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Benigno Bejarano, el secreto de un loco

Miles de españoles exiliados, Rotspanienkämpfer, quedaron abandonados en territorio nazi: para Franco no existían, para Vichy eran un problema, la Unión Soviética solo aceptaba a los comunistas. La solución era alemana. Estos combatientes de la España roja, expatriados forzosamente, sin hogar al que volver ni destino donde ser aceptados, fueron primero llevados a campos de concentración para, al poco tiempo y en su mayoría, ser desaparecidos.

En Alburquerque (con erre), provincia de Badajoz, llegó al mundo en 1900 uno de estos, doblemente olvidado en su caso, Benigno Bejarano. Fue Gonzalo Queipo de Llano, por medio de sus interlocuciones radiofónicas, quien popularizó el término rojos para denominar en conjunto a republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas, demócratas, intelectuales, antifascistas, homosexuales, ateos, disidentes… Un saco en que meter a todo aquel que discrepara del golpe de Estado de 1936. A partir de aquel momento, todo lo que no fuera ellos sería rojo. Se sembraría el odio al rojo, se arengaría una y otra vez contra estos, y la estrella fascista de las ondas, desde Radio Sevilla, sumaría seiscientas intervenciones, seiscientos discursos viperinos en menos de tres años, envueltos en aguardiente, en que ordenaba «perseguir a los rojos como fieras, hasta hacerlos desaparecer a todos», e incitaba a violar a las mujeres republicanas: «Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen».

Antes del horror y el sinsentido, Benigno Bejarano tuvo oportunidad de crecer y formarse en las letras, comenzando a publicar artículos e historias cortas desde los quince años en diarios como España Nueva o El Progreso. De débil constitución física, cuando llegó a la mayoría de edad fue excluido del servicio militar. Con el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera en 1923, ya formado periodista y escritor, fue finalmente reclutado y destinado en Barcelona al Regimiento de Infantería de Vergara, pero no tardó en desertar. Puede que fuera en ese momento, obligado a llevar una vida clandestina en la Ciudad condal, cuando tomara contacto con el anarquismo, ayudado a ocultarse por miembros de la Confederación Nacional del Trabajo. Fue detenido en 1925 y pasaría dos años en una prisión militar.

Entre 1928 y 1929 publicará por entregas encuadernables en la revista Lecturas (hoy prensa del corazón, pero que en sus inicios era una publicación literaria, de ahí su nombre) El secreto de un loco, que en posteriores ediciones completas será retitulado como El fin de una expedición sideral (viaje a Marte). En esta novela de ciencia-ficción escrita en clave humorística, crea un mundo ajeno a la tierra, pero imbuido de los mismos problemas que rodean al autor. Con un genial sarcasmo, narra cómo un grupo de científicos franceses y un español, Ruperto Ortiz, son convencidos para emprender una expedición a Marte a bordo de un bólido, un cohete impulsado por rayos, amoblado al estilo victoriano. Como traje espacial visten esmoquin y el vehículo, llamado rayo-express, alcanza los tres mil kilómetros por segundo.

Al llegar al Planeta rojo descubren que todo lo que en la Ttierra es verde en Marte es rojo, y que este está habitado por marcianos, similares a los humanos pero tecnológicamente más avanzados y que conducen sillones voladores. Ocurrirá que uno de los franceses se enamorará de la esposa del emperador, que será represaliado, hasta que Ortiz, protagonista y narrador, solucione la situación a la española: dará un golpe de Estado.

A caballo entre la dictadura de Primo De Rivera y la dictablanda de Dámaso Berenguer, Bejarano se exilió por primera vez a Francia, donde permanecería hasta el triunfo de la República en 1931. En ese momento ya era afiliado de la CNT y publicaba periódicamente en los diarios Solidaridad Obrera y Cultura Libertaria, además de en otros medios de diferentes tintes políticos bajo los seudónimos de Dionisiere o Lazarillo de Tormes. Paralelamente a su obra periodística, la literaria se acrecienta con las novelas Fantasmas (1932), Turistas en España (1932), Conspiradores (1933), Los últimos caballeros del bienio, El caso del doctor González (1936) y Los últimos caballeros del bienio (1938). En todas ellas, de una u otra forma, refleja su sentimiento antifascista y anti-autoritario, sino directa, veladamente, siempre apoyado en la sátira y los dobles sentidos.

Hacia el final de la Guerra Civil, resiste en Barcelona formando parte de uno de los comités de defensa de la CNT. El segundo exilio de Benigno Bejarano se producirá al final de la contienda. Con la victoria de los nacionales volverá a Francia, donde seguirá su labor informativa.

En 1942, en Burdeos, tras asistir a una de las asambleas confederales clandestinas de la CNT, es detenido por la Gestapo. Ahí comenzará un periplo de dos años siendo trasladado a diferentes campos de trabajo. Estará al menos en el Fuerte Ha, Compiègne y  Neuenganen. Para cuando llega a este último, su salud está visiblemente mermada: sufre de los pulmones, está extremadamente desnutrido y, en palabras de otros prisioneros, «apenas se tiene en pie».

«Preguntad en Mauthausen, junto al Danubio: allí hay un gran campo de concentración. Hay 6.000 españoles rojos, esos revolucionarios españoles que se levantaron contra el fascista, Franco, y lucharon contra España por una España soviética. Ése era su eslogan. Eran dirigidos por generales de la Rusia soviética, oficiales de la Rusia soviética y lucharon con armas de la Rusia soviética. Y cuando España quedó derrotada y Franco venció, se exiliaron a Francia, y cuando ocupamos Francia el año pasado, el señor Pétain nos dio a esos 6.000 españoles rojos y declaró “No los necesito, no los quiero”. Ofrecimos estos 6.000 españoles al jefe del estado Franco, el caudillo español. Rehusó y declaró que nunca admitiría a esos españoles rojos que lucharon por una España soviética. Entonces ofrecimos los 6.000 españoles rojos a Stalin y a la Rusia soviética, porque son luchadores por una revolución mundial, y el señor Stalin con su Komintern no los aceptó. Ahora están establecidos en Mauthausen estos 6.000 combatientes rojos, trabajadores –trabajadores de fábrica–; allí están para siempre. Al final no podemos iniciar una colonia española. No podemos asentarlos en ninguna parte. ¿Qué se supone que debemos hacer?». (August Eigruber, Obergruppenführer y Gauleiter del Alto Danubio, 27 de junio de 1941).

En verano de 1944, no apto para continuar los trabajos forzados, será subido junto a otros españoles a un transporte para supuestamente ser trasladados a otro campo de concentración. El transporte no sería tal, sino uno de los que infamemente pasarían a ser llamados camiones fantasma, los gaswagen, donde tras ser encerrados herméticamente un conducto desviaba el monóxido de carbono del tubo de escape a la caja. De ahí, al horno crematorio.

«Para estos españoles recibí órdenes especiales; no podían escribir y nadie debía saber que se encontraban en el campo, dado que eran prisioneros de guerra franceses; habían tenido problemas con el gobierno de Vichy; para librarse de ellos se había creado una comisión de liquidación en Berlín por orden de Serrano Suñer, Ministro de Relaciones Exteriores de España. La cesión data de 1941. Los españoles ya no debían existir. El comienzo había sido exitoso, pero estos españoles no eran tan fáciles de matar como los polacos». Así dejó escrito Franz Ziereis, comandante del campo de concentración de Mauthausen-Gusen, antes de ser abatido y posteriormente colgado de una verja de Gusen I, en mayo de 1945.

Aquellos españoles nunca existieron, nunca fueron devueltos a sus familias, nada más se tenía que saber de ellos, ni siquiera que habían estado allí. Benigno Bejarano, como tantos otros, fue evaporado junto con su legado durante décadas. Aún hoy es difícil encontrar algunas de sus obras. Miembro por derecho de la Generación del 27, nos aguardan sus relatos, su humor negro, su labor divulgativa y periodística. El gran delito, el único que cometió y por el que fue tan injustamente represaliado, fue el declararse abiertamente antifascista, haber sido un rojo, plantar cara al autoritarismo.

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Un comentario

  1. A veces muy de vez en cuando encuentro hilos, yemas, de los que tirar. Este autor debería conocerse, ser protagonista de un capítulo del ministerio del tiempo o que le hagan un capítulo en Blanco y Negro.
    Qué lástima de vidas perdidas por las guerras.

    Apr

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