Henrik Larsson: la sencillez del juego

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En París, el Arsenal acaba de perder su única final de la Copa de Europa frente al Barcelona. 2-1 en un partido cerrado que los londinenses jugaron con diez durante más de un periodo. Sobre el campo, Thierry Henry habla para la televisión y señala al hombre que ha ganado el partido: Henrik Larsson, un futbolista de verdad.

Larsson entró en la segunda mitad, con el Barcelona por debajo: 0-1, tras un gol de cabeza de Sol Campbell, veterano central al cual Wenger había convencido para volver a jugar aquel año. La desastrosa actuación de Almunia, parche para la enésima locura de Lehmann y la aparición de Iniesta como deslumbrante centrocampista total inclinaron la final mientras el Arsenal se descomponía con el paso de los minutos.

Larsson, como esos jugadores de baloncesto que prefieren comenzar desde el banquillo para diagnosticar lo que su equipo y el partido necesitan de ellos, entró al campo para ganar, y lo hizo.

En dos ocasiones abrió la puerta del área, en sendos movimientos magistrales culminados con un balón al espacio y carrera: el primero una sencilla prolongación, el segundo un pase quirúrgico. Fútbol complejo ejecutado con sencillez.

De Larsson se sabía, porque jugaba en un esquina del fútbol y entonces todavía no controlábamos todo al detalle, que era un rematador formidable, pero no teníamos tan claro que, en realidad, era un jugador integral. Reconvertido a perfecto número 12 tras años de haber sido mito y rey en Celtic Park con las listas verdes y blancas, Larsson sintetizaba al futbolista viejo, al que sabe cómo se juega de verdad, al que se ha pelado de adornos hasta lo esencial.

Nunca fue tampoco de arabescos, pero cuando lo conocimos, con rastas a lo Rudd Gullit apareciendo como extremo derecho de aquella Suecia feliz y trepidante del memorable Mundial USA 94, era de los que entraban por los ojos: llamativo y espectacular. Encima le había marcado un gol en el tercer y cuarto puesto a Bulgaria, aquel inolvidable ejército de Pancho Villa futbolero.

Por entonces jugaba en el Feyenoord, junto al Ajax, e incluso precediéndolo en el tiempo, el epítome de la ortodoxia holandesa. Se lo había llevado Wim Jansen desde el Helsingborgs en 1993. Jansen era un mítico medio del Feyenoord, del equipo que en 1970 fue primer campeón de Europa holandés, que de manera extravagante ve su carrera unida a la de Larsson ya que también será él quien lo reclame en 1998 para el Celtic de Glasgow: en ambas ocasiones, Jensen es echado a mitad de temporada, dejando a Larsson sin valedor.

La experiencia en Holanda resulta enriquecedora en lo futbolístico, pero finalmente amarga. En el Feyenoord aprende a jugar a la holandesa, en todos los lugares del campo y traba amistad con el lateral izquierdo Giovanni van Bronckhorst. Una relación que se mantendrá cuando ambos se enfrenten en Escocia, si bien en bandos irreconciliables ya que el holandés viste el azulón protestante del Rangers, y que será clave en la decisión de Larsson de fichar por el Barcelona.

Extremo derecho, delantero centro intermitente, segundo y media punta…Larsson juega un poco de todo y mucho de nada, mientras su relación con Ari Haan, otro exfutbolista de los 70, si bien del Ajax de Michels y Cruyff, se deteriora hasta el punto de forzar su salida tras una serie de polémicos desacuerdos en relación a unas promesas incumplidas y una cláusula no respetada. Wim Jansen, como decía, fue su salvavidas.

Larsson, a cuatro años ya de su aparición mundialista, se había mantenido por debajo del radar de los equipos depredadores y el Celtic, club con tradición y garantías de presencia europea, parecía un buen destino… Quizás un destino intermedio a la Premier, que resultaría ser casi el equipo de una vida: entre el 97 y el 2004.

Todavía con su pelo largo y su aire juvenil, Larsson llegó con todo por demostrar a la hora de ocupar el lugar de Paolo Di Canio y Pierre van Hooijdonk, las ventas de aquel verano. Wim Jansen lo respaldó en un mal comienzo, desorientado en un fútbol por completo distinto del que había experimentado durante sus años en Rotterdam.

Cuando entendió que era, precisamente, su diferencia lo que le haría triunfar, Larsson conquistó el juego directo y físico, adaptándolo a sus propias características, usando en su favor la velocidad y espacios del mismo para imponer una técnica superior y desarrollar una capacidad goleadora sin precedentes en su carrera. La temporada terminó con un título copero y una liga que suponía, además, impedir el ten in a row de los rivales.

El siguiente año fue mejor en lo personal que en lo colectivo. El club quedó fuera de los títulos con su nuevo técnico, el eslovaco Jozef Venglos, pero Larsson marcó la imponente cifra de 38 goles y formó un excelsa pareja junto al medio ofensivo Lubo Moravčík, otra importación eslovaca. Diminuto y productivo, Moravčík, era tanto un socio para Larsson en el centro del campo como una invitación a adelantar su posición, llevándolo a evolucionar en delantero, si bien siempre desde una concepción personal de un puesto que compartió dos temporadas con el australiano Mark Viduka.

El año siguiente fue todavía peor, si bien casi podría considerarse un peaje para acceder a la mejor época del Celtic contemporáneo, al de Martin O’Neill, entre el 2000 y el 2004. John Barnes y Kenny Dalglish se sucedieron en el banquillo de un club que tenía demasiado dinero y no sabía dónde gastarlo al tiempo que Larsson se partía una pierna en un partido de Copa de Europa contra el Olympique Lyonnais. Todo feo, pero necesario.

Larsson se afeita la cabeza, se afila, se depura. Jugador ya sin adornos, se dispone a liderar a todo un club. Martin O’Neill devuelve el orgullo a los aficionados con un brutal 6-2 al Rangers, el conocido como Demolition Derby que devolvía con creces cuatro derrotas consecutivas en el Old Firm. Larsson estaba en mitad de la tormenta, asistido por Moravčík y encontrando en Chris Sutton, un clásico delantero británico que fue el recambio de Viduka, su complemento ideal. 50 goles en 53 partidos, incluyendo cinco (todos) en las dos finales coperas de la temporada: 3-0 al Kilmarnock y 2-0 al Hibernian.

Larsson gana la Bota de Oro en un año mágico que hace cada vez más acuciante la pregunta: ¿cómo puede seguir jugando en el Celtic de Glasgow? ¿Por qué ningún trasatlántico lo ficha? La respuesta es tan sencilla y hermosa como el fútbol que Larsson había alcanzado a jugar: estaba identificado con el club, le gustaba jugar para el Celtic.

Alex Ferguson fue el hombre que más lo persiguió. Fue su fichaje soñado. En su biografía solo habla bien de tres futbolistas: Ryan Giggs, Paul Scholes y Henrik Larsson. Y que Ferguson hable bien de ti es tan difícil como ganar la Copa de Europa con el Celtic de Glasgow. La admiración del entrenador escocés era tal que con el futbolista ya semirretirado, jugando en el Helsingborg, club al cual había prometido volver, solicitó una cesión, apenas unos meses durante al parón invernal de la liga sueca, solo por el placer de entrenarle.
Larsson marcó un par de goles, levantó una Premier e hizo feliz a un hombre agrio. Quizás pensó en los títulos que pudo haber ganado de ponerse la camiseta del United quince años atrás, o a lo mejor pensó que todo estaba bien así. Más sencillo, más hermoso, como su fútbol.

La historia del amor entre Larsson y el Celtic tiene también, todas lo tienen, su reverso amargo. Su pequeña decepción que todo lo cambia. El Celtic llega en la 2002-2003 a la final de la Copa de la UEFA que se juega en Sevilla. El rival es el Oporto de José Mourinho, una roca, una madeja, una maquinaria que se revelerá perfecta e indescifrable después de dos años seguidos de ganarlo todo.

El Celtic había entrado en la final tras una ajustada semi contra el Boavista donde Larsson había marcado los dos goles escoceses (1-1 y 1-0). El Oporto, liderado por el fenomenal Deco, había barrido al Lazio (4-1 y 0-0). La final fue un braceo contra la derrota, con Larsson negándose a dejar que su equipo perdiese y empatando por dos veces, con sendos cabezazos para colgar en una pared, la ventaja de unos portugueses mejores y superiores.

Tal vez por primera vez se da cuenta del contexto, de que ha llegado al tope, de que sus compañeros ya no pueden seguirle o, como en esta final, sostener el lugar al que él los has levantado. El Celtic aún no ha regresado a una final, aquella oportunidad, aquel equipo, siguen siendo los mejores. Larsson sigue un año más, continuando el ciclo domestico triunfal, pero con 33 años no quedan muchos más retos locales y, piensa, es mejor dejarlo cuando todos nos queremos tanto. Su idea inicial es retirarse en Suecia. Manchester no le seduce, sería continuar en un fútbol familiar, y es entonces cuando van Bronckhorst le habla de reencontrase en Barcelona.

El Barcelona de Frank Rijkaard ha quedado injustamente opacado por la medida de todas las cosas que Guardiola edificó entorno a Messi, pero aquel equipo supuso una regeneración de un club y una reivindicación de un fútbol que sintetizaba al Ajax y al Milán. Larsson llegaba medio escondido tras las contrataciones de Eto’o o Deco, incluso del subvalorado Giuly, futbolista dedicado y productivo como pocos. Un veterano que mete goles en Escocia…. Le bastó poner una bota sobre el campo para hacer entender a la grada. No era solo un rematador, nunca lo fue, ni en el Celtic donde cubría todo el ataque pausando y acelerando las jugadas, poniendo el toque distinto y el movimiento exacto. Lo que ocurre es que aprendió a serlo, como quien siendo diestro aprende a pegarle con la izquierda.

En Barcelona recordó el fútbol aprendido en el Feyenoord y le añadió experiencia y decantación. Larsson no hacía nada sobrante, aportaba en cada toque, presión o desmarque y solo una fea lesión de rodilla le apartó de ser indispensable en un equipo exuberante, en pleno crecimiento. El club no dudó en ampliarle el contrato, sin duda a petición de Rijkaard, que lo veía como un futbolista-llave y como un elemento capital en el vestuario. Al año siguiente, ya lo dijo Henry al principio de todo esto, solo salía para finiquitar partidos y finales. Trabajo de experto.

Larsson era de esos futbolistas que emana liderazgo. Sobrio y calmado, su presencia parecía sedante, equilibraba. Eso, sin duda, lo transmitía del campo al vestuario y viceversa durante esta gloriosa etapa otoñal. Uno, que es admirador de los futbolistas viejos, esos que saben que hay que hacer y que no, qué sobra y qué es esencial, experimentó dos temporadas de absoluta paz y felicidad: Larsson era todo aquello que decía y mejor, era todo aquello que yo había soñado…y mejor. Era un futbolista y era un hombre.

3 comentarios

  1. Me ha encantado el articulo, felicidades pq esta muy bien narrado y es un placer leerlo.
    Yo era muy fan de Larsson desde su etapa en Glasgow y en el Barça, como culé que soy. Pienso que al club le falta ahora mismo un jugador de su perfil. Un saludo desde Girona

    • Adrián Esbilla on

      MUchas gracias a ambos. Jugador ejemplar siempre Larsson… Y, sí, al Barça le hacen faltan uno o dos Larsson desde hace tiempo.

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