaban, y que les servían para sentirse superiores a los demás.

Pero a mí, lo que me preocupa de esta historia, en fin, en lo que me ha dejado pensando, es en aquel loro al que Robinson Crusoe enseñó su nombre completo; nada de «Robinson» solo. Porque no se contentó con enseñarle solo el nombre, sino también el apellido. Ni debió parecerle difícil para que lo aprendiera el loro. No solo eso, sino que deseó que el loro ya enseñado, al repetir el nombre, se lo enseñase a los demás loros de la isla.

Intento imaginar otra escena, una que no aparece en la narrativa de esa historia: por ejemplo, el náufrago europeo que se siente dueño de la isla da un nombre («Viernes») al recién llegado, personaje del que nunca sabremos su verdadero nombre, mientras que él se hace llamar «Amo», sin especificarle cuál es su auténtico nombre. Tenemos, pues, dos nombres imaginarios o al menos no reales en cuanto que no son los de los sujetos. Y desde estos nombres se tratan por imposición de uno de ellos. Ahora, imaginen que por una sincronía de esas que gustaban tanto a Carl Jung, en el instante en el que el europeo hace repetir al indígena la palabra «Amo», aparece el loro al que le había enseñado su verdadero nombre volando a baja altura, posándose sobre el hombro del personaje principal mientras repite: «¡Robinson Crusoe!», que serían palabras sin ninguna importancia para Viernes, que no las conoce, y ya puestos para «Amo», que no aceptará reconocerlas.

Esto, a su vez, me hizo pensar en un loro argentino, en realidad era una lora, de esas de plumaje verde que se ven ahora mucho en España, a la que alguien hirió en un ala, y a la que cuidé en mi adolescencia unos meses hasta que se recuperó. Una tarde, supongo que de otoño o de invierno, estábamos las dos en la cocina, ella en su jaula, de la que la dejábamos salir cuando podíamos cuidarla en el patio, y yo haciendo unos deberes para el instituto. Reconozco que fue mirarla y sentí una enorme tentación… ¿de posteridad? No lo sé. El caso es que comencé a repetir mi nombre, solo mi nombre sin los más de ocho apellidos vascos que lo acompañan; ella, pobrecita bajaba los párpados y los abría, mientras yo repetía y repetía mi nombre; el caso es que no demoró mucho en aprenderlo. Pero no me bastó con ese reconocimiento; fui a buscar a mi madre que a modo de testigo más tarde pudo dar fe de lo ocurrido. Tendría yo por entonces catorce años.

Después de tener este recuerdo, pensé: lo único que me diferencia a mí de Robinsón Crusoe y su loro es que yo era una adolescente. Mi ignorancia sobre cómo era el mundo, evidentemente, era mayor que la suya; él sabía qué lugar ocupaba; yo no, o no con la consciencia que ahora tengo; es lo bueno de hacerse mayor.

En fin, dejo aquí la historia plenamente convencida de que, si buscan en sus recuerdos, hallarán una larga cadena de reconocimientos y no-reconocimientos, dados y recibidos. De algunos se enorgullecerán, y de otros se avergonzarán.

Por supuesto, no es igual imponer el nombre a un animal que a una persona, ni es lo mismo decir Robinson Crusoe que Amo, aunque las dos representen al mismo ser. Creo que Robinson fue mejor persona cuando enseñó al loro su nombre, pero más sincero cuando enseñó al nativo su verdadero corazón en un nombre: Amo.

Mucha razón tenía Wittgenstein cuando explicó que no solo nos enseñan palabras, sino cómo debemos comportarnos ante las palabras. ¿Alguna duda? Piensen en palabras… ¿Ya? Entonces tendrán claro que algunas palabras esperan un determinado comportamiento de nosotros. Es todo tan sencillo como eso: la palabra «madre» despierta unos sentimientos, la palabra «patria» otros, «rey»; sigan sumando: «maestra», «bombón», «circo», «alegría», «fallecimiento», «contrato temporal», «verano», «desahucio», «demócrata», «pobreza». Nos han enseñado cómo debemos comportarnos ante esas palabras. Luego cuesta deshacerse de ese comportamiento si uno no lo considera adecuado.

Cuando una las ve en el diccionario, a las palabras me refiero (a mí de joven me encantaba leer el diccionario una y otra vez) parecen inofensivas, simples letras, sabemos lo que significan, qué ámbito delimitan, a qué se refieren; también percibimos si tienen doble sentido, y sus varias acepciones, incluso su facilidad para convertirse en ambiguos eufemismos, pero si te acostumbras a leerlas mucho, luego ves que te sobra léxico, porque la mayoría de las personas se conforman con menos, y mientras ellos no sienten que les faltan palabras, a ti te sobran. Ahora bien, una vez que conoces la verdadera historia de Robinson Crusoe, una vez que deja de parecerte esa historia de un náufrago solitario en una isla, cuando comprendes de qué va realmente la historia, una historia de no-reconocimiento, entonces es como si uno descubriera el mundo otra vez. Y lo que ves, te puede gustar o no, pero por fin sientes que está más claro.

Pilar Alberdi

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