Cinefórum CLXXII: Al azar de Baltasar

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Con este título tan confuso como simbólico, nos asomamos esta semana a las angulosas relaciones entre el ser humano y los animales, de mano de Robert Bresson y un humilde asno llamado Baltasar.

Si bien en Armonías de Werckmeister, la figura de la ballena constituía una representación animal fabulosa que causaba una espiral de estupefacción, miedo y violencia, en la cinta que hoy comentamos asistimos a un relato en que el animal cobra protagonismo, constituyéndose el borrico como eje vertebrador, testigo y parte de una trama que, al igual que le debe ocurrir al pobre jumento, el espectador no termina de entender. Algo reconocido por Robert Bresson, director y guionista de esta cinta rodada en 1966, época de su plena madurez artística y creativa.

Al azar de Baltasar cuenta la vida de un asno (Baltasar) y, de una forma paralela, su relación con los humanos de diferentes edades, particularmente con Marie, una joven campesina. Baltasar nace y se relaciona con niños hasta que crece y se pone al servicio de diferentes dueños que le irán explotando hasta la extenuación. Marie crece, y se verá igualmente afectada por la incompresión y el abuso.

El estilo de Bresson se caracteriza por un minimalismo ascético llevado al extremo en los gestos y los movimientos, que son defendidos por actores no profesionales con la intención de dar, según palabras del director, naturalidad y espontaneidad. No obstante, para el espectador contemporáneo esto resulta dudoso de digerir.

La abundancia de elipsis en la trama, hace que aspectos importantes del guion pasen desapercibidos, siendo cedidos a la libre interpretación por parte del espectador. Ese gusto por el vacío, por el hueco generado, como diría Chillida, moldea el relato de forma caprichosa.

Robert Bresson nació en 1901 y murió en 1999. Vivó el siglo XX en toda su extensión y por ende, toda la historia del cine y la cinematografía, términos que él mismo se empeñó en diferenciar. En algunos planos y gestos de sus personajes se aprecian ecos de estilos primitivos, reverberaciones de una forma de crear la escena como lo harían sus ancestros artísticos. Retrata un ser humano cruel y visceral, instintivo, animal asimismo. Quizá la excepción angelical de Marie marca un atisbo de esperanza en una humanidad más cercana al rebaño de ovejas que a la sensibilidad del protagonista. Todo ello, eso sí, desde el punto de vista de un humilde rucio.

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