Divulgación

Mujeres musulmanas al frente. El derecho al sol

APPurando la liberación

En 2016, la ONG United For Iran lanza una App para ayudar a las mujeres iraníes a evitar la Policía de la Moral. Utilizando el crowdsourcing, la aplicación identifica la ubicación de los agentes que patrullan las calles con el fin de hacer cumplir la observancia religiosa y la moralidad pública en nombre de las autoridades en función de su propia interpretación de la sharia. Estos escuadrones fueron impuestos por el régimen del ayatolá Jomeini en 1979. En 1991 aumentó su presencia con la llegada al poder de Mahmud Ahmadinejad. La fuerza actual se estableció en 2005 y se desarrolló, furibunda: en nueve años, fueron denunciadas casi tres millones de mujeres por no llevar el hiyab correctamente. Dice un diario inglés muy influyente que «El Corán no dice nada sobre los hombres en uniforme que imponen códigos de vestimenta». La frase es incorrecta. Quienes hemos leído El Corán encontramos líneas que son fuente de la que probablemente beben los que implantan códigos de conducta y castigos. «¡Oh mujeres del Profeta! Permaneced en vuestras casas, no os adornéis con los adornos del tiempo de la ignorancia. La que de vosotras cometa algún acto evidente de indecencia, le será doblado el castigo» (Sura 33, aleyas 31 & 33). Las indecentes son detenidas por estar maquilladas, llevar puesto el hiyab de tal manera que deja ver un puñado de cabellos o vestir ropa colorida. A veces se las deja ir luego de un sermón intimidatorio con ínfulas doctrinadoras; pero con inquietante frecuencia son multadas, procesadas… o asesinadas.

En septiembre 2022 la App considera su relanzamiento, a consecuencia del crimen brutal de Mahsa Amini en manos de la Policía de la Moral. La reacción es inmediata: la generación posterior a la de las mujeres que luchan hace décadas por los derechos más elementales, sale a la calle en una movilización sin precedentes que dispara directo al corazón del asunto: los símbolos religiosos del régimen. Quemar velos en hogueras colectivas o pisotear fotos de Alí Jamenei, líder supremo de Irán, como hacen estudiantes estas últimas horas, instaura un desafío no visto antes. Desafío que, además, se produce en un momento especialmente frágil: una mala situación económica agravada por las sanciones occidentales y una mala gestión de la pandemia.

Por ahora parece poco probable que las protestas consigan un cambio de sistema, entre otras cosas, porque muchos musulmanes consideran que el feminismo es sinónimo de occidentalización del islam. De allí la reacción brutal de las autoridades, que han respondido desde el vamos intensificando la violencia en un esfuerzo por aplastar la disidencia, renuentes a permitir cualquier visión alternativa de la identidad iraní.

Masih Alinejad, periodista iraní, sostiene que «para la República Islámica, el asesinato de Mahsa Amini se está convirtiendo en un punto de inflexión porque el hiyab obligatorio no es solo un pequeño trozo de tela. Es como el Muro de Berlín, y si las mujeres iraníes logran derribar este muro, la República no existirá más».

Aún con la contundencia sociopolítica de esta afirmación, es difícil imaginar un vuelco total del régimen e incluso la anulación de algunas leyes. ¿Qué rumbo podrían entonces tomar estas protestas, tomando en cuenta la violencia de la represión? La tensión se incrementa y las manifestaciones afines al régimen también. En una de ellas, el presidente iraní Ebrahim Raisi dice que «si alguien tiene un comentario justo, lo escucharemos, pero, ¿perturbar la seguridad nacional, la seguridad de la gente? Nadie sucumbirá a esto». Y dice más de lo que cree. ¿Las mujeres con cabellos al viento son enemigos del estado que perturban la seguridad nacional? Parecería que la mujer detenta potencialmente un poder que aterra a sus coterráneos. Solo un grupo con tamaño poder de influencia puede movilizar semejante aparato de control.

Otros peligrosos velos

Otros países también deberían quitarse un velo: el del doble discurso. Hay un proceso degenerativo que estuvo mucho tiempo afectando esta lucha, reduciéndola a un debate ajeno y lejano. Cuando observamos la dilapidación de los derechos de las mujeres en los países islámicos, ¿estamos pensando desde la perspectiva occidental judío-cristiana o algo realmente grave está ocurriendo? Desde hace más de treinta años, los medios de comunicación, los intelectuales, los analistas, han visto estas batallas como un asunto privado de una mujer en su contexto particular. Cubren la primicia un tiempo porque el impacto mediático genera rating y otras divisas, pero no se involucran ni hacen un seguimiento serio de los acontecimientos mucho más allá del breaking news. Por otro lado, para los relativistas culturales, los usos y costumbres de otras sociedades deben respetarse incondicionalmente, incluso si violan los derechos humanos más elementales. «Cualquier crítica al Islam político y a su símbolo más visible, el ocultamiento de la mujer, se ve en estos círculos políticamente correctos como racismo», reclama hace años Alice Schwarzer, pionera del feminismo alemán. Su opinión, tildada de  etnocéntrica, fue avalada por mujeres que lo han sufrido en carne propia, como la argelina Wassyla Tamzali, directora durante veinte años del programa de igualdad de género de la Unesco. «Soy consciente de que hay que controlar la islamofobia de la ultraderecha, pero la respuesta de políticos, intelectuales y algunas feministas de izquierda es inaceptable; afirman que el universalismo es europeo y no se debe imponer a otras culturas. Todo les parece tolerable. La barbarie del burka no hace callar a los corifeos del culturalismo».

Ayaan Hirsi Ali sufrió una atroz ablación cuando tenía cinco años, huyó de Somalía y en Holanda se convirtió en parlamentaria defensora de los derechos de mujeres y niñas musulmanas. «Invito a los defensores de la sociedad multicultural a tomar conocimiento de la deplorable situación de las mujeres que, en nombre de la fe, se ven confinadas en sus casas. ¿Acaso debes ser deshonrada, violada, encerrada y oprimida para poder ponerte en el lugar del otro? ¿No es hipócrita excusar ciertas prácticas mientras tú mismo disfrutas en libertad de los progresos de la humanidad?» (Yo acuso, Editorial Galaxia, 2006). Ali condena la omisión en Occidente que cobra vidas en Oriente: la religión libre de crítica que tantos occidentales necesitan endulzar para dormir en paz, calla el grito de mujeres y niñas lapidadas. Los negocios que nadie se quiere perder aunque sus socios violen derechos humanos elementales, ya que, después de todo, «¿por qué se tomaría Europa tanto trabajo si con el oro negro que los países islámicos proveen, le basta?» (Umberto Eco, Milán, 2002). A veinte años de los dichos del pensador italiano, en octubre de 2022, el Parlamento Europeo condena enérgicamente el asesinato de Amini, pero ni ello ni las pruebas irrefutables de las violaciones del régimen con su propia gente, perturban el pacto nuclear con Irán ni la presencia jubilosa de ciertas empresas europeas en suelo persa. Business is business. Más, por el mismo precio: la misma Europa en formato OTAN que apoya hoy a las mujeres en Irán se ha retirado de Afganistán en cuanto los talibanes tomaron el poder en agosto de 2021, aún con pleno conocimiento de la histórica atrocidad talibán contra mujeres y niñas. La misma retórica de siempre.

Mucho más que solidaridad de género

Si bien es comprensible decir que solo la ruptura desde las entrañas mismas de un sistema es la que suele conducir a un cambio, no es menos cierto que el apoyo empático de otros movimientos humanitarios suma más fuerza que las condenas efectistas de los organismos internacionales. Existen puntos en común entre las mujeres oprimidas de todo el mundo pero algunas enormes diferencias. A pesar de la usual desidia de nuestro sistema judicial, las mujeres solemos contar con alguna institución a la que acudir; en otros lares, la denuncia puede ser letal, porque el régimen legitima el maltrato y su denuncia constituye delito de calumnia. Al día de hoy Irán mantiene leyes que permiten sentenciar a muerte a homosexuales, niñas de nueve años y niños de quince. En julio de este año, Amnistía Internacional denunció a Irán por condenar a dos activistas LGBTQ bajo el delito de «corrupción en la tierra a través de la promoción de la homosexualidad». Hasta hace diez años, un tercio de los países del norte de África y Medio Oriente tenían algún tipo de policía religiosa. La mutilación genital femenina, una forma de tortura atroz, alcanza a ciento cuarenta millones de niñas y mujeres en veintinueve países. No solo en Irán se cuecen habas…

Tanta conmoción ha pasado por alto un dato: Mahsa Amini era kurda. Los primeros manifestantes que salieron a las calles compartían sus raíces. El pueblo kurdo, el mayor sin Estado del mundo, ha sido sistemáticamente hostigado por países del Oriente Medio y usufructuado por potencias occidentales. Su grito colectivo reclama una sociedad más justa no solo en términos de género, sino también interculturales; una relación igualitaria entre grupos que difieren en mucho pero conviven con todo, sin violencia. Se trata, en definitiva, de una lucha conjunta por un mundo menos cruel.

Ana Valentina Benjamin
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