Gershom Scholem y los conceptos básicos del judaísmo

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Conceptos básicos del judaísmo: Dios, creación, revelación, tradición, salvación de Gershom Scholem (editorial Trotta), supone tanto una buena forma de incursionar en la teología judía como de profundizar algunos aspectos concretos esenciales de la misma. Para el lector de Walter Benjamin en particular y de otros autores judíos en general, esta lectura le abrirá nuevas claves con los que revisitarlos. De este modo, y a pesar de tratarse de un libro de teología, no debe ser visto simplemente como tal, pues toca algunas de las cuestiones más antiguas de la humanidad.

En esta obra, el autor aborda varios conceptos centrales en la cultura judía que, en tanto en cuanto, vienen tratados a través de una serie de conferencias hasta cierto punto estancas entre sí, invitan a centrarnos sobre todo en la última de ellas, referida a la idea mesiánica del judaísmo. El motivo no es aleatorio y conecta directamente con dos referencias que, a propósito de esta lectura, no querríamos dejar pasar. Una es que se trata de uno de los pilares que componían El Tiempo, tribunal de la historia, el apasionante libro de Reyes Mate del que ya hablamos aquí con anterioridad; la otra es el Angelus Novus que empleó Walter Benjamin en sus celebradas Tesis sobre la filosofía de la historia. La amistad que unió a Scholem y a Benjamin es bien conocida (la propia editorial Trotta ya editó la correspondencia que ambos mantuvieron desde el ascenso del nazismo, en 1933, hasta la muerte del segundo, en 1940) e inevitablemente las líneas intelectuales de ambos se entrecruzan en no pocos momentos, muy especialmente, en el mesianismo.

La dialéctica mesiánica

Mate partía del conflicto vertebral entre judaísmo y cristianismo en torno a la salvación para introducirnos acerca de nuestra concepción del tiempo, y de dicha disputa arranca Scholem para iniciar este capítulo. No es por tanto ocioso recordar que ambas religiones son doctrinas mesiánicas, a pesar de poseer dos concepciones opuestas de la misma. Para los judíos, resulta «un proceso que tiene lugar públicamente ante los ojos de todos en el escenario de la historia» y que, además, viene «mediado por la comunidad». Para los cristianos, en cambio, el proceso no es físico y concreto, sino espiritual y abstracto. Una interiorización. Esto fue en gran medida la consecuencia de la (en palabras de Mate) filtración del «virus gnóstico» del judaísmo en el cristianismo a través, bien de Pablo de Tarso (el considerado por muchos fundador intelectual del cristianismo), bien de su discípulo Marción, obligados por la necesidad a justificar teóricamente por qué el Mesías no había venido. Pero que este llegue interiormente a cada uno de nosotros carece de todo sentido para el judaísmo, pues negaría en sí mismo la idea de la salvación como proceso (¿cómo puede ser ésta un hecho individual y no un acontecimiento que implique al conjunto social?). Pensemos, además, que el mesianismo ha tenido históricamente un condicionante poderoso que no puede ser pasado de largo: el exilio, «una realidad primaria de la vida y de la historia judías». Así, no es el resultado de un «principio abstracto de esperanza de salvación para la humanidad», sino que es más bien el producto de una experiencia histórica.

Visto desde el judaísmo rabínico (que es el que aborda principalmente Scholem), podemos encontrar tres corrientes fundamentales que coexisten y que el autor llama «fuerzas», y bajo cuya influencia el mesianismo ha sido tradicionalmente planteado: conservadoras, restauradoras y utópicas. Las primeras son, como en toda sociedad en realidad (al menos en toda que no se sostenga mediante un uso abusivo de la coacción), las más numerosas, y se orientan al «mantenimiento de lo que se posee y que en el contexto histórico vital del judaísmo siempre ha estado amenazado.» Aunque donde más influyentes han sido es en la Halajá (código de conducta para los judíos, quienes no hacen una distinción nítida entre los ámbitos religioso y no-religioso). Ahora bien, es importante apuntar que, por la propia naturaleza del mesianismo, los conservadores, a pesar de su importancia en el mantenimiento de la esfera religiosa, no han contribuido en modo alguno a la formación de éste, a diferencia de las otras dos corrientes.

La restauración y la utopía, por su parte, han aparecido entrelazadas en distintos momentos, si bien variando enormemente la proporción entre una y otra. Y es que lo restaurador contiene invariablemente una cierta carga de utopía y al revés. Las primeras persiguen reconstruir un pasado tenido por ideal; las segundas se orientan hacia el futuro, luchan así por «un estado de cosas que todavía nunca ha existido».

 

El mesianismo apocalíptico

Apocalipsis es una voz griega que significa revelación o descubrimiento. Dios ha de desvelar en el final un saber que permanecerá oculto hasta entonces. En consecuencia, el tiempo apocalíptico se caracteriza por ser, por un lado, una historia de la salvación y, por otro y en derivación lógica de esto, por necesitar un sujeto histórico capaz de realizarla.

La apocalíptica se ordena así, de un modo casi natural, en torno a dos aspectos que además posee la conciencia mesiánica. Por un lado, lo catastrófico y destructivo de la salvación; por otro, la utopía del mesianismo consumado. El mesianismo, en tanto que teoría de la catástrofe, insiste en el «elemento revolucionario y demoledor que se encierra en el tránsito del presente histórico al futuro mesiánico». Aquí volvemos a encontrarnos con otro elemento con el que el cristianismo se disocia, a saber: que la «Biblia y la apocalíptica no conocen un progreso de la historia hacia la salvación», precisamente, porque esta es concebida como una ruptura que no guarda relación con la historia.

Durante la Ilustración (o el intento por establecer una religión secular), los racionalismos europeo y judío someterían «a la idea mesiánica a una progresiva secularización». Ello provocó que dicha idea se fuera «liberando del elemento restaurador» al tiempo que acentuó el utópico «de una manera nueva, desconocida en la Edad Media», yéndose progresivamente hacia una vinculación con la noción de progreso ilustrada (la que encontramos fácilmente en Hegel o Marx y que tan familiar nos resulta).

Analogías

Llegados a este punto, pienso que ya podemos establecer algunas analogías sugerentes. Bien es cierto que algunas lecturas previas de Benjamin allanan este escarpado camino. Por ejemplo, cuando afirma que «el Mesías interrumpe la historia», «no aparece al final de un desarrollo». Esto engarza y complementa perfectamente con otra afirmación de Scholem, cuando escribe que, en rigor, «el Mesías no puede ser preparado. Viene de pronto, sin anunciarse, justo cuando menos se le espera o cuando se ha perdido ya hace mucho la esperanza». No es casualidad, por tanto, que el propio Benjamin, huyendo de los nazis, lo invocara en sus aclamadas Tesis sobre la filosofía de la historia. En su caso, sin embargo, no se le apareció a tiempo. Se sigue que esa idea tan presente e impulsiva en la izquierda más ortodoxa de nuestras sociedades, que no se cansa de anunciar la preparación cada dos por tres de la vía revolucionaria, esto es, de la redención, carece en definitiva de todo sentido de la realidad y de la historia humana. Porque la revolución, como el Mesías, no se prepara, simplemente se manifiesta.

El más elemental sentido común se opone a tal cosa. Hay un «frío comentario» —siempre en palabras de Scholem— en el Talmud, de tres célebres maestros de los siglos III y IV», que reza así: «“Que venga [el Mesías], pero yo no quiero verle”». ¿Y no podríamos acaso hacer idéntica afirmación de la revolución que habría de redimir a la humanidad?

Volvamos a girar la vista hacia Benjamin, para quien los oprimidos, que en su tiempo entendía que, como sujeto histórico, estaban compuestos esencialmente por el proletariado, aparecían «como la última clase esclavizada, como la clase vengadora, que lleva a su fin la obra de la liberación en nombre de tantas generaciones de vencidos». Este era, para aquel judío intelectual marxista, el Mesías moderno (o la clase mesiánica, podríamos decir).

Ahora bien, no pocas cosas se han trastocado en la historia judía en el último medio siglo largo, entre otras, que ya no se encuentran en la situación que alumbró el mesianismo, esto es, el exilio. Esto significa, ni más ni menos, que desde 1947 el pueblo judío (caso de existir tal cosa) ha pasado a «comprometerse incondicionalmente con lo concreto». Y es verdad que ello posee «tonos y matices mesiánicos», tal y como apunta Scholem, pero también que conlleva una responsabilidad histórica que no admite discusión. No se trata de desmerecer o pretender banalizar los gigantescos problemas con que el actual Estado judío ha de lidiar (y que su sola creación, por cómo se llevó a cabo, ya implicaba), aunque es forzoso reconocer que no está resolviendo con brillantez tal compromiso.

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