Texturas bíblicas del antiguo Oriente al Occidente moderno

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La literatura, como el resto de trabajo humano y como la vida misma (o, como le gusta afirmar a un colega escritor y profesor —por este orden— de Lengua Castellana, «la literatura es la vida») el saber, no es nunca original y, por tanto, no puede ser creado de la nada. Muy al contrario, es necesariamente acumulativo. Esto sirve, como no podía ser menos, para las obras de autor de los clásicos grecolatinos, pero con más razón para los libros que componen la Biblia, puesto que son obras transmitidas por tradición a lo largo de varios miles de años. Este es uno de sus aspectos más fascinantes, como lo es de otros textos de diversa antigüedad, a saber: el reflejo de costumbres, percepciones, ideas o sentido común de un tiempo y un lugar (más o menos difusos) y que permite observar una evolución (por ejemplo, que la mujer aparezca, en la versión del Éxodo, como la primera de las propiedades no codiciables de la casa y, en sintomática evolución, en el posterior Deuteronomio, haya dejado de ser un objeto). «Los poetas y prosistas bíblicos no podían menos que servirse de los géneros literarios, del universo simbólico, de los procedimientos poéticos y de los temas y motivos desarrollados desde hacía siglos en las literaturas del antiguo Oriente», señala el autor del volumen que tenemos entre las manos, Julio Trebolle. «La literatura bíblica cuenta con antecedentes y paralelos muy señalados en las literaturas de Mesopotamia, Canaán y Egipto», como también los tiene, por ejemplo, la mitología griega y, por extensión, la romana. En este punto, en consecuencia, el autor es contundente: «Tachar los textos bíblicos de «falsos» por sus incoherencias y contradicciones es no comprender que la Biblia es literatura, literatura religiosa que, lejos de representar una posición dogmática única, puede sostener al mismo tiempo puntos de vista o afirmaciones complementarias y hasta opuestas, como muestran los escritos místicos de todas las religiones».

El poder se legitima por tradición. En este sentido, la lista de reyes sumerios posee en sí un evidente propósito de propaganda política. Por esta razón, sumerios y babilonios iniciaban la historia partiendo de unos tiempos en que el poder descendió por primera vez de los cielos para pasar de una ciudad a otra entre las cinco ciudades más antiguas de Sumer, cuyos reyes habrían gobernado a lo largo de miles de años. La obra épica más antigua que se conoce, la de Gilgamesh, es de origen sumerio y en ella se recoge el mito del diluvio universal. Tras este acontecimiento, el poder real volvería a bajar del cielo, pero los reyes ya solo gobernarían durante cientos de años. La lista de reyes sumerios va del diluvio hasta la ascensión al trono de Hammurabi y, aquí ya, desde los monarcas más antiguos que vivían miles de años se ha pasado a decenas de ellos para los más recientes.

En consecuencia, los israelitas tomaron la tradición mesopotámica para autolegitimarse: «la dinastía que ostenta el poder funda siempre su legitimidad sobre la historia mítica o legendaria de las ciudades y tribus que detentaban anteriormente la hegemonía sobre las demás». Y, de aquí, los cristianos. Así, en un primer momento, la historiografía bíblica se basó en el modelo asirio de patriarcas nómadas («que vivían en tiendas»), ancestros tribales y epónimos de dinastías reinantes al que luego antepuso el sumero-babilonio, «de modo que las figuras pre- y postdiluvianas anteceden a las de patriarcas, jueces y reyes».

El modelo de tres épocas históricas (que serían cuatro, si incluyéramos las prediluvianas) no era desde luego nuevo; como mínimo, ya existía en la historiografía del Oriente antiguo: «En su versión asiria arrancaba de un pasado nómada idealizado, como el del mundo árabe preislámico. En su versión sumeria y babilónica partía de una época prediluviana de carácter mítico. La Biblia no hizo sino recoger estos modelos, fundirlos y aplicarlos a las tradiciones del antiguo Israel». Ambos modelos se fundieron, dando como resultado «un marco historiográfico que estructuraba la historia retrospectivamente en cuatro períodos: el orden actual de la monarquía reinante, el (des)orden del inmediato pasado tribal, el pasado legendario de los patriarcas y, finalmente, los comienzos míticos de los tiempos primordiales. Este modelo historiográfico era un procedimiento literario e histórico conocido, del que toda monarquía constituida podía servirse y al que todo historiógrafo podía recurrir».

El modelo, por supuesto, no había sido creado de la nada y reflejaba los modelos de vida nómada-rural-urbana pautados por nosotros. Por tanto, se correspondía con la estructura social, en el paso del neolítico a la Edad Antigua de los pueblos que habitaban esa zona.

Otro modelo creado para estructurar la realidad y organizar así la jerarquía social fue el sumerio. Sumerios y semitas fueron los primeros en crear una tríada con la que construir una realidad social. Sus dioses, An, Enlil y Enki/Ea, representaban, respectivamente, el cielo, la tierra y el abismo, se corresponden con lo sagrado, el poder y la sabiduría. Grosso modo, es la estructura que refleja la Ilíada con ZeusHadesPoseidón. Con sus evoluciones inevitables, este esquema se fue filtrando en la religión mesopotámica y cananea, y de ahí pasó ineludiblemente a la Biblia, cuyos textos mantienen una cosmología en forma de tríada, que «tiene [su]reflejo en la clasificación bíblica de los animales: fieras del campo, aves del cielo y peces del mar». En sí mismo, esto no deja de ser un sistema de poder y, por tanto, de dominación social. El poder político, constituido en su vertiente sacro-jurídica; el guerrero; y el trabajo representado por la actividad agrícola.

El altar para el sacerdote, el trono para el rey y la cátedra para el sabio conforman una tríada que representa «los tres ámbitos de mediación entre dioses y humanos». De igual manera a como sucedía en las religiones mesopotámicas, en la del antiguo Israel existían ámbitos y figuras de mediación que básicamente se reducen a tres: culto-sacerdotes, poder-reyes, escuela-sabios.

«Así pues (escribe Trebolle), desde la invención de la escritura y los inicios de la literatura en Mesopotamia, la estructuración básica de la realidad en tres ámbitos constituidos por la sacralidad, el poder y el saber, impregna la religión, la sociedad y la cultura del mundo semítico antiguo, con sus derivaciones en los mundos judío, cristiano e islámico, a lo largo de los cinco mil años de historia». A nivel de estructurar la sociedad, sería en 1789, con la Gran Revolución, que se acabaría con la organización social en oratores, bellatores y laboratores, consagrando cada vez más la tríada de la separación de poderes que ordenan nuestros sistemas públicos.

La figura de los mediadores entre dioses y humanos guardaban también esta estructura tripartita. En la tierra: sacerdotes, reyes y profetas-sabios; en los cielos: esferas sagradas, de poder y profético-sapiencial. Detengámonos un momento a explicar este segundo espacio. Los «seres sagrados» correspondían a los cuatro seres vivientes de Ezequiel a los que Enoc otorga los nombres de Sariel, Rafael, Gabriel y Miguel, los cuales se encargaban de velar en el ámbito de lo sagrado el trono divino en el templo celeste y de transmitir al Dios rey cuanto sucede en su reino, así como las peticiones de sus súbditos; en la esfera del poder, los cuatro vigilantes (cuyo número y nombres varía en función de la versión del texto) se encargan de ejecutar el juicio divino; en la última de estas, los vigilantes han de observar las acciones humanas y dejarlas registradas por escrito para el juicio que habrá de venir.

A decir verdad, la figura del mesías se corresponde asimismo con las tres anteriores, con la de carácter sacerdotal o aarónida, la del rey davídico y la del profeta o «Maestro de Justicia». A las mencionadas, los nuevos textos incorporaron una más, la del «Hijo de Dios» entronizado en los cielos, que prefiguraría la del mesías cristiano.

En el mismo sentido podríamos hablar de Satán, cuyos antecedentes resultan míticos pero acabaron filtrándose en los textos bíblicos. En el Libro de Job, esta figura no es aún el jefe de los demonios. A decir verdad, ni tan siquiera es un diablo (en realidad, mantiene todavía el artículo determinante delante de su nombre). Como es sabido, «El Satán» en este libro baja a la tierra y camina entre los humanos, infligiéndoles si así lo estima oportuno, penas físicas y psíquicas, y retorna a los cielos para informar a Yahvé acerca de Job. De manera que el Satán de Job encajaría en la categoría de mensajero de Dios. De idéntico modo, la figura del ángel sufrió numerosas mutaciones antes de adquirir la forma que hoy les es atribuida.

Sea como fuere, el relato que transmite este libro, se apoya en numerosos textos anteriores de descensos a submundos (que es lo que resulta la tierra en dicho relato) o a inframundos, como los de Gilgamesh al Arallú, Ulises al Hades, Eneas al Averno, etc. Así, «el relato de Job (tal y como expone Trebolle) parece hacer eco a antiguas narraciones de descensos del cielo a la tierra o a los infiernos, que adquirían forma de visiones con preguntas y respuestas sobre los personajes allí vistos».

Huelga decir que todo esto no es más que una ligera muestra de lo que el lector encontrará en este apasionante volumen que ha ido tejiendo Julio Trebolle a lo largo de los años. Quizás sea necesario apuntar, no obstante, que el libro requiere tal vez unos ciertos conocimientos previos. Ahora bien, si asumimos que nos perderemos (no pocas) cosas por el camino, el contenido es tan rico que hallaremos una gran cantidad de saberes fascinantes que clavan sus raíces en los orígenes de nuestro modo de interpretar el mundo y, por tanto en nuestra cultura, que no es ni nunca ha sido tan puramente europea como muchos quisieran. Nada más natural, siempre que no perdamos de vista que las migraciones humanas y, con ellas, la cultura, por mucho que nos esmeremos, no entienden de fronteras.

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