Alta cultura descafeinada

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En la última feria ARCO, Alberto Santamaría especulaba sobre las diferencias entre la Feria de piscinas y aire acondicionado (que se estaba celebrando al lado y simultáneamente) y la de arte contemporáneo. Se respondía que en ambas, en definitiva, se venden cosas, con la particularidad de que en ARCO a esas cosas se les asigna (o se les otorga) un plus que las convierte aparentemente en algo más relevante. Pero ese plus, concluía, realmente es otorgado por el mercado, que usa la cultura como fetiche para dulcificar esas estrategias mercantilistas al considerar que esta (la cultura) es un celofán que se puede colocar o retirar para sacar provecho.

Mediante el capitalismo afectivo, nos han convencido de que la creatividad, la imaginación y las emociones conforman un mapa necesario para la prosperidad económica, algo que se parece mucho a una nueva forma de precarización y autoexplotación. Así, al apropiarse de la cultura mediante una estrategia de anulación de todo marco crítico de lo cultural y la conformación de un espacio de consenso y, por extensión, de celebración del capitalismo, se anula todo conato político y contestatario para sustituirlo por un espacio autocomplaciente y de consenso anestesiado.

Santamaría, en Alta cutura descafeinada (editorial Siglo XXI) analiza el situacionismo low cost y otras escenas del arte, y plantea una crítica directa a la despolitización de los movimientos artísticos contemporáneos. «¿Cómo es posible que el neoliberalismo y sus instituciones se apliquen afanosamente en propagar un arte social y participativo, un arte creativo y original, incluso un arte crítico?». Pero antes, ¿es cierto que las nuevas manifestaciones artísticas están políticamente desactivadas? Tal vez la filosofía sea una caja de herramientas, un recurso que permite reflexionar sobre todo, y dentro de la filosofía la estética se entienda como una disciplina que sirva para analizar las obras de arte. Profundizando en ella, se podría entender que gracias al estudio de cómo se viven las épocas terminaríamos conectando economía, política y cultura, y que dicho entendimiento, aplicado al coleccionismo, haría surgir el capitalismo afectivo. Sería este, mediante el activismo cultural neoliberal, el que estaría desactivando de trasfondo político el arte.

Ya en 2011, Alberto Santamaría se planteaba la falacia de la frontera traspasada de la que nos habla Terry Eagleton, que consiste en creer que por hablar de determinada cosa en determinados términos se está más cerca de esa cosa: pretendía entender dónde estaban los nuevos límites que diferenciaban la alta cultura de la cultura popular, y planteaba la existencia de un tercer territorio o tercer lenguaje, «más allá de la cultura popular y más allá de la alta cultura». Este tercer lenguaje actuaría como suplemento alegórico, que se construye cuando un autor cree (o pretende) superar las fronteras entre alta y baja cultura. Es decir, «crea un reino nuevo donde él es el patriarca, pero no rompe ninguna arcana frontera». No crea nada, no hace nada nuevo.

Acerca del capitalismo afectivo, en 1981 Margaret Thatcher decía: «Lo que me irrita de las políticas de los últimos treinta años es que se ha tendido hacia una sociedad colectivizada. La gente ha olvidado la parte individual. Por ello preguntan: ¿cuento yo algo? ¿De verdad importo? Y la respuesta breve es: Sí. En este sentido, lo que me propongo no son políticas económicas. Es decir, mi objetivo no fue ese sino cambiar el enfoque y, no me cabe duda, cambiar la economía es el mejor medio para cambiar el enfoque. Si cambias el enfoque lo que estás cambiando realmente es el corazón y el alma de la nación. La economía es el medio; el objetivo es cambiar el corazón y el alma». El objetivo neoliberal, en definitiva, era ya hace casi cuarenta años transformar las formas de sentir y mutar la forma de percibir la cultura. No existen sentimientos, no existe cultura, no existe arte, ni corazón o alma… Solo existe economía, y solo lo que existe puede cuantificarse.

Daniel García Valdés

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