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El «Libro de las invasiones» y los irlandeses hispanos

«Īth mac Bregoin athchonnairc hĒrinn ar tūs, fescor gaimrid, a mulluch Tūir Bregoin; dāig is amlaid is ferr radharc duine, glan-fescor gaimrith» (Fue Ith, hijo de Breogán, quien vio por primera vez Irlanda una tarde de invierno desde lo alto de la Torre de Breogán; porque así es como se ve mejor, en una clara tarde de invierno). Así reza el Lebor Gabála Érenn, o Libro de las invasiones de Irlanda, el relato mítico irlandés que narra la llegada del pueblo gaélico a la isla procedente del norte de España.

A pesar de su nombre, lo que conocemos como Lebor Gabála Érenn es una colección de relatos presentes en varios manuscritos medievales irlandeses, siendo el mejor conservado el Libro de Leinster del siglo XII. Según esta narrativa, probablemente procedente de leyendas más antiguas de la tradición oral céltica y con adiciones de primitivas obras cristianas, Irlanda recibió seis invasiones progresivas hasta que los gaélicos se asentaron definitivamente en la isla.

Tras la génesis y la diáspora de las naciones, el pueblo de Cessair, nieto de Noé, es el primero en poner pie en la isla, hasta que es aniquilado por un diluvio. Le sigue el pueblo de Partholón trescientos años después, también de la estirpe de Noé mediante Magog, tras un periplo a través de Gotia, Anatolia, Grecia, Sicilia e Iberia. Estos perecen nuevamente a causa de una plaga y tras treinta años aporta el pueblo de Nemed, otros descendientes de Magog. A modo de inciso hemos de mencionar a los fomorianos, raza sobrenatural que ya habitaba la isla antes de la llegada de Partholón y que simbolizan las fuerzas caóticas y destructoras de la naturaleza, comparables a los jotun nórdicos, y a los que se enfrentan tanto las huestes de Partholón como las de Nemed. Es de hecho tras una de estas cruentas batallas cuando los supervivientes de la estirpe de Nemed abandonan la isla, poniendo unos rumbo a Gran Bretaña y dando origen al pueblo bretón, mientras que otros se adentran en el septentrión y el último grupo se dirige a Grecia.

Estos últimos son esclavizados en Grecia y, tras doscientos treinta años, regresan a Irlanda ahora bajo el gentilicio de Fir Bolg. Sus cinco jefes dividen la isla en las cinco provincias de las que tradicionalmente consta la isla y de las que actualmente cuatro sobreviven. Y es ahora cuando retornan los descendientes de Nemed que se aventuraron al norte, donde aprendieron las artes druídicas y mágicas, en la guisa de los sobrenaturales Tuatha Dé Danann, o pueblo de la diosa Danu, de clara inspiración hiperbórea. Tras la Batalla de Moytura, los Tuatha Dé Danann expulsan a los Fir Bolg a las remotas islas occidentales y se erigen en gobernantes de la isla, reinado del que disfrutarán por ciento cincuenta años con ocasionales escaramuzas contra los fomorianos.

Tiene lugar entonces la última y definitiva invasión, la de los gaélicos. El Libro de las Invasiones relata cómo estos también provienen de Magog y de un príncipe escita que participó en la construcción de la Torre de Babel. El hijo de este príncipe se casa con Scota, la hija de un faraón egipcio, y tienen un hijo, Gaedel Glas, que sintetiza la lengua gaélica a partir de la confusión lingüística que sigue al colapso de la Torre de Nimrod. Seguidamente, comienzan un éxodo desde Egipto que les llevará a Escitia, Creta, Sicilia y, finalmente, a Iberia. Es aquí donde Ith, hijo de Breogán, avista Irlanda en el horizonte y lanza su primera expedición, durante la que se encuentra con los tres reyes de los Tuatha Dé Danann. Sin embargo, es asesinado en extrañas circunstancias y sus hombres retornan el cadáver a Iberia, provocando la indignación de los gaélicos y la preparación de una expedición punitiva al mando de los hermanos de Ith y los hijos de Míl Espáine. Este último personaje, gaelización del latín Miles Hispaniæ (soldado de Hispania), y que ciertos manuscritos presentan como el marido de Scota, parece tener una relevancia fundamental al otorgar a los gaélicos el gentilicio eponímico de milesios.

Esta postrera expedición enfrenta finalmente a los milesios y a los Tuatha Dé, dejándonos varios mitos fundacionales por el camino como la asignación del nombre actual de la isla por parte del bardo milesio Amergin tras una promesa hecha a una princesa local llamada Ériu. El susodicho bardo juega un papel fundamental al recitar unos versos que rompen el hechizo con el que los druidas de los Tuatha Dé trataron de impedir el desembarco de los milesios. La leyenda atribuye a tales versos la condición de ser la primera obra literaria en lengua irlandesa. Una vez consumada la victoria de los milesios, estos se erigen en reyes de la isla mientras los Tuatha Dé Danann son exiliados al inframundo, convirtiéndose en los Aes Sídhe de las leyendas feéricas y dando lugar a la rica cultura mitológica irlandesa presente hasta nuestros días. La narración termina con una crónica de los reyes posteriores, primero paganos y luego ya cristianos, momento en el cual se comienza a fundir con crónicas históricas documentadas contemporáneamente.

Libro invasiones

Las referencias bíblicas son evidentes: diluvios, éxodos y relatos del Antiguo Testamento se entretejen armoniosamente con leyendas pre-cristianas e interpretaciones idiosincráticas locales. Este tipo de relato fundacional semi-bíblico no es infrecuente entre los pueblos europeos que escaparon a la romanización directa y que de esa manera tratan de justificar su esencia civilizada, y entre los cuales podemos encontrar el israelismo nórdico. El supuesto origen levantino de los irlandeses, su asimilación a los hijos de Israel y sus periplos egipcios, escitas o griegos son pues de esperar en un relato de estas características, pero su escala en Iberia despierta nuevos interrogantes. Posteriores instancias de nuestro país en relatos medievales añaden más interés si cabe a este hecho, como La Tragedia de los Hijos de Tuireann, en la cual los protagonistas residen en la corte de un rey español para hurtarle su carro mágico (si bien algunos anticuarios interpretan ese lugar como Sicilia); el Cortejo de Moméra, que narra la estancia del rey de Munster Éogan Mór en España y su matrimonio con una princesa castellana con la que posteriormente regresa a Irlanda; o la misma historia de la princesa Tailtiu, hija del rey de España Móg Mór y madre adoptiva de Lug, dios pancéltico de notable presencia en la península según nos indica la etnonimia, toponimia y epigrafía celtíbera. A este respecto podemos igualmente encontrar múltiples equivalencias en las mitologías, costumbres y toponimias de ambos territorios.

El personaje de Breogán, unido a la referencia a una torre, llevó tradicionalmente a la cuasi-unánime asimilación de este lugar con Brigantia, actual La Coruña (si bien no faltan detractores que se inclinan por Betanzos o Bragança), cuya Torre de Hércules parece haber sido erigida por los romanos sobre una construcción ya existente. Evidentemente, esta leyenda tuvo un enorme peso en Galicia, que lo adoptó como mito fundacional, pero no gozó de la misma popularidad en el resto de la península. En contraste, el Libro de las Invasiones tuvo una relevancia enorme a lo largo de la historia de Irlanda. Los irlandeses siempre tuvieron en alta estima el mito que justificaba su esencia civilizada a pesar de la ausencia de romanización, especialmente durante la dominación inglesa y su vindicación en base a la supuesta labor civilizatoria del contingente británico. Como cabría esperar, la sección hispana del relato alcanzó su cénit de popularidad durante el apogeo del Imperio español. Este supuesto vínculo con la mayor potencia mundial contemporánea y a la sazón aliada en la lucha contra el invasor británico, era recibido con gran entusiasmo por el pueblo hibérnico.

La Guerra de los nueve años, último intento de los nobles irlandeses por acabar definitivamente con el dominio británico en la isla, contó con la participación española del lado de la facción gaélica (Hugh O’Neill llegó a ofrecer la corona de Irlanda a Felipe II, el cual la rechazó). Donal Cam O’Sullivan, Príncipe de Beare y uno de los últimos jefes gaélicos en capitular, escribió una carta a Felipe II ofreciendo sumisión a su autoridad en un último intento desesperado de salvar la causa gaélica. Dicha misiva, escrita en irlandés, comenzaba así: «Nosotros, los auténticos irlandeses, de antaño trazando nuestras raíces a la muy noble y celebrada raza de españoles, y de Milesio […] tal y como los testimonios de nuestras más venerables antigüedades, crónicas e historias declaran […]». La guerra terminó con una contundente victoria de los británicos, que asentaron definitivamente su dominio sobre la isla y obligó a los jefes rebeldes y muchos de sus aliados a abandonar Irlanda para siempre en lo que se conoce como La fuga de los condes. Merced al Tratado de Dingle, por el que ya desde hacía varias décadas Carlos I había conferido derechos de ciudadanía y otros privilegios a exiliados e inmigrantes irlandeses en las posesiones de los Habsburgo, muchos se establecieron en España, costumbre perpetuada durante los siglos siguientes. Estos irlandeses, muchos de noble cuna, gozaron de gran prestigio en nuestro país y ocuparon posiciones de alto rango, llegando incluso algunos a engendrar algún primer ministro isabelino o libertador latinoamericano, mire usted por dónde. Aún en nuestros días pulula por suelo patrio algún O’Neill español considerado como legítimo heredero del Rey Supremo de Irlanda.

La Ilustración fue testigo de otro incremento en la popularidad de estas leyendas. Fue este período testigo de un incipiente movimiento patriótico que comenzaba a cuestionar la moralidad de las Leyes Penales, justificadas a su vez por ingleses y escoceses como David Hume con la ya manida cantinela del tutelaje civilizatorio británico. Anticuarios irlandeses del calibre de Charles O’Conor o Sylvester O’Halloran comenzaron a investigar el pasado más remoto de la isla para demostrar la existencia de una rica cultura literaria en la Irlanda pre-normanda, y el Libro de las Invasiones retornó a la palestra una vez más como demostración de la naturaleza civilizada irlandesa.

Aun en tiempos más recientes hay quien ve en la estrofa del himno nacional que menciona una parte de las huestes irlandesas proveniente de allende los mares (Buíon dár slua thar toinn do ráinig chugainn) un guiño a los milesios, si bien probablemente se refiera a los hiberno-americanos que apoyaron el movimiento de independencia. Y hay quien vio en el mismísimo Éamon de Valera, héroe de la independencia y posteriormente presidente de la república y primer ministro, nacido en Nueva York de padre español y madre irlandesa, una reencarnación del mito milesio.

Las recientes investigaciones de académicos como John Koch y Barry Cunliffe, que en su obra Celts from the West desafían la teoría de Hallstatt-La Tène y postulan el origen de la cultura celta en la península ibérica mediante análisis lingüísticos, arqueológicos y genéticos, parecen otorgar un indicio de veracidad a este mito. Sus conclusiones explicarían la llegada de los celtas a Irlanda desde la península en un proceso vinculado a la expansión del fenómeno del megalitismo atlántico, si bien estas teorías aún no han recibido aprobación académica unánime.

Como quiera que sea, no debemos olvidar que nos encontramos ante uno de tantos mitos fundacionales que pueblan el folclore europeo y que como tal no deja de ser una leyenda. Aunque, ¿por ventura no son las leyendas con frecuencia sino representaciones fantasiosas y exageradas de hechos reales? Una cosa es cierta: los que, como un servidor, procedan del noroeste de la península, no podrán sino sentir una irreprimible añoranza al contemplar las verdes campiñas de la isla esmeralda.


BIBLIOGRAFÍA

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