Francesco Totti: el último rey de Roma

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Adesso dihono che é stato il mio limite il fato di non aver mai cambiato squadra

In realtá er il mio sogno fin de bambino

Francesco Totti, VIII re di Roma

«Ahora dicen que no haber cambiado de equipo me ha limitado. En realidad, ese era mi sueño desde niño». En la retirada de Totti, allí abajo, en el Olímpico de Roma, nadie estaba alegre. No se reía ninguno. No había regocijo, ni festejo. Solo pena y dolor, lágrima viva. Allí, se oficiaba el funeral por Francesco Totti, futbolista.

Totti, más incluso que a un club, representa el espíritu de la ciudad, es su encarnación. Una romanidad quintaesencial.  Roma está señalada con murales de Totti; su silueta, su rostro y su figura están tatuados en las paredes de Roma, está escrito en ella como en la Antigüedad. En esos murales, Totti vivirá siempre. Más: será futbolista siempre. Más todavía: será romanista siempre.

Nacido en Porta Metronia, su rostro se alza hoy en la calle San Giovanni. Santo patrón del barrio, folclore romano. Totti empezó a jugar allí, entre la calle y la Fortitudo, en un pequeño campo de tierra entre los edificios que los vecinos salvaron del derribo, preservando parte de la historia del fútbol de la ciudad.

Dice Mauro Baldissoni, manager general de la AS Roma, que Totti «no solo es un jugador. No es solo el mejor jugador. Es incluso más que un ídolo. Es alguien de la familia, un hermano… Es el hijo de la gente».

Totti ha sido incluso un elemento de unión entre las dos Romas irreconciliables, la giallorossa y la celeste. Durante un Lazio – Inter de Milán, Irriducibili, el histórico grupo ultra lazial, desplegaron una pancarta que decía «I nemici di una vita salutano Francesco Totti» (los enemigos de una vida saludan a Francesco Totti). En 2007, durante el funeral del tifoso lazial Gabrielle Sandri, muerto por el disparo de una policía, Totti se acercó para abrazar a los padres. En 2015, en un derbi como visitante, recorrió la pista olímpica junto a uno de los líderes de los ultras romanos y el capitán del Lazio Tommaso Rocchi para encontrarse con el hermano de Sandri y escenificar una ceremonia durante la inauguración de una pancarta en la Curva Nord. La simbología profunda de estos gestos colocó a Totti en un lugar diferente para la tifoseria celeste y toda la comunidad futbolera de la ciudad.

En septiembre del 94, Totti marcaba en ese mismo estadio su primer gol. Se lo hacía al Foggia para empatar 1-1. Entonces, Vujadin Boskov, el entrenador que lo había hecho debutar, ya no estaba. Le había puesto a jugar unos pocos meses antes, durante la temporada 92-93, en Brescia. Solo unos minutos. Tenía dieciséis años. A Boskov, que era tan viejo como el fútbol, lo había traído la Roma desde Génova, donde había llevado a la Sampdoria a su edad de oro con una Recopa, la conquista de su único Scudetto y una legendaria final de Copa de Europa contra el Barcelona de Johan Cruyff. Solo duró un año en Roma y dejó al equipo en mitad de tabla. Su recambio, el no menos veterano Carletto Mazzone, sería clave en la carrera de Totti. Romano y paternal, había subido al Ascoli desde la tercera a la máxima categoría a principios de los 70 y después se había hecho un nombre como entrenador para trabajos duros. El año anterior había metido al Cagliari en la UEFA y la Roma lo llamó de vuelta a casa. A Totti le tentaba el Milan, pero la personalidad de Mazzone le convenció de quedarse. Con él entró en conexión con las esencia del calcio, con un sentido histórico del fútbol italiano; con unos valores.

Son años de crecimiento para el fútbol italiano. Está entrando dinero y equipos como Parma, Lazio o Fiorentina juntan escuadras potentes que les permiten competir en liga con Milan o Juve y a pelear en Europa. Mazzone pone a la Roma entre los cinco primeros y sitúa a Totti como 10. El primer gol con ese número se lo hará al Parma en 1994. Es la Roma de Aldair, Abel Balbo, Fonseca, Amedeo Carboni. El 10, hasta entonces, lo llevaba Giusepe Giannini, el ídolo de Totti; delantero, capitán, romano. En la habitación de su casa, de niño, Totti dormía con un póster de Giannini en la pared. Il Principe, le llamaban. Ahora compartía la habitación de las concentraciones con él. El mito lejano se la había hecho carne. La sabiduría se pasaba, se heredaba como un manto al que honrar. La idea de la camiseta sagrada medraba en Totti.

En estos años Mazzone le dosifica, le forma. La tifosería lo reclama enloquecida cada partido y Mazzone se pelea con ellos y con Totti. Tiene que refrenarlo. Tras un partido de copa UEFA contra el Brondby, ya no se puede esperar más. Totti clasifica al equipo con un gol en la primera parte y un pase genial de tacón, dentro del área, a Carboni. El traspaso de poderes se hace efectivo con ese gesto sublime. El número 10 ya no le pertenece a Giannini, es de Francesco Totti. Al año siguiente, Giannini, misión cumplida, se marcha a Nápoles y deja su espacio para el nuevo Príncipe. Los compañeros votan un nuevo capitán y el elegido es el central brasileño Aldair, que llevaba en la Roma desde el 90 y jugará trece temporadas allí. Aldair lo rechaza. En un momento de tensiones internas en la plantilla, Aldair detecta la importancia de Totti más allá del juego. No solo es el mejor sobre el campo, es uno de aquellos que animan incansables desde la grada. Totti es una prolongación sublime del tifoso y viceversa.

El capitán debe de ser romano y romanista. La tradición no debe romperse. Así, Totti hereda otra responsabilidad y asume un compromiso de por vida. La idea del legado se extiende desde la capitanía hasta la camiseta. Antes de Giannini estuvo Agostino Di Bartolomei, el capitán pensativo. Mediocampista y líbero de clase y sencillez, había sido el líder de la Roma del último Scudetto en la 82-83, y se había marchado al Milan en el 84, retirándose al borde del 1990 en la Salernitana. Cuatro años después, más joven de lo que al final lo fue Totti, no pudo resistir más el vacío del después, la ausencia del futbolista y se pegó un tiro en la cabeza.

Di Bartolomei era el fantasma del gran capitán, del hombre singular, y también el de la última victoria de aquella Roma elegante y ofensiva que se movía al ritmo de un mediocampo histórico (Falcao, Di Bartolomei, Ancelotti y Prohaska), entrenado por el sueco Nils Liedholm, excelso futbolista de la selección sueca subcampeona del mundo en el 58 y parte de la legendaria Gre-No-Li (Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm) del Milan de los 50. Un equipo grande, que hacía un fútbol del cual enorgullecerse y que Totti prometió replicar con el 10 en la espalda. El otro legado.

El 10 significa en Italia la libertad. El 10 es el fantasista; el hilo suelto de un calcio que admira y adora la táctica. El 10 es la espita necesaria por donde cede la presión. Totti coincidió con los grandes dieces del fútbol italiano, Gianfranco Zola, Roberto Baggio (el más genial de todos), Pirlo que redefinió la posición incrustado en el centro mismo, o incluso Antonio Cassano, el más loco y con quien Totti compartió años felices en la Roma de los primeros 2000.… Todos hijos y nietos de los fantasistas originales: Gigi Meroni, la farfalla granatta del Torino que murió atropellado en 1967; Gianni Rivera, Il bambino d’oro; y Gigi Riva, el genio solitario que hizo campeón al Cagliari del 70. Extremos, mediapuntas, delanteros. Los fantasistas comienzan, desarrollan y terminan el fútbol, a veces con solo una pincelada, como aquel taconazo de Totti para Carboni en Suecia. Ahora no hay más. Los fantasistas se han acabado en el Calcio. Otra orfandad más que nos deja Francesco Totti.

Liedhom volvió brevemente a la Roma en la 96-97 para sustituir el abortado proyecto de Carlos Bianchi, con quien Totti nunca se entendió. Fue un año triste, pero en la Roma comenzaba a fraguarse algo que fructificaría pocas temporadas después. Dos semillas fundamentales: el delantero Marco Delvecchio, el compañero con quien Totti mejor se ha entendido, y un barrendero del mediocampo, comunista y abnegado, de nombre Damiano Tommasi. Con ellos, la Roma se arriesga y firma como entrenador al checo Zdeněk Zeman, fantasista de los banquillos y estandarte ético en un fútbol que se moderniza a toda velocidad. Llevaba entrenando desde los 70 en Palermo, adonde había emigrado y donde se había casado, pero fue en el Foggia, entre el 89 y el 94, donde eclosionó ascendiendo al equipo desde la tercera a la Serie A, con un fútbol desafiante y espectacular. Enseguida lo contrató el Lazio, donde obtuvo un segundo y un tercer puesto en las ligas del 94 al 96, con un equipo de jugadores de alta escuela como el central Alessandro NestaBeppe Signori y, en especial, el superclase croata Alen Bokšić. Cesado en el 97, su inmediata venganza fue cambiar de barrio para dirigir al rival eterno durante las dos siguientes campañas. Lo malo, tal vez en coherencia con la tradición fatalista romana, es que el Lazio estaba a punto de comenzar un ciclo glorioso de la mano del técnico sueco Sven-Göran Eriksson (y el dinero de la Cirio) que les llevaría a ganar una Recopa en el 99 y un Scudetto en el 2000.

Con Zeman, Totti se escoró hacia la izquierda. Con más campo, tuvo que aprender a ser resistente, a afilarse y comprometerse con una posición exigente y un sistema de juego donde uno no podía esconderse. La Roma saltó del puesto doce al cuarto y pudo saborear también las mieles del dinero que entonces inundaba una Italia que parecía vivir un segundo milagro económico. Es la antesala del berlusconato, la Italia bunga-bunga que dominará el nuevo siglo que ya llega. Llegan al club los lateras Candela y Cafú, definición misma del carrilero brasileño; el delantero Paulo Sergio o el central Zago, ambos también brasileños. En el 99 el equipo busca un nuevo entrenador y encuentra al que necesita, Fabio Capello, que tras un desafortunado regreso al Milan desde Madrid decide dar un paso atrás y recogerse en un club más modesto, pero más difícil. Allí realizará la mayor gesta de su carrera: vencer la Liga del 00-01, respondiendo de inmediato al título lazial. Doble historia.

Capello había sido jugador romanista en los 60, cuando llegó a ganar una Copa entrenado por Helenio Herrera. Norteño, era un mediocentro adusto y duro, no muy alejado de su carácter como entrenador. En Roma pasó cinco temporadas, tal vez las más felices de su carrera, y fue dos veces subcampeón de liga, en la 01-02 a solo un punto de la Juve de Marcello Lippi y Del Piero. Junto a él llegarían al club otros jugadores esenciales para el título como el mediocentro Christiano Zanetti, el laborioso interior francés Jonathan Zebina, el central argentino Walter Samuel o el fichaje de lujo, Gabriel Batistuta, durante ocho temporadas cañón de la Fiorentina. Luego llegarán Panucci, Cassano, con quien Totti se divierte como nunca, Emerson, Chivu… E incluso Daniele De Rossi, centurión de Totti en el mediocampo romano durante más de una década. Sin embargo, el más importante en la época fue el fichaje de Vincenzo Montella, un inteligente delantero de la Sampdoria que aportaba un caudal de goles desde el banquillo y resultó esencial para sustituir al año siguiente, el del subcampeonato, a un Totti lesionado.

Totti marca contra el Parma en el último partido, cuando el campeonato cristalizó. La primera vez que marcó con el 10 a la espalda, en el 94, también fue contra el Parma. Cuando Totti levante ese Scudetto soñado durante casi veinte años les estará diciendo a los tifosi: «Veis, he cumplido». Tal vez ese hubiese sido el momento para irse. Nadie se lo hubiese echado en cara entonces. Su misión estaba cumplida, había hecho historia, de esas que perdura para siempre, un título de los que valen todo. El Real Madrid intentó ficharlo ese verano y por vez primera Totti se lo pensó. Era la época de los Galacticos Ronaldo, Zidane, Figo, Roberto Carlos, Raúl y una Copa de Europa caliente, recién ganada frente al Bayern Leverkusen. «¿Qué voy a hacer yo allí?», debió de pensar Francesco Totti.

«La gente me pregunta, ¿por qué has pasado toda tu vida en Roma? Roma es mi familia, mis amigos, la gente que amo. Roma es el mar, las montañas, los monumentos. Roma, por supuesto, son los romanos. Roma es amarilla y roja. Roma, para mí, es el mundo. Este club, esta ciudad, han sido mi vida. Siempre».

Con el Scudetto, el príncipe se convierte en rey. El club es moldeado a su imagen y semejanza. Totti es intocable, más que un jugador es historia viva. En 2004, la Roma se agita. Capello se va a la Juve y se lleva con él al mediocentro brasileño Emerson. El alcalde de Roma, el socialista y excomunista Walter Veltroni, tifoso juventino, debe intervenir para pacificar los ánimos. Pero la familia Sensi, dueña del club desde el 93, se encuentra en problemas económicos y debe vender jugadores. De nuevo, Totti se ve en la encrucijada. Hay un desencanto momentáneo entre el jugador y la curva, que le acusa de falta de entrega, de desinterés. Los entrenadores se suceden: del ex alemán del club Rudi Völler al histórico Bruno Conti, campeón Mundial con Italia en el 82 y miembro de la Roma del Scudetto un año después.

El equipo coquetea con la Serie B y, pese a quedar octavo, solos tres puntos le separan al final del descendido Bolonia. La final de Copa perdida frente al Inter les da la oportunidad de jugar en Europa y Totti sella la paz social permaneciendo fiel a un club en problemas. Este compromiso adquiere un valor todavía mayor porque sucede en el fútbol del gran dinero, de los trasatlánticos. Los traspasos mareantes hacia Inglaterra y España, los sueldos al alza y la decadencia del Calcio, donde las leyes antiultras han ido vaciando los estadios. Con su decisión de permanecer en la Roma, Totti se aleja de la corriente del fútbol contemporáneo, los reconocimientos internacionales le esquivan y los títulos quedan lejos. Por haber preferido un lugar donde cada uno de estos hitos supone una conquista titánica, histórica. Pero Totti vive su propia extravagancia en Roma. Su boda con la velina Ilary Blasi se retrasmite por televisión e incluso el propio Veltroni asiste. El héroe popular. Anuncios, prensa, televisión, libros de chistes que hacen ironías con su simplicidad… Totti trasciende el campo y eleva su romanidad al grado de personaje.

Al verano siguiente toca Mundial, pero Totti se rompe una rodilla unos meses antes. Lippi promete esperarlo. En el 2000, con Cesare Maldini como entrenador, había realizado una estupenda Eurocopa, de la que Italia salió subcampeón frente a Francia tras un penalti a lo Panenka frente a Vander Sar en semis. «Voy a hacer la cucharita», le había dicho a Paolo Maldini, que se echaba las manos a la cabeza. Era un golpeo de marca. Cuatro años después, en Portugal, se le fue la cabeza en el primer partido frente a Dinamarca y escupió a  Christian Poulsen. Italia no pasó de la primera fase. En el extraño Mundial de Japón y Corea, no tuvo mejor suerte. En octavos tropezaron contra Corea del Sur y los arbitrajes a su favor. 2004 fue el año horrible de Totti. Pero en Alemania iba a ser distinto. Italia estaba muerta, como antes del 82. Y para Italia, cuanto peor, mejor.

En 2006 estalla Calciopoli, el Moggigate: Luciano Moggi, manager general de la Juventus, cae en una investigación sobre fraude de partidos, compras de árbitros, etc. La figurara en la sombra, el hombre más poderoso del fútbol italiano, convulsiona de nuevo una competición y un país que vive en las corruptelas. La Juve es desposeída de los dos títulos más recientes y descendida a la Serie B junto a la Fiorentina. Lazio y Milan reciben sanciones de puntos, pero conservan la categoría. Y en esto, empieza el Mundial. En octavos, Italia se balancea en el abismo frente a Australia: un penalti fuera del área termina dentro casi en el último minuto y Totti coge el balón. Italia esquiva la suerte de nuevo. El equipo crece y disputa dos excelentes rondas contra Ucrania y Alemania, esta con una prórroga espectacular. El resto es historia: la caída de Zidane, capaz de ganar y perder un Mundial él solo en un mismo partido. Es la final de Materazzi, el Mundial de Zidane, que ofrece una de las mayores exhibiciones individuales de todos los tiempos. Homérico.

Ese verano la Roma se decide por Luciano Spalleti, un entrenador atacante que viene de completar dos años notables con el Udinese. Su historia con Totti será de amor-odio, pero la influencia de Spalleti sobre su juego es invaluable. Lo convierte en un 9 mentiroso, indetectable, que desde la punta extiende su dominio del juego a todo el frente de ataque. Más sabio, Totti sabe dónde moverse para hacer daño, y Simone Perrota y Danielle De Rossi sostienen la estructura desde el centro del campo. La Roma salta directo al segundo puesto, muy lejos a pesar de todo del Inter, el grande que queda. Serán subcampeones tres años consecutivos, el último de ellos, en la 07-08 a solo tres puntos de los neroazzuri a quienes derrotarán en dos finales de Copa, también seguidas, en 2007 y 2008. Son buenos años, de buen fútbol y de un gran Totti que incluso se proclama capocannoniere y Bota de Oro en 2007, ya con treinta y un años.

Ese año decide retirarse de la selección, aunque siempre coquetea con la idea de volver. Roma y solo Roma. La última temporada de Spalleti, en 2010, es amarga. Tiene problemas con Totti desde el verano. Este piensa que le está alejando del campo y fuera del campo no es feliz. Y Totti es la Roma y tiene que ser feliz. Claudio Ranieri aparece para insuflar entusiasmo al equipo y devolverle el protagonismo a Totti. Durante un buen tramo de la competición parece que la Roma va lanzada a por más historia. Frente a ellos, de nuevo el Inter de José Mourinho, que hará historia con un triplete de liga (la quinta seguida), Copa y Copa de Europa.

Seis victorias seguidas al inicio de la segunda vuelta ponen a la Roma en persecución y su victoria en Milan frente a los de Mourinho, la materializa. El Scudetto va ha dirimirse en ventajas de dos puntos. Pero la Roma no debe solo aguantar la presión del Inter, debe competir contra su propio e intrínseco fatalismo. Es el equipo con más subcampeonatos de la Serie A (14, 9 de ellos en la era Totti) y no puede escapar de ella misma. La victoria final en Verona frente al Chievo es neutralizada por la del Inter contra el Siena. De algún modo, ya estaba escrito.

Más años convulsos. Como si Roma y la Roma estuviesen unidas. De las cloacas de la ciudad comienza a emerger una podredumbre incontenible. Mafia Capitale. El juicio tendrá lugar en 2015, pero en 2010 comienza a escarbarse en serio. El resto es la inercia de la justicia. Roma se desnuda corrupta de parte a parte. El cerebro es Massimo Carminati, Il Nero, un antiguo pistolero fascista y miembro de la Banda de la Maglina con conexiones con la ‘Ndrangheta a través del Clan dei Casamonica. Los ejecutores, políticos y funcionarios de izquierda a derecha como Luca Gramazio de Forza Italia; Mirko Corrati del Partido demócrata; el democristiano y andreotista Franco Panzironi; o el neofascista Gianni Alemanno, el alcalde mismo de Roma entre 2008 y 2013. Los beneficiaros, empresarios dudosos, limítrofes, como el constructor Salvatore Bruzzi, especializado en concesiones de casas populares, albergues, etc. Totti y su hermano Ricardo aparecen en la investigación. Francesco pagó en dinero negro a varios policías para que ejerciesen de guardaespaldas de sus hijos entre 2008 y 2010, tal y como declaró Luca Odevaine, vicesecretario del gabinete de Veltroni, romanista y amigo de los Totti. Ricardo está implicado como administrador de una sociedad inmobiliaria de Totti que posee diversos edificios en el Campidoglio, una de las zonas más históricas y exclusivas de Roma, entre otros lugares de la ciudad como Ostia o la Garbatella.

Tal pareciese que Totti tuviese que estar en todo aquello que ocurre en la ciudad, en lo bueno y en lo malo. En su club tampoco hay paz. Luis Enrique, que ha llegado a Roma como nuevo, dispuesto a hacerse un nombre y prorrogar el etilo ofensivo del equipo, deja a Totti fuera hasta del banquillo en el primer partido. La prensa huele sangre y se lanza; la relación de admiración mutua y el rápido entendimiento por parte de Luis Enrique de lo que Totti significa y necesita dice otra cosa, pero la narrativa ya está establecida. Con el equipo fuera de Europa y un juego irregular, ni el apoyo de Totti y De Rossi sirve. Tras un breve regreso de Zeman, será otro técnico joven y atacante el que prolongue esta llama que, según Totti, Luis Enrique volvió a encender. Rudi Garcia hizo en 2011 al Lille insólito campeón de Francia y con un juego vibrante pone a la Roma de nuevo en competición. El excelente centro de campo armado entre De Rossi, Pjanić, el impetuoso belga procedente del Cagliari Nainggolan y el joven Florenzi, romano y romanista en una Roma cada vez más falta de jugadores italianos, rodea a un Totti magistral que vive el esplendor del futbolista viejo.

La Juve queda demasiado lejos, pero la Roma firma dos nuevos subcampeonatos y, junto al Nápoles, ofrece ilusión de disputa a un Calcio reducido a su mínima expresión. Tras García, regreso a Spalletti y a la melancolía. Pasa de jugar 27 partidos a solo 13 en 2016 y 17 en 2017, donde de nuevo termina segundo a cuatro puntos de una Juve que se permite el lujo de remontar. No se siente útil. Añora. Todos sus problemas con los técnicos parecen proceder de esa parte sentimental de su carácter, de su idea singular de lo que es ser futbolista. Dieciséis años o cuarenta, a Totti eso no le importa ¿Qué hay para él fuera del campo? ¿Qué hay para él fuera de la Roma? La vida es una ciudad y un pequeño rectángulo de hierba en el corazón del lugar donde nació. Totti no solo logró el sueño de un niño, también logró seguir jugando como un niño. En su equipo, en su barrio, en su ciudad. Como si no se hubiese convertido en un futbolista todavía, no de verdad, no del todo. No ser ese futbolista profesional significó conservar un rincón de inocencia. No romper con Roma fue no romper con la infancia. Jugar. Jugar siempre en casa.

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