El tiempo, tribunal de la historia, un viaje conceptual por nuestras raíces judeo-cristianas

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En El tiempo, tribunal de la historia (editorial Trotta), Manuel Reyes Mate nos plantea un recorrido apasionante a través de la construcción ideológica del concepto de tiempo que es, como cualquier categoría elaborada por la humanidad, un constructo cultural. Desde el judaísmo a la era de Internet. «Hay muchos modelos de historia, según el tipo de tiempo que las informe», se apunta en el libro. «Formas distintas de tiempo que conforman formas de vida diferentes. A cada modelo de tiempo responde una distinta concepción de la historia. Nadie pondría el ritmo del canto gregoriano en una sociedad marcada por la velocidad del automóvil». Si en cualquier facultad de Historia es materia de estudio la evolución del análisis del pasado (historiografía), luego de haber podido reposar (mínimamente) este opúsculo, se antoja como más que recomendable la introducción de la reflexión en torno a dónde hemos fijado los rieles por los que circula el estudio del pasado.

Difícilmente encontraremos un concepto que nos resulte más familiar que el de tiempo y, sin embargo, como reconoce el propio Reyes Mate, «contrasta la familiaridad existencial con la dificultad conceptual». ¿Cómo explicar el tiempo? Es lo que se propone (entre otras cosas) este libro. Y para ello parte del judaísmo, en cuya cultura el concepto «adquiere una significación singular», a pesar de que ya existiera en Grecia y Roma.

En este repaso el autor nos obsequia frecuentemente con algunos nombres de particular relevancia para el pensamiento universal, particularmente de occidente, y cuyas referencias son muy de agradecer. Por medio de ellos nos lleva en este viaje a través del tiempo. Platón, Aristóteles, Pablo de Tarso, San Agustín, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Adorno, Camus, Heidegger o Benjamin, entre otros.

«El tiempo es problemático porque da vida y anuncia la muerte», dice sugerente Reyes Mate. La humanidad siempre ha tenido miedo al fin de los tiempos, un miedo que era asociado a la venida del Anticristo. Sus esperanzas descansaban, pues, en la idea del progreso, «que es el desarrollo de un tiempo sin fin». En un sentido similar afirmaba Slavoj Žižek que somos muy capaces de imaginarnos el fin de la humanidad de múltiples maneras, pero nos es imposible imaginar el fin del capitalismo. A esto es a lo que se está refiriendo Reyes Mate, desde una perspectiva bíblica, cuando escribe que ante el temor a que se detuviera el tiempo creamos la idea de progreso y, ahora, el miedo es a que este «no tenga fin». Como mínimo, parece que nos hallemos en un punto de inflexión en lo que a nuestras concepciones se refiere. Pero sigamos.

Si «hablar del tiempo es hablar del tiempo que pasa» y, por tanto, éste es «transición, paso (…), finitud y muerte», por paradójico que resulte, el tiempo sin fin (la intemporalidad) no sería una reafirmación de él sino, muy al contrario, su negación. Subrayaríamos la misma idea si pusiéramos sobre la mesa la noción de eternidad y la contrastáramos con lo que a primera vista estaríamos tentados de considerar un antónimo: inmediato. Iremos viendo a qué nos estamos refiriendo. Quedémonos de momento con que la muerte no niega la vida, pero la vida eterna no es la aseveración de la vida, sino la anulación de la misma.

Pero vayamos al punto nodal del tema, a saber, ¿dónde (o, mejor, cómo) comenzó este tratamiento conceptual? La respuesta nos remite nada menos que al Génesis, por la sencilla razón de que el tiempo habría comenzado a correr en el octavo día de la creación, esto es, «en el preciso momento en el que ese ser humano [que acababa de ser creado]hace uso de su libertad». La mujer, en este caso, al trasgredir una orden dada ni más ni menos que por Dios asumió, con su desobediencia, el primer gesto libre de la humanidad, de costosísimas consecuencias: nada menos que la entrada del mal en el mundo. Por eso el concepto del tiempo está irremisiblemente ligado al del sufrimiento. Así pues, la historia habría sido iniciada con lo que se denomina el «primer Adán», un trayecto destinado «a encontrar una respuesta a ese sufrimiento» que «será coronado por el segundo Adán, representado por el Mesías».

Pero, ¿por qué se caracteriza el tiempo apocalíptico y en qué difiere de las concepciones posteriores de las que hoy bebemos? En primer lugar, por ser una «historia de la salvación»; en segundo lugar, por necesitar «identificar el sujeto capaz de realizar ese proyecto histórico» (en cursivas en el original). De este modo, entendemos que el concepto originario del tiempo fue el de signo apocalíptico, el cual anuncia una realización concreta en el tiempo y en el espacio. Esto significa que no es atemporal y extramundana. Por redondear el trazo, aunque suene redundante, por poseer una idea finita del tiempo. A este respecto, Mate sostiene que «no sabemos lo que hubiera dado de sí una concepción de la historia construida desde una concepción finita», y no parece posible objetarle lo contrario. Al lector que esté pasando por estas líneas antes que por las más largas de El tiempo, tribunal de la historia, puede considerar nimia y hasta estéril tal reflexión, pero se estaría equivocando. Y es que, como entiende acertadamente Mate, no hemos interiorizado que los recursos de que disponemos no son ilimitados, que el ser humano sea el culpable del sufrimiento en el mundo o que la felicidad no es negociable. No hay mucho más que remitirse a las pruebas. Nos regimos por un sistema (el capitalista) que se guía por una lógica de explotación creciente e ilimitada de recursos finitos; hemos edificado una idea mercantilista de la felicidad; y todos los grandes proyectos de redención (o de mejoramiento) humanos conllevan o han conllevado costos incalculables. Pero no nos desviemos de nuestro objeto, que no son los problemas de nuestra especie sino el marco conceptual sobre el que se desarrollan.

La influencia (lógica, inevitable) que tuvo el judaísmo sobre el cristianismo dio a este último una impronta apocalíptica que luego, bastante pronto en realidad, perdería, en detrimento, eso sí, de otra contaminación judaica: el tiempo gnóstico. No es claro, no obstante, por mano de quién se produjo el cambio conceptual. Tanto para Jacob Taubes como para José Mª Castillo (respectivamente, un filósofo judío y un teólogo cristiano) Pablo de Tarso fue el responsable de la filtración del «virus gnóstico» en el cristianismo. Sin embargo, entiende Mate que él creyó firmemente en la llegada del Mesías, como se expone en sus cartas a los Corintios, a los Romanos y a los Tesalonicenses, y, de esta manera, se aleja de la interpretación de los anteriores para poner el foco del gnosticismo sobre un discípulo del judío converso de Tarso, Marción.

Lo que este propuso resultó ser una fórmula que haría fortuna: el Mesías no vendrá al mundo para cambiarlo políticamente (que era lo que pretendió hacer Pablo) sino para cambiar interiormente a los individuos. Y dado que el cristianismo puso el acento (de ahí su éxito en los períodos de decadencia del imperio romano) en que la vida terrenal era un simple y breve paso hacia el más allá, donde el alma inmortal reposará eternamente, abrió la vía hacia nuestra visión teológica del tiempo. Por increíble que parezca, la idea de progreso, siendo tan moderna e ilustrada, clava sus raíces en torno a esa idea de tiempo inagotable, de ahí la absurda y ciega creencia en la mejora infinita o en que la salvación humana no está ya más en la interrupción del tiempo, sino en el tiempo mismo.

La insatisfacción, el desencanto, con el mundo que nos había sido dado había necesariamente de volverse contra Dios, pues era el responsable de haberlo creado. En su intento por exonerarlo del mal realmente existente, San Agustín creará el concepto del libre albedrío, de cuyas implicaciones no se tendría noticia hasta pasados varios siglos. Más de mil años después, el pensamiento ilustrado defendería que «el hombre es la esencia suprema para el hombre» y, por tanto, el encargado de dar solución a los problemas humanos (tarea en la que Dios ya habría dado sobradas muestras de no haber sido capaz de acometer). La Ilustración se nos presenta así como un cristianismo secularizado que busca por medio de la nueva religión de la razón dar solución a nuestros males. Por este motivo Nietzsche afirmará, categórico, a las puertas del siglo XX, que Dios ha muerto por mano de los cristianos.

Sea como fuere, es esa concepción gnóstica del tiempo la que provoca que el presente se nos aparezca supeditado a un futuro que permanece ausente y, de idéntica forma, el pasado adquiera su sentido en función del presente (las generaciones pasadas padecieron sufrimientos por la noble causa del bienestar de las generaciones futuras). «La ideología del progreso es incapaz de establecer una relación que no sea instrumental entre injusticias pasadas y justicia presente, por eso puede plantearse la mejora del mundo sobre la producción industrial de las víctimas», escribe Mate. Podríamos añadir una creencia más o menos generalizada, pero desde luego no verbalizable por la vergüenza que implica: que para que unos vivan bien otros han de sufrir. Aquí la preposición es lo importante. No es que unos vivan bien a costa del padecimiento de otros, sino que, más aún, se asume que no es posible que todos vivan dignamente.

Esta visión de la historia como violencia, muy acentuada en un hombre como Hegel, fue heredada también por Marx, para quien las revoluciones, que poseían un claro componente mesiánico, eran las «locomotoras de la historia». Walter Benjamin, sin embargo, en una lectura si cabe aún más mesiánica, las vería como el freno de emergencia que interrumpe la marcha del progreso hacia la catástrofe. Este es el rasgo distintivo del tiempo apocalíptico en realidad. Este, al afirmar la finitud, niega la muerte, algo que suena tan paradójico como que lo eterno niega el tiempo o la inmortalidad la vida.

Hoy, nuestro tiempo es «profundamente antiapocalíptico. Y lo es porque el nuestro es el tiempo de la aceleración máxima.» Internet, o lo instantáneo, no sólo es «la negación de la duración, lo más parecido a la negación del tiempo, sino de la esperanza». Porque «la prisa mata la experiencia». Forzoso será reconocer, en el momento histórico en que hoy nos hallamos, que Mate lleva razón cuando escribe con rotundidad que «la muerte de Dios provoca un vacío que no llena la ciencia».

Concluyendo

En esta lectura, como espero se haya podido apreciar, hay elementos verdaderamente apasionantes e ideas muy estimulantes. Pese a ello, debemos advertir algunos inconvenientes. Así, si bien se trata de una edición bien presentada y compacta, se constata que no ha sido todo lo cuidada que merecería. La presencia de erratas es más habitual de lo que uno desearía e, incluso y dado que estamos ante un texto un tanto denso, en alguna ocasión estas pasan de incomodar a dificultar la comprensión de lo que el autor nos está diciendo. No es motivo para la alarma. No es nada excepcional pero sí debe ser dicho.

A pesar de todo, merece destacarse lo sugestivo de la obra y la reflexión que en torno al concepto de tiempo y de historia poseemos, y que por muy natural que se aparezca ante nosotros, es imprescindible entender que no es más que un constructo cultural. Habrían por ello de tener estos conceptos una presencia de la que hoy día carecen en las facultades de Historia. Si, como afirmó Santo Tomás, «una falsa idea sobre el mundo, acarrea una falsa idea sobre Dios», y si, como en sintonía comenta Mate, «lo mismo cabría decir del tiempo respecto de la historia», comprender y conocer la relación entre ambos parece poco menos que obligado.

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