Divulgación

Napoleón, Bouchard, Champollion y otros chicos del montón

Corre el año 1799 y estás en Rashid (Egipto) intentando conquistar un país que ni te va ni te viene. Eres un teniente e ingeniero francés de veintiocho años que participa en la Campaña napoleónica en Egipto y Siria, cuyo objetivo es ganar la lucha de egos (y territorios) contra los británicos, e impedirles el paso hacia su colonia favorita, la India.

El caso es que te han destinado a África en julio y te encuentras dirigiendo a tus hombres en la ingrata labor de desenterrar una fortaleza egipcia. Sofocado y con la ropa empapada de sudor (con lo bien que estabas tú en París, sin ser uno de los peones del imperialismo), supervisas el trabajo de los soldados, que levantan piedras y arena. Mucha arena. Mientras te secas la frente pegajosa con la manga del uniforme, al borde de la deshidratación, escuchas cierto alboroto en la excavación. A ver qué les pasa a estos ahora. Te acercas para poner orden y descubres que los soldados admiran una monumental piedra negra (casi 800 kg de basalto); una especie de monolito sobre el que están grabados distintos escritos y símbolos que nunca habías visto. Mon dieu, lo contento que se va a poner Napoleón con esto.

Tras avisar a tus superiores, trasladar la piedra al Instituto de Egipto (cuyo fundador y vicepresidente es el propio Napoleón) en El Cairo y luchar durante más de un año con ingleses y otomanos, llega la rendición del coronel francés en Alejandría y la entrega de la piedra (y otros tantos tesoros) a los británicos, que la trasladarán a la Sociedad de Anticuarios de Londres y, poco después, al Museo Británico. En esto del saqueo, como diría más tarde la tripulación del Lady Washington y replicaría el pirata más carismático que nos ha dado Disney, «take what you can, give nothing back».

Como bien sospechabas, teniente Pierre-François Bouchard, esa monumental piedra que tus soldados habían encontrado en Rashid, conocida en adelante como la piedra Rosetta (nombre que dieron los franceses a la región de Rashid), causó furor entre tus compatriotas y, más tarde, entre los enemigos que os la quitaron.

La fascinación europea estaba más que justificada. En la piedra Rosetta estaban tallados tres tipos de escritura: jeroglíficos egipcios, escritura demótica (variación de la lengua egipcia) y griego antiguo. En aquella época nadie sabía cómo traducir la lengua del antiguo Egipto, no conservaban ninguna pista que arrojara luz sobre el significado de los jeroglíficos y pensaban que la piedra plurilingüe podría ser la clave para resolver el misterio.

Los investigadores tradujeron primero las inscripciones en griego antiguo, idioma estudiado por muchos eruditos. Continuaron con el texto en lengua demótica, que había sido descubierta unos años antes. Aunque les llevó más tiempo que en el primer caso, acabaron traduciéndolo con éxito y corroboraron que las inscripciones de la piedra Rosetta reunían el mismo contenido en distintos idiomas.

Llegaba el turno del dichoso lenguaje jeroglífico. Los estudiosos repartieron copias de las escrituras de la piedra Rosetta por toda Europa, con la esperanza de que algún iluminado viera cosas que a ellos se les estaban escapando. Sus plegarias fueron escuchadas. En 1822 hizo su entrada el historiador Jean-Francois Champollion, quien, basándose en los estudios previos que había realizado el inglés Thomas Yung, consiguió descifrar los jeroglíficos tallados en la piedra Rosetta y demostrar que el lenguaje jeroglífico era, al mismo tiempo, figurativo, simbólico y fonético.

Con una carta bajo el brazo en la que explicaba su hallazgo, Champollion se presentó en la Academia de Inscripciones de París, dispuesto a revolucionar la egiptología. Dicho y hecho. La carta se publicó de manera masiva y fue traducida a varios idiomas, recorriendo Europa de punta a punta. Cosechó aplausos entre la mayor parte de sus colegas y algún que otro tirón de orejas por no reconocer el peso que había tenido Yung en su investigación.

Aunque Champollion pusiera el broche de oro a esta historia (jeroglíficos 0 – Champollion 1), la raza humana está más que acostumbrada a tropezar dos, tres, cuatro, y las veces que hagan falta, con la misma piedra (y no precisamente con la Rosetta). A nadie le sorprendería en exceso que, en un futuro quizá no muy lejano, acabemos perdiendo o destruyendo toda clase de archivos lingüísticos y rastros de culturas anteriores. Sin contar con las dos mil quinientas lenguas que, según la Unesco, ya están comenzando a desaparecer.

Que no cunda el pánico. Aún tenemos salvación. ¿Y si se crease una Rosetta universal, un objeto que registrase todos los idiomas del mundo y al que la humanidad pudiera acceder en caso de un apocalipsis lingüístico? ¿Sería posible construir algo semejante? Lo sería. De hecho, lo es. Desde finales de la década de los noventa la asociación sin ánimo de lucro, Long Now Foundation, se encuentra desarrollando el proyecto Rosetta, una colaboración a escala global de filólogos y científicos, encargados de construir una biblioteca digital que contenga todos los idiomas de la humanidad. Y no solo digital. En 2002 consiguieron fabricar un disco de níquel, el disco Rosetta, que cabe en la palma de la mano, y en el que aparece un mismo texto en más de mil quinientos idiomas. Cada una de estas lenguas está acompañada de nociones gramaticales y fonéticas, y vocabulario básico. También se incluyen los tres primeros capítulos del Génesis y un mapamundi donde se indica la lengua que se habla en cada territorio.

El disco Rosetta ha sido construido a prueba de balas. Bueno, casi. Protegido por acero inoxidable y vidrio, aguanta altas temperaturas y es resistente al agua y a las ondas electromagnéticas. Se prevé que permanezca en buen estado durante miles de años para que los futuros habitantes del planeta conserven el legado de sus antepasados.

¿Y qué hay de esos a los que la Tierra se les queda pequeña? En 2004 se colocó una de las copias del disco Rosetta en una sonda de la Agencia Espacial Europea. La sonda en cuestión se llamaba, como no podía ser de otra manera, Rosetta, y tenía como objetivo comprender el origen de los cometas y, por ende, del Sistema Solar.

Inspirado por esta hazaña cósmica, el artista de música electrónica, Vangelis, publicó un álbum titulado (ahí vamos otra vez) Rosetta, que incluía temas como Celestial Whispers, Origins o Infinitud. Una misión espacial con banda sonora original. Ríete tú de Hans Zimmer en Interstellar o de Jerry Goldsmith en Alien, el octavo pasajero.

Nunca una piedra había dado tanto de sí.

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