Cine y TV

Max Ophüls al cuadrado

Muchas veces se ha constatado que detrás de una gran obra de arte hay un creador repulsivo. De hecho, se ha discutido el asunto hasta el hartazgo, que si Céline esto, que si Nabokov lo otro, y todo ese rollo. Por si acaso, casi que mejor no saber nada sobre el artista, porque te puedes llevar chascos como el de Jean Renoir, el típico caso de bonachón que todo hacía indicar que era un ser humano perfectamente abrazable y que en realidad parece que también tenía su lado oscuro. Por eso es tan extraordinario el caso de Max Ophüls, director al que es imposible no querer después de ver cintas como Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948) y que, según constatamos en su libro de memorias Max Ophüls par Max Ophüls (Spiel im Dasein en su título original), era un hombre alegre, jovial, también reservado y muy educado, poseedor de una profunda ligereza, con gran sentido del humor y una elegancia natural. Efectivamente, todo lo que transmiten sus películas también es inherente a su personalidad. Para comprobar lo excepcional de su figura, señalemos que en este libro, escrito en un momento especialmente difícil, exiliado y sin trabajo, no habla mal de nadie. Si es que hasta parece demasiado perfecto.

Max (porque a los amigos los llamamos por su nombre) nació en una respetable familia judía originaria del Sarre, una de esas regiones que tan pronto han sido alemanas, como francesas como ni tuya ni mía. Tan respetable era su familia que la ilusión del joven vástago por convertirse en actor fue recibida con espanto (lo que le obligó a ocultar su linaje, cambiando su patronímico Oppenheimer por el Ophüls por el que ya sería conocido para la eternidad). Pero su ignominia fue todavía más lejos que inclinarse por la farándula, y la abyección del joven Max le llevó tan abajo como para que se dedicara a la crítica teatral. Por suerte, él también tenía sus escrúpulos morales y abandonó esta delicuescente profesión enseguida.

Para evitar que continuara su descenso hacia el abismo de la depravación, y visto que era imposible hacerle cambiar de opinión, finalmente su padre decidió que al menos se formara con los mejores y optó por enviarle a Berlín para que otro Max, el gran Reindhardt, le enseñara de qué iba eso de la actuación. Sin embargo, nuestro Max se bajó del tren antes de llegar a su destino (¿o precisamente siguió las indicaciones que le marcaban las estrellas?) y pasó una temporada en Stuttgart, donde dio sus primeras clases de interpretación. Todavía muy joven, consiguió un cierto prestigio como actor cómico, pero su registro dramático era mucho más limitado. Se podría decir que un ángel se cruzó en su camino y le dio un consejo que cambiaría su vida: ya que no sabes actuar, mejor dedícate a la dirección, que eso lo sabe hacer cualquiera. Pero Max dudaba, es difícil desprenderse de un sueño que le ha acompañado durante tanto tiempo. Si al final se decidió a dar el paso, fue por los motivos habituales: el dinero y una mujer.

La siguiente estación en su trayecto fue Dortmund, donde montó unas doscientas obras de todo tipo, lo que le permitió hacerse con una técnica imprescindible para poder desarrollar su trabajo. Durante toda su autobiografía, Ophüls no para de valorar la importancia de la formación para el arte. La inspiración y el talento natural están muy bien, dice, pero sin una base sólida sobre la que poder sustentarse, no sirven para nada. El gran arte es esencial, y esa pureza tiene unas bases muy concretas que pueden parecer superfluas, pero quien no las controla está abocado a la chapuza.

Viajes en motocicleta

Con solo veinticinco años, Max parecía haber alcanzado el pleno dominio de su oficio, pues fue llamado nada menos que por el Burgtheater de Viena, uno de los más prestigiosos de Centroeuropa (es decir, como dirían ellos, del mundo). Pero lo que nuestro joven amigo se encontró allí fue una institución anquilosada en la que todo estaba burocratizado y los actores de la casa tenían tanto poder que los personajes adolescentes eran interpretados por cincuentones, los benjamines de la compañía. Como dice el propio Ophüls de manera muy expresiva, le ofrecieron una carroza de oro tirada por cuatro purasangres, pero él prefería moverse en motocicleta.

Y así fue como llegó a la parada que había perseguido desde el principio: Berlín. Un Berlín que vivía su época más efervescente, la capital del arte y de la diversión que precedió a la debacle. Fue allí donde finalmente Max empezó a intersarse por el cine. O, más bien, el cine se interesó por él. Porque como espectador nunca había tenido la más mínima curiosidad por este nuevo espectáculo (solo le gustaba Chaplin); y artísticamente, buah, como si eso fuera arte. Además, el cine era el gran enemigo del teatro y como él amaba el teatro, tenía que odiar el cine. Pero con la llegada del sonoro las cosas cambiaron: el cine ya no era el antagonista, sino una prolongación del teatro. Y sin embargo (ojo, aquí una acotación fundamental, hago un aparte y me dirijo directamente al público), para Ophüls la palabra era algo importante, por supuesto, pero secundario. Para él lo verdaderamente nuclear era el sentimiento y eso era algo que iba más allá de lo que se pudiera expresar de manera verbal. Efectivamente, en cualquiera de sus películas podemos comprobar que lo que dicen los personajes y lo que realmente piensan y hacen son dos realidades diferentes. De ahí la sutileza y la riqueza de sus historias, en las que el espectador tiene que estar siempre atento para que no se le escape un doble sentido, una verdad nunca manifiesta, pero claramente sugerida a través de una puesta en escena que milagrosamente sabe combinar sobriedad y exuberancia.

Volvamos ahora al escenario principal, que estaba de lo más interesante con Max metiendo un pie en la industria. Y nada menos que traspasando el umbral de la Ufa, los estudios europeos más importantes de la época, en los que podía encontrarse por los pasillos con un también joven Billy Wilder, recién abandonada su carrera como gigoló. Su primera ocupación allí (de nuevo atraído por una mujer) fue la de asistente del director Anatole Litvak, que no hablaba ni una palabra de alemán. La impresión que se llevó fue de frustración: el cine era una maquinaria descomunal con resultados aparentemente nulos. Tras todo un día entero de trabajo, solo se obtenía una escena y además muy mala. Pese a su desengaño, los actores se mostraron totalmente entusiasmados con su trato y los responsables de la Ufa decidieron darle una oportunidad. Aunque confiar en un inexperimentado modernito como Ophüls pueda parecer una excentricidad, era un estudio serio, así que antes de confiarle la dirección de una película tuvo que hacer varios cursos de arquitectura, fotografía, laboratorio y montaje, de nuevo la importancia de la formación.

Tras varias películas que el propio autor consideraba de aprendizaje, por fin llegó su gran oportunidad con Amoríos (Liebelei, 1933), su primer encuentro con el dramaturgo Arthur Schnitzler. Aunque los productores querían algo clásico, lo que se conocía como cine de calidad, con actores consagrados, Ophüls pudo imponer su criterio y hacer algo totalmente nuevo, con un reparto de jóvenes actores desconocidos encabezados por Magda Schneider, mientras que intérpretes más prestigiosos se conformaron con pequeños papeles, como pasaría más tarde en La ronda (La Ronde, 1950). También la parte técnica, desde la música a los decorados, pasando por el vestuario, fueron encomendados a jóvenes sin experiencia, lo que convirtió la película en una pequeña revolución llena de vida y energía. En el libro Max narra este rodaje como si fuera una historia de amor, como hace con todo lo que le apasiona.

Hacer maletas, hacer películas

Para su desgracia, el estreno de la película que estaba llamada a revolucionar el cine alemán y que todavía hoy mantiene su frescura, coincidió con la toma de poder por parte de los nazis. Como tantos otros de sus colegas más talentosos, Max cogió las maletas y se plantó en París. Pese a que dominaba perfectamente el francés (aunque, eso sí, con un fuerte acento que nunca lo abandonó), no tenía ningún contacto y sus primeras semanas en la capital de Francia le llevaron cerca de la desesperación. Como no tenía nada mejor que hacer, un día se metió en un cine (cuántas carreras cinéfilas habrá causado el aburrimiento), donde casualmente se proyectaba Amoríos. La cinta fue un enorme éxito en su país de acogida y Ophüls pudo introducirse en la industria gala con una versión francesa de la película. Gracias a otro exiliado, Erich Pommer, antiguo jefe de producción de la Ufa y uno de los mayores responsables de que el cine alemán fuera el más importante del mundo en los años veinte, volvió a coger el ritmo de rodaje al estilo alemán y se encargó de la realización de Han robado a un hombre (On a volé un homme, 1933), aunque en este caso Pommer no estuvo del todo atinado, ya que esta película de intriga habría sido más apropiada para Fritz Lang, mientras que Liliom (1934), la comedia romántica que encargó a este, habría sido perfecta para Ophüls.

A continuación, Max inició una carrera itinerante que le llevó a Italia para rodar La mujer de todos (La signora di tutti, 1934), en la que supo sobreponerse al melodrama más desbocado con puro genio; y a Holanda donde filmó La comedia del dinero (Komedie om geld, 1936), para la que tuvo que adaptarse a las limitaciones de una industria prácticamente inexistente. También estuvo a punto de irse a Moscú con el objetivo de embarcarse en un proyecto que hubiera supuesto dos años de trabajo, pero tras pasar dos meses en la capital de la Unión Soviética se dio cuenta de que una cosa era ser de izquierdas y otra muy distinta pasarse un bienio en el paraíso del padrecito Stalin. La película más cosmopolita en la que participó tuvo lugar en el mismo París, donde dirigió Yoshiwara (1937), producción francesa con un director judío, guion de un inglés y un alemán, y actores japoneses. De todas estas experiencias, Max incidió en su amor a todos los actores, una pasión que también se refleja en sus películas, en las que se percibe claramente que trata a sus personajes con un especial cariño, algo que logra transmitir al espectador con plena naturalidad pese a lo elaborado de su puesta en escena.

Tan centrado estaba en su labor artística que apenas se enteraba de que el mundo vivía al borde del cataclismo. De la crisis de los Sudetes solo tuvo noticia cuando ya se había resuelto con los acuerdos de Munich. Y mientras las relaciones entre Francia y Alemania estaban a punto de saltar por los aires, él se dedicaba a filmar Werther (Le roman de Werther, 1938), precisamente un canto al entendimiento entre las dos naciones. Pero la realidad acabó por imponerse también en la ficción y justo en el momento en el que rodaba la escena del asesinato del el archiduque Francisco Fernando que dio inicio a la Primera Guerra Mundial para su película De Mayerling a Sarajevo (De Mayerling à Sarajevo, 1940), se conoció la noticia de la movilización general.

En realidad Max Ophüls par Max Ophüls es una autobiografía extraña, en la que su héroe no habla tanto de sí mismo como de los personajes extraordinarios con los que se cruzó a lo largo de la vida. Incluso en esta parte del libro, en la que relata la dureza de la guerra y narra varios momentos en los que estuvo al borde de la muerte, Ophüls siempre encuentra palabras para hablar de la generosidad y la amistad de las gentes con las que se encontró. Y, una vez más, fue el cine lo que le salvó la vida, esta vez literalmente, pues gracias al encargo de realizar una film propagandístico sobre la Legión Extranjera se libró por los pelos de ser capturado junto al resto de su regimiento. Finalmente, de este documental solo rodaría una escena, que por lo que narra debió ser extraordinaria, pero que lamentablemente se ha perdido.

Con la ayuda de Louis Jouvet, Max pudo ponerse a salvo en Suiza, donde montó algunas obras de teatro, comprometidas más con su visión libre y pasional de la vida que con la política partidista. Podría haberse quedado allí tranquilamente, pero para ello tendría que haber asumido su condición de desertor del ejército francés, así que poniendo una vez más su vida en riesgo volvió a Francia, desde donde partió a su exilio americano. De nuevo obligado a empezar de cero, Ophüls, su mujer y su hijo (el más tarde gran documentalista Marcel Ophüls) pasaron una temporada de incertidumbre y pesimismo, durante la cual parecía que no iba a poder volver a trabajar en el cine. Fue en este momento en el que decidió escribir estas magníficas memorias, tan sorprendentemente repletas de humor y humanidad. Como no podía ser de otra manera, el libro se cierra con una nota de optimismo: Max ha conocido a Preston (Sturges), con quien va a realizar una película que supondrá su carta de presentación en Hollywood. El proyecto nunca llegará a materializarse, pero lo mejor de la carrera de Ophüls estaba por llegar. Una serie de obras maestras en Estados Unidos y Francia que le colocarían en el Olimpo del cine. Si alguien se lo merecía, era él.

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