Karl Marx y la religión

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Durante más de una década y desde finales de los años ochenta fueron muchos, muy influyentes y muy bien pertrechados los que se encargaron de decretar la defunción intelectual de Karl Marx y del marxismo como aparato crítico válido con el que analizar la realidad, los procesos históricos y (muy especialmente) la economía. Los años noventa fueron la onda más intensa de aquella agresiva corriente, que iría perdiendo fuerza conforme comenzó su andadura el nuevo milenio. Para entonces, es cierto que el posmodernismo ya no gozaba, a nivel intelectual, de buena salud; pero el agotamiento definitivo de esa ola no sería decretado hasta el colapso del sistema financiero en 2008, que volvió a situar a Marx, casi por defecto y por accidente, en el centro gravitacional de la crítica de los problemas. Este es el marco en el que se sitúa este volumen que nos trae Trotta, que no debe tenerse por solo un libro de teología. No es una sentencia en absoluto exagerada. En gran medida, la base de algunos de los más célebres postulados del influyente pensador alemán surgieron de la crítica que realizó sobre la religión, como no tardaremos en comprobar.

Las palabras de Reyes Mate y José A. Zamora que leemos al final del estudio previo (de casi cien planas) a la presente selección de escritos de Karl Marx son, sin ningún género de dudas, sintomáticas: en el bicentenario de su nacimiento, escriben, «cuando la cuestión de la actualidad y el impacto histórico de su pensamiento se han convertido en un objeto de reflexión y debate, creemos que la crítica de la religión ofrece una clave imprescindible para su crítica de la sociedad, también de la actual». Por varios motivos, no se podría estar más de acuerdo con ellos.

En primer lugar, porque la misma cubre una faceta frecuentemente obviada en Marx (y particularmente dentro del marxismo); en segundo lugar, por la honda relevancia que el tema posee, también hoy día; y en tercero y último, porque siempre es motivo de celebración la reedición de un escrito de un autor clásico, y desde luego Marx lo es en el sentido más vasto de la palabra.

Inclusive, han tenido a bien incorporarle un «Anexo» con fragmentos de Walter Benjamin sobre capitalismo, religión e historia, en el que someten a tensión los límites de la crítica marxista sobre la cuestión religiosa. Esto, unido a la presentación del volumen (sobrio, como es costumbre en el sello, al tiempo que elegante) y a infrecuentes detalles que son muy de agradecer, como un índice temático y otro de autores y personajes históricos y míticos, hacen de esta edición un ejemplar cuidado y, aunque lo oportuno de la ocasión sugiera otra cosa, bien meditado.

A decir verdad, no parece que se trate de la reedición a una recopilación que tuvo lugar hace ya más de cuarenta y cinco años, que entonces corrió a cargo de Hugo Assmann y el propio Mate para la editorial Salamanca. Pero poco importa. El volumen que ahora nos traen es exhaustivo y cubre todas las etapas por las que Marx pasaría, desde el joven liberal radical al maduro impulsor del socialismo. De tal manera que el recorrido nos lleva por las reflexiones que formulara en su tesis doctoral sobre la Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro, en donde confronta con su maestro Hegel; por Sobre «La cuestión judía», donde lo hace con su profesor y amigo Bruno Bauer; por La ideología alemana, con la que intenta trascender los límites de la filosofía rupturista de Feuerbach; hasta llegar a sus propuestas en torno al fetichismo de la mercancía que formularía en su obra inmortal, El Capital.

Así pues, este recopilatorio de Marx Sobre la religión viene muy a tono tanto con la vuelta de este autor a la primera fila de las preocupaciones (re)abiertas con la crisis económica, como con el bicentenario de su nacimiento. También encaja como anillo al dedo de una línea editorial que merece un reconocimiento, por su coherencia y buen hacer a la hora de trazar una dirección que, si bien no es sencilla, pone a disposición del lector una temática en verdad estimulante y valiente, por tener una cuota de mercado presumiblemente reducida. A saber: la que va entre la religión y la filosofía a través de la historia.

Las bases de la crítica marxiana de la religión

Hagamos ahora una breve y sucinta inmersión en el tema del libro. Para ello nos basaremos, principalmente, en el buen estudio previo de Mate y Zamora, aunque en posteriores entregas nos detendremos con más detalle en los textos de Marx.

En primer lugar, hay que decir que la crítica de la religión no era para Marx (ni para la filosofía) un mero pasatiempo, como tal vez pueda pensarse desde nuestra más inmediata actualidad; sino que, muy al contrario, era un espacio de lucha decisivo. Y lo era hasta tal punto que en torno a esta cuestión se dividían los jóvenes hegelianos de derecha y de izquierda. Dentro de esta disputa, Marx no sería en realidad más que un continuador del hilo crítico que había iniciado Hegel y del que con tanto ímpetu tirarían destacados seguidores suyos, como Feuerbach o Bruno Bauer. La crítica del primero partía del hecho de que el ser humano, en tanto que potencia, tiene infinitas posibilidades de desarrollo, pero hasta ahora esta potencialidad la había adjudicado a un ser trascendente, desposeyéndose así de ella. De alguna manera, la humanidad había rehuido de esta responsabilidad. Por eso Feuerbach, partiendo de la crítica de la religión, propone una reapropiación. Y, así, una vez la humanidad haya emprendido y desarrollado esta tarea estará en disposición de conformar (pensaba él) «un mundo humano con todas las cualidades que hasta ese momento había colocado en Dios».

El planteamiento, se aprecia, si bien resulta profundo, dejaba escaso espacio para la acción política, que era la esfera que le interesaba tocar a Marx. Además, tal y como él lo enfocaba, la propuesta de Feuerbach pecaba de un excesivo idealismo. En palabras de Mate y Zamora, el «ser humano, que se sabía finito, entendía que no podía ser el sujeto de predicados infinitos», que «sólo podía ser la humanidad en su conjunto». Este era el punto de vista de Marx. Por eso él se fija en la comunidad, en la multitud que sufre, como sujeto de transformación y condena la religión por ser «el fruto de unas relaciones históricas que han aislado al individuo de la humanidad».

El compromiso que fijará a partir de aquí tiene reminiscencias hegelianas, como no podía ser menos, pero también kantianas y lo guiaba un decidido humanismo: «La crítica de la religión desemboca en la doctrina de que el hombre es la esencia suprema para el hombre y, por consiguiente, que el imperativo categórico de echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable…».

He aquí expuestas, en forma de crítica a la religión, las bases intelectuales del futuro movimiento obrero. Y ahora entendemos mejor la relevancia que posee esta cuestión: es la que fija las traviesas sobre las que irán los rieles que guiarán a la futura izquierda política.

Algunos de los fundamentos de la crítica

La sublimidad de la Revolución francesa, amén de su tremenda complejidad, hace que las más de las veces su dimensión religiosa bien se pase por alto, bien se relegue a un plano muy secundario. Esta carencia es particularmente grave si tenemos en cuenta que en las décadas posteriores a 1789, el lugar que ocupaba la religión dentro del Estado era algo de capital importancia. Tanto que da para afirmar a Reyes Mate y José A. Zamora que «la religión del Estado confesional está ahí para impedir la emancipación política». A decir verdad, Estado y religión eran los dos grandes poderes entonces (hoy diríamos Estado y capital) y la superación del Antiguo Régimen venía condicionada, en dosis enormes, por reasignar un lugar a la religión en la política. Un colectivo que estaba entonces en el centro de la discusión era el judío que, no lo olvidemos, obtuvo por vez primera los derechos de ciudadanía en 1791, para volver a perderlos con la restauración absolutista, en 1815.

Este es el marco en el que Bruno Bauer alza su voz en defensa de estos excluidos, reivindicando en La cuestión judía un Estado arreligioso que permita integrar a todos los individuos. La lógica que sigue Bauer para proponer el ateísmo como fórmula era incisiva y se basaba en la premisa de que un Estado laico que reconociera la religión como un asunto privado en un territorio dominado por el credo, supongamos, ortodoxo, produciría necesariamente una invasión de la esfera privada sobre la pública. Marx ve todo esto y, sin embargo, objeta que el Estado laico, mejor que el ateo que propone Bauer, responde de un modo más adecuado a la problemática entre Estado y religión. Y la pregunta es por qué.

La argumentación de su profesor parece impecable y, a pesar de ello, Marx parece ceder terreno con su propuesta. La explicación no es teórica sino práctica, porque al joven alumno no se le escapa la verdad de fondo: que lo que se está dirimiendo es una cuestión política. De esta suerte, un problema que afecta a la emancipación de una parte de los individuos no es posible tratarlo como una mera cuestión teológica. No obstante, Marx no era un ingenuo y comprende que la igualdad aquí es una declaración formal. Los individuos son proclamados en público iguales al mismo tiempo que las desigualdades sociales constituyen un asunto privado. Por eso él escribirá algo tan contundente como que «la capacidad de emancipación del judío de hoy es la relación del judaísmo ante la emancipación del mundo de hoy».

Cuando una parte de la sociedad oprime a otra, piensa Marx, es la humanidad en su conjunto la que queda deshumanizada. Esta conclusión, que como vemos desarrolla desde muy pronto, aún tardaría bastantes años en aplicarla a la cuestión irlandesa y su sometimiento nacional por parte de Inglaterra. Al final, llegaría a la conclusión de que para que el proletariado inglés se liberase era necesario que su Estado acabara con el sometimiento del pueblo irlandés. Pero de momento Marx no piensa en esos términos y, en todo caso, no nos desviemos del tema que nos ocupa ahora, que es el de la religión.

Observa Marx, por tanto, que los judíos son, en muchos lugares, grandes potentados económicos, por lo que a pesar de no disponer de derechos cívicos se han integrado a la perfección en las sociedades burguesas. Y por eso afirma rotundo que «la contradicción en que se encuentra el poder político práctico del judío con sus derechos políticos es, en general, la contradicción entre la política y el poder del dinero».

Esta cuestión, que arranca con la crítica de la religión, es el alma en realidad de esa propuesta política que caracterizaría a la izquierda marxista de finales del siglo XIX y de todo el XX: la deshumanización a la que somete a los individuos el capitalismo. Dice Marx en Sobre «La cuestión judía»: «La venta es la práctica de la enajenación. Así como el hombre, mientras está sujeto a las ataduras religiosas, sólo sabe objetivar su esencia convirtiéndola en un ser fantástico ajeno a él, así también sólo puede comportarse prácticamente, sólo puede producir objetos, bajo el imperio de la necesidad egoísta, poniendo sus productos y su actividad bajo el imperio de un ser ajeno y confiriéndoles la significación de un ser ajeno, el dinero». Este es el nuevo Dios bajo el capitalismo, así para judíos como para cristianos.

Este razonamiento llevará a Marx a sus propuestas en torno a la alienación y, de ahí, a las del fetichismo. De hecho, este será el punto fundamental de confrontación sobre capitalismo y religión que tendría con él Max Weber, otro recordado referente en este obtuso ángulo. Para el sociólogo alemán, la modernidad capitalista habría tenido su génesis en la religión, mientras que para el economista y filósofo de Treveris, muy al contrario, el fenómeno no habría sido de creación-a-partir-de sino de sustitución, de tal manera que el cristianismo se habría visto desplazado como religión por el capitalismo, relegando al primero al ámbito estrictamente privado.

Finalizando

Luego de todo lo apuntado, que Dios exista o no es una cuestión que, podemos afirmar, es de todo punto secundaria. Tanto si resulta una creación del ser humano, como consideraban los jóvenes hegelianos, como si no, el enfoque de los problemas, tal y como lo había aprehendido la Ilustración, poco o nada cambia. Marx, como cabía esperar, comparte este punto de partida, que no es más que eso, una línea de salida. A él le interesa más señalar la causa de la creación de Dios por los seres humanos, causa que halla en el dolor existente en el mundo terrenal. «Porque la naturaleza está mal organizada, existe Dios», dirá. Desde esta perspectiva, creer lo contrario no altera la problemática planteada.

A pesar de ello, los herederos políticos de Marx han acostumbrado a tratar la religión, de manera dominante, desde la impostura con la que la consideró la Ilustración; es decir, como un engaño para la dominación social. Marx, en cambio, afirma en su Crítica de la filosofía del Derecho de Hegel una verdad contundente: que la religión y la teología no son meros estadios de la evolución humana, ya superados. Y no lo son porque, como él comprendió, «la crítica del cielo se transforma en crítica de la tierra; la crítica de la religión en crítica del derecho; la crítica de la teología en crítica de la política». De ahí que para él la crítica de la religión fuera «la premisa de toda crítica». Y de ahí la relevancia de este volumen.

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