Pedro Fernández, Cabrón

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El 31 de Marzo de 1492, dos meses después de que Boabdil se retirara a Las Alpujarras, cayera el Reino Nazarí y se pusiera fin a la llamada Reconquista, el Edicto de Granada decretó la expulsión de los judíos de las coronas de Castilla y Aragón con el pretexto de impedir que la influencia de estos judaizara a los cristianos nuevos, los conversos desde el judaísmo y el islam. Era este un decreto ansiado por Torquemada, pues unificaba las leyes que había redactado en 1478 para Castilla y en 1483 para Aragón, por separado. Ya no habría paz para los judíos, a quienes se les dio a elegir entre el bautismo o el exilio, mas aquellos que se mantuvieran fieles a la ley mosaica, si bien podían huir con sus bienes muebles, no podían llevarse ni oro, ni plata, ni caballos. Muchos acudieron al capitán de uno de los barcos que fondeaba en Cádiz, Pedro Fernández (o Hernández) Cabrón, quien les propuso que conservaran las riquezas y embarcaran con ellas en su navío. Por un precio, él los llevaría a África, a Orán. Pero una vez salidos del puerto les desembarcaba, desposeídos, en Málaga y Cartagena, donde eran ejecutados o directamente les hacía saltar por la borda, volviendo Cabrón a Cádiz con todas las pertenencias de los judíos. Estas acciones comenzaron a ser conocidas como cabronadas en el puerto y siendo, este como era una puerta al mundo, el relato de estas tropelías se extenderían cambiando el significado del apellido Cabrón para siempre.

Antes, según la reconquista avanzaba y se desposeía de tierra a los moros, dos bandos de la nobleza pretendían imponer su influencia en esas nuevas zonas: los Guzmán, por un lado; los Ponce de León, por el otro. En 1462 Juan Alonso de Guzmán, tercer conde de Niebla y primer duque de Medina Sidonia, había tomado la estratégica plaza de Gibraltar, pero en 1464 el rey Enrique IV faltó a su promesa de otorgarle el señorío de esta, dándole el mismo a su favorito Don Beltrán de la Cueva. El duque de Medina «viendo que lo le había dado el rey a Gibraltar, habiéndola prometido y habiéndola él ganado, quedó muy desabrido y guardósela para su tiempo». Parte de los nobles castellanos, que veían con malos ojos la debilidad del rey y la pérdida progresiva de sus propios privilegios, se levantaron entonces contra la corona y alzaron al trono a su hermano el infante don Alfonso en la llamada farsa de Ávila en junio de 1465. De resultas de este alzamiento, Juan Alonso de Guzmán y el conde de Arcos, don Juan Ponce de León, ambos próceres, serían encargados por el nuevo rey de la custodia de las villas y ciudades del obispado de Cádiz y del arzobispado de Sevilla.

La falta de gobierno y los enfrentamientos de las facciones abonaron el campo para que los grandes señores de la Baja Andalucía, los Guzmán y los Ponce de León, impusiesen su ley en estos territorios. El Conde de Arcos ambicionaba el dominio sobre la bahía gaditana. El Duque de Medina aspiraba a recuperar Gibraltar y a conseguir a Jimena con el pretexto de que el alcaide de la plaza seguía fiel al depuesto Enrique IV. Algunas ciudades intentaron resistirse, pero fueron pronto sometidas. Jerez, ciudad de realengo, presionada por el Duque, pasó al partido alfonsino. En este juego de tronos y facciones cambiantes a favor del antiguo o el nuevo rey, tanto los Guzmán como los Ponce de León plantaron su voluntad. Ambos señores intrigaban uno contra el otro, y los dos según soplara el viento a favor del rey o no, hasta que esta contenida rivalidad estalla en 1468, con la muerte de Alfonso, y se producen cruentos combates en Sevilla. Es en este momento de la historia donde escuchamos hablar por primera vez de Pedro Fernández Cabrón.

Pedro Cabrón era un pirata de ascendencia genovesa, con una pericia más que extraordinaria y más que reconocida, que venía aprovechando la coyuntura favorable del conflicto entre los Ponce de León y los Guzmán para robarles a los unos y a los otros, según las alianzas variables y movedizas que iba improvisando sobre la marcha. Muerto Enrique IV y durante la fraticida Guerra de Sucesión Castellana, extendió sus actividades por toda la costa mediterránea. «Después, avisado de que Fernando de Aragón lo buscaba con fines no excesivamente amistosos, decidió entregarse en cuerpo y alma a combatir a la morisma infiel, súbitamente convertido al cristianismo extremo. Los Reyes Católicos acabaron perdonándole la vida en 1478, por su contribución a la necesitada causa de Cristo».

Parte de este perdón consistía en la firma de un contrato para financiar una expedición: «Los Reyes encargaron a sus consejeros los doctores Talavera, Villalba y Lillo que concertaran un asiento con Alonso de Quintanilla, su contable mayor, y con Pedro Hernández Cabrón, para la conquista. El importe total de los gastos se calculó en novecientos mil maravedises, de los cuales la Corona abonaría por conducto de Quintanilla trescientos mil y los restantes seiscientos mil, la parte más gruesa, se pagarían por Fernández Cabrón, dueño de una pequeña flota». Y al mando de cuatro vasos se hizo a la mar con el intento de conquistar la isla de Gran Canaria, en las entonces llamadas islas Afortunadas, y según recoge Martínez Hidalgo en La enciclopedia general del mar, desembarcaron en la población de Arguineguín sin tener ninguna resistencia por parte de los naturales, ya que estos al ver acercarse los buques huyeron a los montes cercanos a buscar refugio. Cuando los hombres de la expedición regresaban a sus buques, los naturales se habían dado cuenta del poco número que eran, por lo que pasaron al ataque. Los persiguieron insistentemente hasta una playa al nordeste donde pudieron embarcar, no sin antes muchos de ellos salir malheridos. Dice Tomás Arias Martín de Cubas que «Salió Pedro Hernández con una pedrada en la cabeza, y quedó sin algunos dientes y la boca torcida, que no pudo hablar ni comer. Bien vino renegando de los canarios, de la conquista de tales fieras». Esa playa de Agüimes donde dejó la dentadura se sigue llamando hoy la playa de El Cabrón.

Ilustración de Carlos Rivaherrera

Llegó a ser nombrado regidor de Cádiz. Temido por su violencia y respetado por su inteligencia, queda recogido en las textos de la época, llegará a ser almirante en la defensa de Nápoles. En las crónicas reales se llega a decir textualmente que «su inteligencia en Alzamor permitió salvar a los castellanos». Fue estimado y odiado, pero en esta época de la historia para sobrevivir no se podía ser piadoso, solo los más osados sobrevivían, y entre ellos los más crueles. Sus terribles actos llevaron a que el nombre Cabrón, que era un apellido nobiliario de renombre en su tiempo, de origen genovés, se convirtiera en sinónimo de mala persona. Todavía en vida llegó a tener connotaciones tan negativas que toda la familia decidió pasar a llamarse Caper.

Pedro Cabrón ganó, tuvo éxito y riqueza, pero su apellido le venció, ocultó su nombre y casi todo lo que podíamos saber de él. La historia le dio la espalda, «el hombre tras el nombre quedó enterrado y olvidado». Gracias a la tesis doctoral del historiador Javier Fornell (que en 2013 convirtió en la novela Llamadme Cabrón), su existencia vuelve a ser rescatada. Es cierto que Pedro Cabrón era vil, violento, inhumano y cruel, pero es parte de nuestra historia. Ese Cabrón era nuestro.

Daniel García Valdés

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2 comentarios

  1. Hay una pequeña inconsistencia geográfica: desembarcó en Arguineguín, ahora en el T. M. de Mogán, y le partieron la cara al intentar reembarcar en la Playa del Cabrón, ahora en el T. M. de Agüimes, a casi cuarenta kilómetros al norte. Ahora se hace en media hora pero en esa época se tardaba días por tierra y los barcos de vela cuadra difícilmente podían navegar contra el viento hacia el norte; el viento dominante es el alisio del NE.

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