Dios y el demonio o conócete a ti mismo

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Por defecto, casi todos tenemos la mala costumbre de considerarnos buenas personas. Se trata de una costumbre que proviene de nuestra tradición cristiana y que nuestra actual moral laica arrastra con sus raíces. Dicha costumbre funciona como excusa para evitar el trabajo de conocernos a nosotros mismos y descargar todo el mal en el otro. Pero conozcamos el mal un poco más en profundidad.

Podemos distinguir dos tipos de mal. Por un lado, nos encontramos con un mal que podríamos llamar mal subjetivo, y es todo aquello que el ser humano interpreta como malo en su vida. Un despido laboral, una pérdida, un desastre natural… El cuento popular del granjero chino nos ilustra sobre ello. En él, los vecinos juzgan los acontecimientos en términos de buena o mala suerte, mientras el sabio granjero llama a la prudencia, pues en ese ámbito todo es relativo. Nunca se sabe…

Por otro lado, y éste es el mal que nos importa en este artículo, tenemos el mal objetivo, o el mal moral. El sujeto de este mal es el ser humano, desde que comiéramos la fruta prohibida en el Paraíso. El hecho de poder elegir entre el bien y el mal es una de las condiciones de la libertad.

Pareciera que Dios también es sujeto de la acción moral, que también Él se transforma y se conoce a sí mismo a través de las acciones del ser humano. Dice José Bergamín en su ensayo La importancia del Demonio, que ya antes de nuestro pecado original hay uno anterior: el de Lucifer, cuya caída significa que «la luz se volvió a sí misma, contra sí misma, para conocerse». Según la interpretación que C. G. Jung ofrece en su obra Respuesta a Job, el Dios del Antiguo Testamento puso a prueba al hombre más piadoso, aceptando una apuesta del Demonio, quien le invitó a enviarle toda clase de desgracias. Job no maldijo a Dios y con ello que demostró ser más moral que Él. Gracias a ello, Dios se hizo hombre y se transformó en el Dios del amor del Nuevo Testamento. Pero las tinieblas quedaron separadas de la luz por un abismo… El abismo del inconsciente.

Al margen de Dios y el hombre, el sujeto por antonomasia del mal es el Demonio. Según explica José Bergamín en su ensayo, los demonios en sentido clásico eran mediadores entre los dioses y los hombres, y habitaban en el mundo intermedio del aire. Eran buenos o malos, según el éxito de sus intervenciones. Ni buenos ni malos, podríamos decir. Hermes encarnó esa dualidad tan humana y tan divina: como él, todos somos buenos y malos. No fue hasta la llegada del cristianismo que el bien y el mal fueron separados de forma radical. El dios del amor es el summum bonum y el Demonio es el summum malum.

Esta profunda dicotomía obligó a Leibniz a crear la Teodicea para justificar la bondad de Dios y hacerla compatible con la existencia del mal en el mundo. Desde entonces parece que toda las personas normales, Dei gratia, caemos del lado del bien. Pero, ¿basta con no matar y no robar para ser buenas personas?

La Teodicea, la teología racional y la doctrina agustiniana de la privatio boni, obligaron al intelecto a realizar demasiados giros artificiosos, que desembocaron en el ateísmo actual. No es fácil creer que un Dios bueno que nos ha creado a su imagen y semejanza, permita tanto mal en el mundo.

Como señala Bergamín, tradiciones como el Zohar describen al Demonio como sombra divina. Según Jung, la sombra psíquica la compone todo aquello que no ha sido integrado por la consciencia. Este concepto podría coincidir con el de subconsciente de Freud, y su mecanismo nos permite vernos como buenas personas, proyectar todo lo oscuro en el otro, y permanecer inconscientes.

Llegados a este punto, podemos distinguir dos tipos de mal moral. A saber: el primero, el mal consciente, el de los sujetos que se saben malos; el segundo, que es el que nos importa aquí, el mal inconsciente, el mal que realizamos sin darnos cuenta, por falta de conocimiento de nosotros mismos, y que proyectamos en los demás. Este último, el que nos permite ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro, no es menos mal que el mal elegido.

Somos responsables de este mal inconsciente que nos habita, y por ello debemos hacer nuestra la tarea de Sócrates: «Conócete a ti mismo» que, en palabras de Bergamín, quiere decir «conoce al Demonio; aprende a conocer al Demonio». No es tarea fácil, porque la sombra huye de la luz, huye de la luz de la conciencia; hagamos acopio de valor, humildad y sabiduría.

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