El juicio del mono. Creacionismo vs. evolucionismo, primer asalto

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Julio de 1925. Juzgado de Dayton, Tennessee, Estados Unidos de América. Se ha liado parda. Así, sin medias tintas ni rodeos. Ríete tú de los combates de boxeo entre Foreman y Ali, de los derbis futboleros o de los piques entre los de Villa Arriba y Villa Abajo por ver quien tiene las mejores fiestas patronales. Aquí lo que se libra es una batalla mucho más gorda que terminará con la salvación o la condenación eterna. Bienvenidos al primer gran espectáculo de la contienda entre evolucionismo y creacionismo. ¡Que comiencen los juegos del hombre!

Por aquel año de hace ya casi un siglo, en Tennessee habían instaurado la Butler Act, según la cual en las escuelas públicas no podía enseñarse ese engendro del demonio disfrazado de teoría científica que era la evolución. La única historia verdadera era la de la Biblia, la de Adán, la costilla y Eva, Dios y barro mediante. Cualquier profesor que se atreviese a «predicar» las chuminadas del tal Darwin, podía ir preparándose. Al menos en lo que se refería al ser humano. Si hablabas de bichos la cosa cambiaba. Lógicamente, un mono puede descender de donde le venga en gana, ya sea un protozoo o una rama. El hombre, solo de Dios.

Y en esas estábamos cuando a un joven pedagogo de nombre John T. Scopes llegó en clase de ciencias al capítulo que hablaba de la evolución. Decidió explicar el tema presente en el libro de texto Civic Biology: Presented in Problems de George William Hunter, no saltárselo y liar la de San Quintín. El ingenuo maestro fue denunciado y todo acabó en un mediático juicio que la prensa dio en llamar «El juicio del mono».

A todo esto, Scopes de inocente tenía poco. Sabía perfectamente lo que hacía y sus consecuencias, y no solo lo buscó, si no que todo estaba perfectamente orquestado. El profesor de ciencias fue contratado por George Rappleyea, directivo de la empresa minera Cumberland Coal and Iron Company, quien se había reunido con el superintendente de las escuelas del condado, Walter White, y con un abogado local, Sue Keer Hicks. Les convenció de que el juicio tendría una repercusión publicitaria descomunal para la ciudad y que serviría para poner en el mapa a Dayton. Y vaya si lo hizo. ¡Si hasta fue emitido por radio! Desde luego, los estadounidenses siempre han sido unos maestros para esto de la resonancia mediática.

Y he aquí que ya estamos en la corte, en pleno juicio. Ahora sí, la batalla ha comenzado. Que si creacionismo por aquí y evolucionismo por allá. En el lado demandante y representando a la fiscalía, dirigía el ataque uno de los más brillantes juristas de la época, William Jennings Bryan, exsecretario de Estado Demócrata y candidato presidencial en tres ocasiones. A la defensa del acusado, otro peso pesado de la abogacía de su tiempo, Clarence Darrow. La contienda duró ocho días, pero tras ellos el jurado tardó solo nueve minutos en resolverlo todo. El resultado a favor de Dios, evidentemente, que para algo es todopoderoso. En el bando perdedor, John T. Scopes tuvo que pagar una multa de cien dólares, pero se libró de la pena de cárcel tal y como pedía el fiscal.

Recién acabado el juicio, William Jennings Bryan repartió entre los enviados de la prensa copias de una especie de alegato final, cuya traducción reproducimos al final de este artículo. No lo leyó en el juicio, pero es lo más cercano a una de conclusión por parte del bando creacionista. También hace las veces de últimas palabras del fiscal, pues fallecería de forma repentina con sesenta y cinco años, cinco días después de la emisión del veredicto del jurado.

La cuestión es que, al final, después del pleito, su repercusión mediática y el «quítate tú para ponerme yo» de lo que se enseña en las escuelas o no, en Estados Unidos siguen casi un siglo después a vueltas con el creacionismo y el evolucionismo. En los estados de Texas, Oklahoma, Dakota del Sur e Indiana, están estudiando la implantación de leyes para poner ambas opciones al mismo nivel de enseñanza. No aprendemos así nos maten. A este paso, algún día se va a demostrar que la más válida será una especie teoría evolutiva inversa: el hombre no desciende del mono, sino es el mono el que desciende del hombre. El animal aprende, nosotros no. Tropezamos con la misma piedra dos, veinte y doscientas veces si hace falta. Seguimos a vueltas con las mismas tonterías. Y lo que nos queda.

La Fe de Nuestros Padres

Conclusiones de William Jennings Bryan tras el juicio contra John T. Scopes.

La ciencia es una fuerza impresionante, pero no sirve como guía moral. Puede ser perfeccionar la maquinaria, pero no añade filtros éticos capaces de proteger del uso abusivo de la máquina. También es capaz de construir gigantescos navíos intelectuales, pero no construye timones morales que controlen a los humanos que viajan en ellos sacudidos por la tempestad. No solo falla en proporcionar el elemento espiritual necesario, si no que sus hipótesis no probadas dejan la nave sin brújula que la oriente y ponen en peligro su cargamento. En la guerra, la ciencia ha demostrado ser un genio maligno; la ha convertido en algo más terrible de lo que nunca fue. La humanidad solía contentarse con masacrarse en un solo plano, el de la superficie terrestre. Ahora, la ciencia le ha permitido sumergirse en el agua para atacar desde abajo, o elevarse hasta las nubes para arremeter desde arriba, lo cual ha convertido el campo de batalla en tres veces más cruento de lo que nunca fue; pero la ciencia no enseña amor fraternal. Ha hecho la guerra tan infernal que ha puesto a la civilización al borde del suicidio; y ahora nos cuentan que los últimos descubrimientos en materia de destrucción harán que las crueldades ya vistas en contiendas pasadas nos parezcan triviales en comparación con las que están por venir en las futuras. Si la humanidad debe ser salvada de la amenaza de ruina de la inteligencia no consagrada al amor, solamente lo será mediante el código moral dado por el manso y humilde nazareno. Sus enseñanzas, y solo ellas, pueden resolver los problemas que irritan nuestro corazón y confunden al mundo.

Está en manos de la voluntad del jurado determinar si este ataque contra la religión cristiana debe ser permitido en las escuelas públicas de Tennessee por maestros empleados por el Estado y pagados con los fondos del erario público. Este caso ya no es local, el defendido ya no es una pieza clave. El caso ha alcanzado proporciones de una batalla épica donde los no creyentes intentan hablar a través de la llamada ciencia y los defensores de la fe cristiana, a través de los legisladores de Tennessee. Es de nuevo una elección entre Dios y Baal; de nuevo el problema en el juicio de Pilatos.

Otra vez fuerza y amor se encuentran cara a cara, y la pregunta de «¿qué deberíamos hacer con Jesús?» debe obtener respuesta. Una doctrina sangrienta y brutal – la evolución – demanda, como lo hizo la turba hace 1900 años, que Él sea crucificado. Esta no puede ser la respuesta que dé este jurado que representa a un Estado cristiano y que ha prometido cumplir las leyes de Tennessee. Vuestra respuesta se escuchará a través del mundo; una multitud que ora la espera con ansia. Si la ley es anulada habrá regocijo en donde Dios es repudiado, el Salvador burlado y la Biblia ridiculizada. Todos los no creyentes, de cualquier clase, estarán felices. Por otro lado, si la ley permanece, y la religión de los niños de la escuela es salvada, millones de cristianos os bendecirán y, con los corazones llenos de gratitud a Dios, entonarán de nuevo la vieja canción triunfante:

«Fe de nuestros padres, viva aún, a pesar de la mazmorra, el fuego y la espada; oh, cómo nuestros corazones laten fuerte con alegría al escuchar esa gloriosa palabra. Fe de nuestros padres. Fe sagrada; ¡te seremos fieles hasta la muerte!».

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