Divulgación

Entender el algoritmo

No entiendo el algoritmo. Los usan las grandes empresas como Google o Facebook. También parecen tener algo que ver con la inteligencia artificial. Y cada vez que hablan de nuevas tecnologías lo nombran. ¿Qué puede ser esto del algoritmo? Pues resulta que el algoritmo no existe. En cambio, los algoritmos son los ladrillos sobre los que se construyen todas las aplicaciones. Algoritmos creados a medida para cada caso. Y es preocupante que sean tan desconocidos, porque comprenderlos es vital para saber qué es la informática.

Un algoritmo no es más que una serie de pasos bien definidos. Cuando pones una lavadora a funcionar se aplica un algoritmo: llenarla de agua, dar vueltas, vaciar el agua y secar. Cuando subes una imagen a Facebook también: subir, procesar y publicar. Pero también lo es una receta de cocina, bajar a comprar el pan o utilizar una bicicleta. Porque los algoritmos no son más que una herramienta, un reflejo de cómo nosotros interactuamos con el mundo. Con la limitación de que una máquina no funciona como nosotros. Si queremos que ejecute código necesitamos algo más que sus pasos. Necesitamos una forma de redactar las instrucciones.

Para verlo, cogeremos uno de los algoritmos más famosos de la ciencia ficción: las tres leyes de la robótica. Nos centraremos en la primera, resumiéndola en «un robot no hará daño a un humano». No nos vale todavía. Para que la computadora sea capaz de ejecutarlo necesitamos reducirla más. Lo convertiremos en una serie de cláusulas lógicas que marcarán el resultado final en base a cuáles se cumplan. Así, nuestro algoritmo acaba siendo «si hay un intento de hacer daño y si el sujeto es el propio robot y si el objetivo es un humano, entonces se para». Ya está. Ya lo podemos poner a funcionar: cogemos un robot, hacemos que pegue a un humano, miramos lo que pasa y… el robot pega al humano ¿Qué ha sucedido? Pues que como el propio Asimov sabía, las tres leyes de la robótica son demasiado ambiguas. Si seguimos paso a paso su ejecución, vemos lo que ocurre. ¿Hay un intento de hacer daño? Sí, claro. ¿El sujeto es el propio robot? Sí, de eso no hay duda. ¿El objetivo es un humano? Buena pregunta: ¿Qué es un humano?

Realmente, es una pregunta estúpida. Porque no nos importa lo más mínimo. Lo correcto sería plantearnos cómo se comprueba si el objetivo del golpe es un humano. Y la respuesta sería que a través de otro algoritmo. Aquí está el problema: los distintos pasos del algoritmo, que parecían sencillos, son a su vez otros algoritmos. Y nada nos asegura que estos no se dividan a su vez en más algoritmos. Aquí está la razón de por qué nadie entiende los algoritmos. Pero no es tan horrible: vivimos dependientes de una maquinaria tan compleja que no podemos entender cómo funciona. Esto ya pasaba antes de que existieran ordenadores. E igual que ha sido posible organizar ciudades, se puede planificar una aplicación y sus algoritmos. De manera que, aunque nadie se lo conoce todo de memoria, cualquiera pueda seguir el plano para llegar a su destino.

Así que la próxima vez que alguien diga que el funcionamiento de las inteligencias artificiales es un misterio o que el buscador de Google es incomprensible, estará exagerando. Porque no importa la grande que sea, al final un algoritmo no es más que una serie de pasos.

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