Arte y Letras

Retratos desde el campo de batalla

Max Hastings no es solo un periodista: pertenece a esa estirpe de profesionales casi extinta que iniciara William H. Russel en 1854, cuando el director del London Times tuvo la innovadora idea de enviar a un periodista civil a la península de Crimea para que, usando el reciente invento del telégrafo, informase con inmediatez de lo que se creía iba a ser una escaramuza que no tardaría en resolverse más de dos meses. Duró casi tres años. Hasta aquel momento, la única información que llegaba a los civiles sobre lo que ocurría en los conflictos militares era lo que los propios ejércitos querían dar a conocer. Russel, sin sesgo ni censura, comenzó así a relatar diariamente la crónica de lo que realmente ocurría en un campo de batalla; compartiendo penurias, hambres, muerte y calamidades con un gran público hasta entonces ignorante y que en buena parte veía el belicismo de forma romántica, se convirtió en el primer corresponsal de guerra.

Hastings, antes de serlo, fue también hijo de uno de estos hombres. Su padre, Macdonald Hastings, pasó la Segunda Guerra Mundial integrado en un barco torpedero en el canal de la Mancha, escribiendo y fotografiando para la revista Picture Post hasta que desembarcó en Normandía el mismo Día D. Su madre Anne Eleanor Scott-James, a su vez, fue una pionera periodista que llegó a ser una de las primeras editoras de tabloide a los mandos de el Harper´s Bazaard y el Sunday Express. Si bien el periodismo corre por sus venas, Max Hastings no limitó su interés al reporterismo, sino que se convirtió en un reputado historiador militar y un prestigioso divulgador. En su etapa como corresponsal extranjero visitó sesenta países y cubrió once conflictos armados antes de convertirse en editor del The Daily Telegraph y el Evening Standard. Él mismo afirmaba en una entrevista para El País, en 2008, que a pesar de sus filias no estaba hecho para ser soldado, que optó por el papel del bardo Ian Lom Macdonald, al que las tropas escocesas de Lord Monrose apartaron de la batalla de Inverlochy en 1645 diciéndole: «si mueres, ¿quién explicará lo que pase?».

Al abrir su último libro editado en castellano se le nota la calle, la vocación y los más de treinta títulos publicados entre novelas, biografías, relatos militares y crónicas. Así pues, Guerreros, retratos desde el campo de batalla (Desperta Ferro Ediciones, 2020) no es una simple compilación de biografías de personajes heroicos. Hastings, a través de su ojo entrenado, describe las motivaciones y ansiedades de quince guerreros, no necesariamente héroes, no necesariamente líderes, tal vez ni tan siquiera admirables desde un punto de vista moral; personas no destinadas a la gloria que en un momento, bajo una presión y circunstancias determinadas, resolvieron diversas situaciones de forma insospechadamente brillante, para bien o para mal.

Porque el corresponsal de guerra, pese a ser civil (o precisamente por eso), desarrolla un instinto paralelo y complementario al de un militar y un reportero. Constantemente se mueve por terreno inseguro e inestable; se ha de sumergir en las motivaciones políticas, culturales y religiosas de los habitantes del país que recorre; contacta con diferentes fuentes de diferentes bandos, no siempre dispuestos a relatar objetivamente los acontecimientos, que debe constantemente contrastar; convive con la guerra, la muerte y el peligro, con los damnificados y desplazados, y comparte sus incomodidades y carencias durante el tiempo que su jefe de redacción le encomienda si es empleado, durante el que le dure la autofinanciación si es un freelance. Después, vuelta a empezar en una nueva tierra, una nueva cultura, un nuevo idioma, un nuevo casus belli.

Esa experiencia es la que hace diferente a autores como Max Hastings y el gran atractivo de este volumen: nos hace entender por qué; nos muestra las luces y las sombras; divulga y entretiene a través de diferentes relatos que transcurren a lo largo de tres siglos, desde las guerras napoleónicas, pasando por la India, la nación Zulú, los Altos del Golán o Vietnam. Guerreros, retratos desde el campo de batalla responde a la afirmación del propio autor varias veces repetida: «Tengo una teoría: cuando un hombre gana la Cruz de la Victoria, la Medalla de Honor del Congreso o cualquier equivalente, después nunca lo ascienden. La idea que subyace es que un hombre capaz de ese valor es demasiado inconsciente para las responsabilidades del mando. Los héroes no son buenos líderes. En la Segunda Guerra Mundial, cuando los británicos promocionaron a gente de esa clase, fue un desastre. Me temo que los que la gente tiene en general por héroes y valientes son en realidad bastante limitados. Todo ejército necesita un puñado de héroes, pero solo unos cuantos, los justos para ganar, el resto ha de ser gente normal. Ah, los soldados tienen mucho miedo a los héroes. No quieren ser liderados por héroes, sino por hombres que conozcan su oficio y los devuelvan vivos a casa».

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