Arte y Letras

Emily Dickinson, nuestra contemporánea

La vida y la posteridad de Emily Dickinson están envueltas en misterios, y uno de los más llamativos sería saber cómo es posible que una autora tan elusiva, cuya obra puede parecer inescrutable, ha alcanzado una fama, inaudita para una poeta, que con el tiempo no hace más que crecer tanto en su valoración crítica como en la cultura popular, hasta el punto que una reciente serie de televisión tiene a la joven Emily como protagonista. Muchos dickinsianos aborrecerán esta ficción (levanto la mano), pero es solo otra prueba de que nuestra escritora es en realidad de todos. Sí, quizá la resolución del misterio sea que cada lector encuentra en Emily justo lo que estaba buscando, que no es más que ella misma, porque su patria era la verdad.

Di toda la verdad, pero dila con rodeos-

El éxito está en el Circunloquio

Demasiado brillante para nuestro enfermizo Placer

La sorpresa sublime de la Verdad

Cómo el Relámpago les es menos temible a los Niños

Con una amable explicación

La Verdad debe resplandecer gradualmente

O todo hombre quedaría ciego-

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Lo cierto es que si en su época Emily Dickinson pasó totalmente desapercibida, con apenas un puñado de poemas publicados y siendo recibida con condescendencia en el mejor de los casos, hoy su imagen se ha hecho irresistible. Más allá de sus poemas, que vendrán más tarde, lo primero que atrae de ella es precisamente eso, su imagen, quintaesencialmente romántica. Es tan poco lo que se sabe a ciencia cierta de su vida, que ya pocos años después de su fallecimiento se había comenzado a crear un mito. Una mujer entregada a su arte, que decidió retirarse del mundanal ruido, que vivió solitaria y torturada, que agonizó lentamente hasta que se murió y se convirtió en inmortal.

Quizá el mito fundacional fue su retiro prematuro, con apenas treinta años. A esta decisión singular se le han dado múltiples explicaciones que han dado para miles de páginas de interpretaciones eruditas y especulaciones ficcionales sin fin. La versión romántica, fue un desengaño amoroso. La psicoanalítica, se debió a la dureza de sus padres. La artística, fue la frustración por no publicar. Cada época ha tenido la Emily que necesitaba, y en la actualidad abundan las interpretaciones que aseguran que era bipolar o lesbiana. Todas tienen sus buenos fundamentos, todas tienen argumentos sólidos, a lo mejor todas tienen algo de verdad, y el mito sigue evolucionando. Pero mi teoría favorita es la que explicitó su propia hermana: simplemente pasó. Eso sí, lo que está claro es que hay que tener un gran valor para tomar esa decisión, solo al alcance de espíritus superiores. No cualquiera puede atreverse a llegar a ser nadie en absoluto.

¡Yo soy Nadie? ¿Tú quién eres?

¿Eres tú -Nadie- también?

¿Entonces somos dos?

¡Pues nunca lo digamos o lo pregonarían!

¡Qué aburrido -ser- Alguien!

¡Qué vulgar -como una Rana-

Pasarse Junio entero -diciendo nuestro nombre-

A una Charca admiradora!

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En cualquier caso, da igual lo que yo piense, lo que aseguren las académicas, lo que imaginen adolescentes y devotos, el mundo de Emily tiene sus propias reglas. Uno de los motivos de que la poesía sea la más trascendente de las artes, la más milagrosa, es que a través de palabras, y solo palabras, el lector puede descubrir una nueva verdad. ¿Cómo es posible que utilizando una herramienta tan rudimentaria como el lenguaje, algo que hasta el mayor palurdo puede manejar, seamos capaces de vislumbrar una epifanía? Eso sí, hace falta ser un genio para que utilizando palabras, solo palabras, este nuevo mundo se nos aparezca con claridad, sin necesidad de interpretación, como una representación evidente de algo que estaba más allá, que podíamos percibir, pero que hemos necesitado de esta guía para poder aprehender, aunque sea momentáneamente.

Efectivamente, hay que ser un ser extraordinario para poder transmitir este conocimiento (o quizá intuición). Pero Dickinson fue todavía más allá, porque sus lectores tenemos la sensación de que no solo dibujó esa verdad que va más lejos de lo que nuestros sentidos pueden captar, sino que Emily creó un mundo entero, que la vida tal y como la conocemos, ya es algo totalmente diferente después de descubrir su poesía.

La Verdad -es inamovible-

Otra fuerza -puede ser que mueva algo-

Esta -entonces- es mejor para la confidencia-

Cuando los más viejos Cedros se giran bruscamente-

Y los Robles desatan sus puños-

Y las Montañas -débiles- se inclinan-

Qué excelente un Cuerpo, que

Permanece en pie sin un Hueso-

Qué vigorosa una Fuerza

Que sostiene sin un Pilar-

La Verdad se mantiene a Sí Misma -y todo hombre

Que confía en Ella -audazmente crece

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Todo esto suena pretencioso, extravagante pelín ridículo. La poesía es otra cosa.

Estas últimas frases se pueden leer de manera muy diversa. Quizá todo el comentario anterior era una simple ironía. A lo mejor una cita encubierta. «La poesía es otra cosa»: ¿no es pretenciosa, extravagante y pelín ridícula?, ¿o es que las normas de la vida normal no se aplican a sus dominios y lo que puede parecer pomposo, la poesía lo traduce en sublime? O puede ser que simplemente sea lo que dice, que la poesía es otra cosa. Pues si algo tan banal como esto puede dar pie a interpretaciones contradictorias, con Emily Dickinson los problemas de exégesis llegan al paroxismo. Alguno de sus poemas se ha entendido tanto como un lamento por no poder publicar como una expresión de sus dudas espirituales. Y es que a Emily además de irle los temas elevados y de expresarse con una a veces frustrante oscuridad, también usaba una retórica propia cuyos engranajes hay que conocer para saber desentrañarlos, a lo que añadía difíciles acertijos y una ironía que a veces era difícil de pillar.

¿Se trata, entonces, de una poeta imposible de comprender? Totalmente. Pero eso no impide que sea la más accesible de las poetas. Porque cada lector puede reconocerse en ella de una manera totalmente íntima. Sí, es otro de los misterios que la rodean. Todo el mundo piensa que Emily escribía para él y para ella. Pero ¿cómo es posible?, nos preguntamos. Como el enamorado que está seguro de que nadie ha sentido nunca algo como lo que él siente ahora, y sin embargo encuentra pruebas de una comunión universal en cualquier canción pop chorra, la lectora de Dickinson sabe que estaba pensando en ella cuando escribía y no se puede creer que haya otros que tengan una relación tan íntima con su Emily. ¡Pero si hasta es probable que Emily sea yo!

Quizá no para ti, mi semejante, pero para alguien tenía que escribir Emily. Porque cualquiera que escriba sabe que es imposible hacerlo sin tener a alguien en mente. Y no se trata de algo tan abstracto como el público, sino de alguien en particular. Esto es para ti, tú sabes quién eres.

¡Noches salvajes! -¡Noches salvajes!

¡Si yo estuviera contigo

Estas Noches serían

Nuestro placer!

Inútiles -los Vientos-

Para un Corazón en puerto-

¡Inútil ya la Brújula-

Inútil nuestro Mapa!

Remando hace el Edén –

¡Ah, el Mar!

¡Si al menos -Esta Noche- anclara yo

En Ti!

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Por eso a lo mejor Emily tuvo que inventarse a enamorados, maestros, medios a través de los cuales expresarse. O mejor, fines a los que llegar. Porque si algo le faltaba a nuestra poeta era imaginación. Para describir una catarata, tenía que visitar el Niágara. Para hablar sobre el amor, tenía que estar enamorada. Y seguramente de aquí vino gran parte de su frustración, de que sus amores imaginarios estuvieran siempre mal dirigidos. También en la amistad, Emily esperaba demasiado de los demás, cada vez exigía todo (porque ella lo daba), y cada vez se quedaba sin nada en retorno. Y si estas relaciones (reales o imaginarias) iban demasiado lejos, la artista podía quedar destruida. Por suerte, tenía un mundo interior tan extraordinario que pudo exprimir su limitada experiencia vital hasta legarnos una obra que nunca se acaba, una obra generosa y universal que pese a estar constreñida al propio ser nunca cae en el solipsismo: el yo se hace nosotros con perfecta naturalidad.

El éxito es más dulce relatado

Por aquellos que nunca lo tuvieron.

Valorar bien un néctar

Requiere extrema sed.

Ninguno del ejército purpúreo,

Ninguno de los que hoy llevaron la Bandera

Dará jamás una definición

Tan clara de la Victoria

Como aquel que cayó -y está muriendo-

En cuyo oído vedado

Las lejanas fanfarrias de los triunfos

¡ a sonar agónicas y claras!

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El estereotipo romántico hace que el poeta se convierta en una persona angustiada, depresiva, al borde de la extenuación. Y Dickinson tiene todas las papeletas para encarnar esta figura decadente. La pobre solterona que nunca salió de su mundo aislado, que no tuvo más vida que la que encontró en los libros, que jamás alcanzó el reconocimiento que se merecía y, lo que es peor, que sabía que se merecía. ¡Pero que nadie ose sentir lástima por Emily! Cierto, en su vida debió de sufrir mucho, pero también alcanzó unos estados de exaltación que los simples mortales no somos capaces ni de imaginar. Es lo que le pasa a los seres extraordinariamente sensitivos, todo lo viven en exceso, para bien y para mal.

No, que nadie se atreva a compadecer a Emily. Porque la poesía está por encima de todas las cosas.

Success is counted sweetest

By those who ne’er succeed.

To comprehend a nectar

Requires sorest need.

Not one of all the purple Host

Who took the Flag today

Can tell the definition

So clear of victory

As he defeated – dying –

On whose forbidden ear

The distant strains of triumph

Burst agonized and clear!

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Y, después de todo, Emily consiguió lo que se proponía: ser inmortal.

1 La traducción de todos los poemas es de José Luis Rey, Poesías completas, ed. Visor.

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