Divulgación

El genocidio del Congo: cuando las manos fueron monedas de cambio

Durante más de veinte años, el territorio que hoy conocemos como la República Democrática del Congo se encontraba en manos privadas, concretamente en las del rey de Bélgica, Leopoldo II. La cuestión sobre si las atrocidades allí ocurridas permiten hablar de un genocidio del Congo, semánticamente hablando, es aún un debate abierto.

Antecedentes

En el año 1884, franceses y alemanes se unen para completar el reparto de África bajo la organización del canciller Otto von Bismarck. El asunto colonial estaba dando que hablar en todas las potencias europeas, destacando especialmente el caso de Gran Bretaña y Francia. El objetivo de la Conferencia de Berlín era asegurar un proceso imperialista pacífico, cosa que fracasó estrepitosamente pues se producirán, como sabemos, varios conflictos a principios del siglo XX. De esta reunión surgirá posteriormente el mapa africano actual, con fronteras geométricamente delimitadas, algo que ha originado incontables conflictos étnicos que aún perduran en la actualidad.

Leopoldo II llegó con una idea clara a la conferencia: hacerse con la rica zona del Congo. La Asociación Internacional del Congo, el ente encargado de explotar el país bajo el mando del soberano antes de la conferencia (recordemos que lo que Leopoldo II pretendía era legitimar el control que ya ejercía en el país africano), no estuvo presente en la reunión ya que no era un Estado como tal. No obstante, el rey belga se aseguró la presencia de varios aliados para satisfacer sus intereses, entre ellos los representantes de su propio país. Ningún otro Estado impidió que el mandatorio consiguiese su objetivo. Finalmente, se creó el Estado Libre del Congo pero, lejos de ser cedido a Bélgica, se convirtió en una colonia privada administrada de un modo paternalista por Leopoldo II, reconociéndose así su soberanía sobre dicho territorio.1

El Congo que gobernó Leopoldo II tenía un tamaño casi ochenta veces mayor que Bélgica (2.600.000 km2). Antes de la exploración del territorio por parte de Henry Morton Stanley2 y su posterior reconocimiento internacional, se trataba de un país central en el comercio de esclavos, aunque a mediados del siglo XIX se interrumpió por las presiones de los abolicionistas. Se convirtió entonces en un Estado sede de varias casas comerciales de diferentes países europeos en la zona de la desembocadura del Congo (Francia, Portugal, Inglaterra…). Por su parte, la zona este estaba dominada por comerciantes musulmanes procedentes de Zanzíbar.3

El Congo bajo el dominio de Leopoldo II

Bajo el gobierno de Leopoldo II se cometieron gran cantidad de atrocidades en territorio congoleño, siendo equiparado por algunos autores como Adam Hochschild a lo ocurrido durante los mandatos de Hitler y Stalin. En cualquier caso, el rey belga fue capaz de componer una gran empresa económica-política que lo convertiría en uno de los reyes más poderosos y ricos del momento. Tal y como se afirma en el libro del historiador estadounidense:

«[…] Fue, también, un astuto estratega de las relaciones públicas, que invirtió importantes sumas comprando periodistas, políticos, funcionarios, militares, cabilderos, religiosos de tres continentes, para edificar una gigantesca cortina de humo encaminada a hacer creer al mundo entero que su aventura congolesa tenía una finalidad humanitaria y cristiana: salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos que invadían y saqueaban sus aldeas» (Hochschild, 2007: 4).

En efecto, Leopoldo II logró disfrazar de misión cristiana y humanitaria su intervención y gobierno en el Congo. Si realmente la comunidad internacional le creyó o si en realidad hizo la vista gorda hasta que la situación se descontroló, es desconocido para el autor del artículo; la realidad fue que nadie impidió, en principio, el libre albedrío del rey en el territorio africano. La administración del Congo se llevó a cabo desde Bruselas y, si en Bélgica Leopoldo II era un rey constitucional, en el Congo era un monarca dictatorial que ejercía un poder absoluto y despótico.

Tras dividir el país en diferentes distritos gestionados por comisionados nombrados por el propio rey, Leopoldo declaró la zona exenta de libre comercio como propiedad explotable de domino privado. Comenzaron entonces los saqueos, las explotaciones laborales, violaciones, los incendios de pueblos enteros, las mutilaciones y los castigos brutales para quien no cumplía con lo encomendado.4

genocidio Congo

Los testimonios y el caso de la Force Publique

Ante tal situación, a pesar de cierta inacción inicial que nos lleva a pensar en la similitud con el período de Entreguerras, comenzaron a aparecer las primeras denuncias públicas. Una de las más relevantes es la que realizó el coronel estadounidense George Washington Williams en forma de carta abierta a Leopoldo II.5 Williams era un militar afroamericano que había vivido en sus carnes la Guerra de Secesión, por lo que conocía de primera mano los horrores a los que se habían sometido sus congéneres. Es uno de los primeros textos sobre colonialismo escrito por una persona negra. Tras la carta, enumeraba una serie de puntos donde acusaba a Leopoldo II de diversos crímenes: parcialidad judicial, represión y crueldad desmedida, tráfico de esclavos, etc.6

«Cuando llegué al Congo, lo primero que hice fue buscar los resultados de tan brillante programa: «amparo y acogida», «iniciativa benéfica», «esfuerzo práctico y sincero», para incrementar los conocimientos de los nativos y «asegurar su bienestar». Jamás había imaginado que los europeos fuesen capaces de establecer un gobierno en un país tropical sin construir un hospital; sin embargo, desde la desembocadura del Congo hasta su cabecera, aquí, en la séptima catarata, a una distancia de 1448 millas, no hay ni un solo hospital para europeos, y únicamente tres cobertizos para los africanos enfermos al servicio del Estado, que no son aptos ni para albergar un caballo. Estaba deseando ver hasta qué punto los nativos habían adoptado el amparo y la acogida de la iniciativa benéfica de Vuestra Majestad y me llevé una amarga desilusión. Los nativos del Congo se quejan de que les han arrebatado sus tierras por la fuerza, que el Gobierno es cruel y arbitrario, y afirman que ni aman ni respetan al gobierno y su bandera. El gobierno de S.M. les ha embargado la tierra, quemado los poblados, robado sus propiedades, esclavizado a sus mujeres y niños, y cometido otros crímenes, demasiado numerosos para mencionarlos en detalle… los soldados y trabajadores del gobierno de S.M. llegan en gran cantidad, importados de Zanzíbar, a un costo de 10 libras por cabeza… a estos reclutas se los transporta en circunstancias aún más crueles que las empleadas en Europa para transportar el ganado» (Williams, 2010: 15).

Otro testimonio, en la misma línea, lo encontramos en el diplomático irlandés Roger Casement, encargado de presentar un informe al gobierno británico ante los rumores de lo que podría estar ocurriendo en el Congo. En él, Casement hizo hincapié en la desoladora disminución de la población con respecto a su anterior viaje de 1887. Si bien, afirma que las razones podrían deberse en gran parte a las enfermedades, también destaca lo siguiente:

«El enorme descenso de la población, las aldeas sucias y mal conservadas, y la ausencia total de cabras, ovejas y aves de corral -que en su día abundaban en este país- deben atribuirse, por encima de todo lo demás, al esfuerzo continuo realizado durante muchos años para obligar a los nativos a explotar el caucho. Grandes cuerpos de tropas nativas habían estado acantonados en el distrito, y las medidas punitivas tomadas con tal fin se habían prolongado durante un período considerable. En el curso de dichas operaciones se perdieron muchas vidas, y me temo que, además, se practicaba la mutilación general de los muertos, como prueba de que los soldados habían cumplido con su deber» (Cagni, 2012: 74).

Además, Casement también mantiene que las mutilaciones no se efectuaban solo sobre los cadáveres. Cuenta cómo a un joven le arrancaron las manos a golpe con la culata de un fusil o como le cortaron la mano derecha a un niño de doce años. El cercenamiento de manos a la altura de la muñeca fue una práctica habitual, hasta el punto de convertirse en moneda de cambio. A mayor cantidad de manos que entregara un soldado, menos tiempo de servicio. El Congo se había convertido en un territorio salvaje dirigido por sádicos con el consentimiento de Leopoldo II.7

No obstante, la realidad es que el rey belga no pisó una sola vez el Congo. Para ejercer su poder y llevar a cabo todas estas atrocidades creó la Fuerza Pública (Force Publique), un ejército privado que se convirtió en una de los más poderosos de África. A finales del siglo XIX contaba en sus filas con casi veinte mil hombres.8 Curiosamente, con la excepción de los oficiales, la mayoría de miembros del ejército eran personas negras que habían sido forzadas a trabajar como soldados. De hecho, se cuentan varios motines protagonizados por los propios reclutas.9

La Fuerza Pública fue la encargada de la represión en el Congo de Leopoldo II. Ha sido considerada por algunos autores como el génesis de los instrumentos de control político de los Estados totalitarios. Normalmente, secuestraban a las mujeres o hijos de los trabajadores y les prometían su liberación a cambio de cierta cantidad de caucho, aunque solían morir antes.10 Se hizo muy popular el uso del chicotte como medio de castigo: un látigo anudado que se utilizó en el Congo hasta 1959, aunque aún hoy se puede encontrar en ciertas partes de África.

¿El final del horror?

Poco a poco, los testimonios de las atrocidades que se cometían en el Congo fueron más habituales. Estas noticias llegaron a la opinión pública europea que presionó a Leopoldo II. Se terminaría creando una Comisión Investigadora independiente que confirmó todas estas denuncias, aunque Leopoldo había conseguido crear una imagen idílica sobre su persona difícil de desprestigiar. Gracias al empeño de personajes como Casement o el activista británico Edmund Dene Morel la realidad se convirtió en innegable. Finalmente, Bélgica anexionó de forma oficial el territorio. Las condiciones mejoraron, pero se continuaron cometiendo barbaridades. Como afirma Hochschild, lejos de producirse esta mejora por motivos humanitarios, la razón principal fue la drástica disminución de caucho silvestre en favor del cultivado, unido a la introducción de los impuestos para conseguir ganancias de la población local.11

Hoy hoy en día apenas es conocido lo ocurrido en el Congo. Se estima que murieron entre ocho y diez millones de personas.

«Apenas nadie recuerda haber oído hablar de aquella salvaje muestra de hasta dónde puede llegar la codicia cuando se une con la impunidad. La estatua ecuestre del rey Leopoldo II sigue cabalgando en el palacio de Laeken sin que nadie le preste particular atención y sin que los millones de cadáveres que ocasionó en aquel tiempo de pesadilla parezcan alterar su impune escondrijo en la historia» (Benavides, 2006).


Bibliografía

– BENAVIDES, Jorge Eduardo. Amo y señor del Congo, en El País Semanal, enero de 2006.

– CAGNI, Horacio. Literatura, colonialismo y genocidio en África, en Contra. Relatos desde el sur, nº 9, 2012.

– FORBATH, Peter. El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra, Fondo de Cultura Económica, Turner, 2002.

– HOCHSCHILD, Adam. El fantasma del rey Leopoldo, Península, Barcelona, 2007.

– MORENO GARCÍA, Julia. La conferencia de Berlín (1884-1885), en Cuadernos de Historia 16, nº 106, 1985.

– WESSELING, Henri L. Divide y vencerás. El reparto de África (1880-1914). Barcelona, Península, 1999.

– WILLIAMS, G. W. & CASEMENT, Roger & CONAN DOYLE, Arthur & TWAIN, Mark. La Tragedia del Congo, Ediciones del Viento, La Coruña, 2010

1 MORENO GARCÍA, Julia: La conferencia de Berlín (1884-1885), Cuadernos de Historia 16, nº 106, 1985, págs. 64-66.

2 Explorador británico que poseía un gran conocimiento del territorio africano y que fue contratado por Leopoldo II para su empresa.

3 WESSELING, Henri L.: Divide y vencerás. El reparto de África (1880-1914). Barcelona, Península, 1999, págs. 100-105.

4 BENAVIDES, Jorge Eduardo: Amo y señor del Congo, El País Semanal, 2006, pág. 3.

5 WILLIAMS, G. W. & CASEMENT, Roger & CONAN DOYLE, Arthur & TWAIN, Mark: La Tragedia del Congo, Ediciones del Viento, La Coruña, 2010, págs. 15-19.

6 CAGNI, Horacio: Literatura, colonialismo y genocidio en África, Contra relatos desde el sur, nº 9, 2012, págs. 73-74.

7 Ibídem.

8 HOCHSCHILD, Adam: El fantasma del rey Leopoldo, Península, Barcelona, 2007, pág. 193.

9 Ibídem, págs. 197-201

10 FORBATH, Peter: El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra, Fondo de Cultura Económica, Turner, 2002, pág. 374.

11 HOCHSCHILD, Adam: op. cit., pág. 342.

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