Las emociones también tienen historia

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Aunque nos bombardean por todas partes con mensajes sobre la inteligencia emocional, el mundo de los sentimientos, cuando conviene, todavía tiene mala prensa. No sin condescendencia, ciertos comentaristas acusan al populismo, o al nacionalismo, de manipular la fibra sensible de la gente para alcanzar sus objetivos poder. Se asume, de forma más o menos implícita, que lo emocional es lo opuesto a la lógica, a la razón. Pero, ¿dónde está escrito que el ser humano se mueva solo en función de cálculos de coste-beneficio? En el proceso de toma de decisiones, lo emocional y lo racional van juntos. Es más, una idea no puede germinar sin el sustrato afectivo idóneo.

En unas elecciones, por ejemplo, no todo se reduce a «programa, programa, programa», como pretendía un líder comunista español. El votante a menudo desconoce o no entiende las abstrusas cuestiones con las que un partido pretende dirigir el país. Le resulta más fácil, en cambio, valorar si un candidato es digno de confianza o no. Y eso, a la postre, es lo primordial. Porque suponer que solo cuenta el proyecto, no las individualidades, no deja de ser un cuento de hadas tan consolador como todos los relatos de ese género. En circunstancias duras e inesperadas, importa la capacidad de reacción, no el vademécum ideológico.

La izquierda acostumbraba a suponer que la clase obrera se movilizaba como resultado de unas condiciones materiales concretas. Lo ideológico estaba subordinado a lo económico. Eso, traducido a la jerga militante, significaba que la infraestructura condicionaba la superestructura. Por eso, el marxismo vulgar suponía que los trabajadores, por su posición en el sistema productivo, adoptarían las ideas del socialismo.

Hoy sabemos que las cosas no son tan sencillas. Los proletarios no siempre apoyan las opciones políticas que se supone que deberían respaldar. Una explicación fácil apunta que están poseídos por una «falsa conciencia». Semejante teoría no es otra cosa que un paternalismo progresista. Si los pobres no nos apoyan, es porque no saben lo que les conviene.

El florecimiento de la historia emocional nos proporciona una clave importante para entender los movimientos sociales, al permitirnos captar los factores subjetivos que inciden en su configuración. La acción de las masas puede estar impulsada por pasiones como la indignación o el odio. Resulta igualmente cierto que el miedo o la vergüenza contribuyen a desincentivar la acción colectiva.

Desde esta perspectiva, los sentimientos no serían un asunto simplemente individual sino una variable del comportamiento colectivo. Que se construye, por tanto, en función de las coordenadas de una cultura concreta. Sara Hidalgo, en Emociones, obreras, política socialista (Tecnos, 2018), su renovador estudio sobre el momento obrero del País Vasco, señala que, desde un punto de vista histórico, lo relevante es quién expresa las emociones, cómo se expresan, donde y ante quién se expresan. Hablamos, en consecuencia, de un concepto de inequívoca naturaleza relacional.

En Revoluciones (Turner, 2018), el periodista alemán Gero Von Randow, antiguo militante de extrema izquierda, nos explica cómo, en las propuestas políticas, bajo la apariencia de coherencia y racionalidad, existen factores tanto o más decisivos y a menudo incontrolables. Para un joven de finales de los sesenta, la cuestión palpitante era cómo rebelarse contra el capitalismo, objeto de un asco existencial. De ahí que todo lo que implicara poner en cuestión lo establecido se convirtiera, sin análisis crítico de por medio, en dogma de fe. Eso explica que los aprendices de revolucionarios identificaran como «fascista» a todo aquello que les desagradara. Fascistas eran los Estados Unidos, sin que hiciera falta recordar un pequeño detalle: en la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes norteamericanos habían muerto para salvar a Europa de Hitler y Mussolini.

Los militantes de la izquierda radical se veían a sí mismos como instrumentos de la justicia en el combate entre el bien y el mal. Para alcanzar el primero, había que transigir con el segundo, es decir, con medios tan desagradables como la guerra. El recurso a la violencia se racionalizaba con el argumento de que así se instauraría, por fin, la paz. En este argumento coincidían, por una paradoja no tan extraña como parece a primera vista, tanto los trotskistas como soldados de la República Federal Alemana. Randow, al reflexionar de forma autocrítica sobre su propio pasado, desmenuza las trampas de los discursos maniqueos, basados en atribuir a uno de los opuestos toda la luz sin mezcla de sombra.

Para los jóvenes revolucionarios importaba la ideología, pero también la aventura. Un muchacho que fuera a enfrentarse con la policía en el París del 68 no se limitaba a pelear por un programa. Daba, en primer lugar, una prueba de valor. Demostraba que era un luchador auténtico y se ponía al nivel de sus predecesores en el combate, por más que sus sacrificios no fueran comparables con los que habían arrostrado los auténticos radicales en otros tiempos y en otros países. La objetividad, sin embargo, ocupa un puesto secundario frente a la excitación del momento. Hacer la revolución no deja de ser una forma de epopeya y, como tal, atrae inevitablemente más a los jóvenes que a lo viejos.

Las emociones tienen consecuencias. Si no las entendemos, una parte sustancial de la realidad se nos escapa. Ciertos conflictos se suelen interpretar como producto, exclusivo, de antagonismos políticos y económicos. Es un error. Queramos o no, también cuentan otro tipo de consideraciones, como las religiosas o étnicas, por lamentable que eso parezca a la mentalidad laica e ilustrada.

Como la inteligencia humana no solo es pensante sino también sentiente, la Historia, al abrirse a los impulsos del corazón, al recoger la complejidad de sus impulsos, nos acerca a una comprensión más adecuada no solo de nosotros mismos, también de los universos ajenos. Los de todos aquellos otros a los que con tanta frecuencia reducimos a nuestros propios parámetros, sin comprender del todo la lógica y las prioridades que subyacen en sus actos.

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