El nombre que le damos a las cosas. Sobre Rafael Álvarez el ‘Brujo’

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A propósito de los remedios utilizados por el hombre, existe una cuestión aún pendiente y de enorme gravedad: ¿Las fórmulas mágicas y los encantamientos tienen algún poder?

Plinio

Pueden sin duda los dioses variar el curso de la naturaleza, alterar los fenómenos atmosféricos, omitir el tiempo, mudar de piel.

Existe, sin embargo, al alcance de tan solo unos pocos iniciados otro tipo de poder aún más peligroso: el dominio de la palabra. Porque en el principio fue el Verbo, y por tanto la palabra pronunciada es una fuente de energía: crea y dispone, da origen a algo nuevo. Otorga a quien conoce sus secretos la capacidad de poner, en el mundo, orden.

En este sentido el encantamiento, cuya formulación verbal tiene que verse reforzada por la repetición material de aquello que se quiere conseguir, responde a la ley de que lo semejante produce lo semejante: pensamiento, palabra y efecto tienen que ser equivalentes.

Es por esta razón por la que hay en el imaginario colectivo una especial atracción por la magia. Por los hechizos que consiguen imposibles, por la gente que conoce sus enigmas y pueden, así, ejercer su voluntad sobre el entorno con tan solo nombrar un deseo. Y puesto que todo está lleno de pasado, solo hace falta articular el término para que nos traslade hasta lenguas remotas, donde magh significa «ser capaz» y māiā «ilusión, truco, engaño, brujería».

Rafael Álvarez el Brujo es, como su propio nombre indica, uno de esos pocos elegidos. Su poder es el más antiguo del mundo: la capacidad de contar historias que, con la entonación adecuada y el ritmo magnético, casi hipnótico, de todo buen conjuro, le permite equipararse a las divinidades, desentrañar los secretos del cosmos. Que se haga según su palabra.

Siempre con varias obras en cartel, la fórmula mágica que aplica a cada una de ellas es en apariencia sencilla: música y versos que superpone, aquí y allá, y con los que nos embelesa hasta que consigue hacer con nosotros lo que quiere: guiarnos, estremecernos en nuestras butacas mientras reímos a carcajadas por fuera y nos interrogamos por dentro.

Al fin y al cabo, es sobre un escenario donde aún la palabra está viva; el eco más claro que nos llega de una tradición oral que ha ido moldeándonos durante milenios. Mientras escuchamos en el silencio de un mar de butacas nos perdemos en el relato y empapados de un recuerdo lejano que nos cubre como una pátina, las vidas de otros van poco a poco conformando el mapa que nos explica.

John Berger, el mismo que dijo aquello de que «en lo profundo de la naturaleza del teatro hay un sentido de ritual retorno», también recalcó en una maravillosa entrevista con Susan Sontag el hecho de que para él, el concepto mismo de contar historias siempre va asociado a una imagen: gente reunida en la noche en torno a algo (un fuego, probablemente) y rodeada por un vasto espacio; pero también va unido al concepto de amparo. De repente alguien llega, un desconocido, y con su presencia y sus narraciones da cobijo al grupo.

Es por tanto el Brujo ese juglar forastero. Un bufón itinerante que con humor e ironía cuenta las fábulas que nos proporcionan consuelo, aquellas que siempre son la misma y que ya contaron otros (Esquilo, Shakespeare, Santa Teresa, Cervantes, San Francisco, el Lazarillo, Lucio Apuleyo…), para aclararnos cómo ha surgido el mundo y por qué nos pasamos la vida poniendo nombres a las cosas. Buscando algo que nos defina, algo a lo que aferrarnos.

En este sentido el teatro y la religión son casi la misma cosa puesto que ambos nos recuerdan que vivimos en una especie de tierra de nadie, mitad realidad mitad ficción, en cuyo espacio el lenguaje, siempre insuficiente, busca una salida. Como si fuesen el afluente de un río, a menudo en ellos las palabras se olvidan de su cauce literal y buscan otro camino. Porque lo que no se nombra sí existe y el poeta sufí Rumi llevaba razón cuando dijo que «el hombre está escondido en su lengua».

«¿Qué une realmente a las palabras con las cosas?», se pregunta Anne Carson en uno de sus poemas. Y se contesta ella misma en los versos que siguen:

No mucho, decidió mi marido

Y procedió a usar el lenguaje

del modo en que según Homero suelen los dioses.

Los dioses conocen todas las palabras humanas pero tienen

[para ellos significados completamente diferentes

paralelos a los nuestros.

Por eso es fundamental tener maestros, guías, que nos ayuden a descifrar lo sagrado, por definición innombrable, interpretándolo mediante encantamientos o salmodias, incluso con textos teatrales. Que canalicen las fuerzas mágicas que proliferan por el mundo. Lo que sea necesario para ayudarnos a comprender cómo hemos llegado a ser nosotros: mitad humanos, mitad divinos.

Cuenta así Rafael Álvarez que se siente fascinado por la mentalidad de la Antigüedad, por saber lo que tenían los antiguos en sus cabezas mientras vivían en un mundo en el que los magos eran hombres eruditos, y la retórica «el arte de conducir a las almas mediante la palabra»; pero también donde se tendía a identificar a los extranjeros, aquellos que no son de los nuestros, que habitan los márgenes y viven más allá de los límites de la civilización, como hechiceros.

Así Hermes, dios de las fronteras y de los viajeros, era también la imagen de la elocuencia y la persuasión, siendo a menudo representado como un orador en el acto de declamar. Porque la luz del conocimiento se sitúa siempre en la frontera entre lo posible y lo improbable y aquellos exploradores intrépidos que se atreven a cruzarla se asemejan a los dioses.

Un universo en el que existía el río Lete, que se encontraba en el Hades y que tenía la facultad de procurar la amnesia a todo aquel que bebiera de sus aguas, condición ésta indispensable para la reencarnación: sabios como eran, ya comprendían que es necesario olvidarse de uno mismo para encontrarse en otra persona.

Quizá por eso al Brujo le guste interpretar sobre la penumbra del escenario papeles de antihéroe, esos personajes que son los otros por antonomasia. Tan pobres, tan sencillos o tan desgraciados que solo pueden ser lo que son; todo lo demás, ya lo dijo Calderón, es solo un sueño. Así no importa qué religión les ampare, qué relato les cuente, siempre serán los primeros en entrar en el Reino de los cielos.

Porque quizá el personaje más importante de la Odisea no sea Ulises, sino su fiel porquero: el hombre real con el que se encuentra el héroe después de haber vagado entre seres monstruosos y hechiceras. Esa persona buena que no conoce la traición, que no ansía nada que no pueda tener, que guarda en él el recuerdo esencial del pasado. Que nunca ha sido nada más que lo que es: divino, según Homero.

El mayor truco de magia recae, entonces, en el nombre que le damos a las cosas. Cuando llamamos al héroe porquero. Cuando lo que está más allá de nuestro conocimiento, pero muy cerca de nuestra esperanza, lo denominamos religión. Cuando lo que nombramos nunca es exactamente lo que es, y para lo que no tenemos palabras es lo que realmente importa. Cuando la experiencia humana es puro teatro y los anhelos recaen en algo tan preciso como un conjuro.

Vivimos pues en un mundo sagrado, rodeado de magia y de poesía (si acaso no son lo mismo) en el que solo somos capaces de comprendernos si nos convertimos en metáforas, en palabras que quieren decir otra cosa.

«¿Qué une realmente a las palabras con las cosas?» Una imagen cargada de pasado. El recuerdo esencial de lo que un día fuimos y de lo que seremos. Nosotros, los que vengan detrás.

Cuentan, así, sus hermanas, las de Rafael Álvarez, que sus amigos le pusieron el Brujo porque desaparecía. Se escapaba de las clases para ir al cine, al teatro, donde él mismo se convertía en Verbo, en esa fuente de energía que crea y dispone. Donde se fundía más allá de lo que llamamos erróneamente civilización y donde no hay un único término exacto que nos delimite: en ese bosque de la memoria donde se talan los árboles[1], en el que el olvido está lleno de la pura esencia del ser. De la magia de un relato.

El único, de todos los remedios utilizados por el hombre, que tiene aún algún poder.

 

1 «La memoria es un bosque donde talan los árboles. Olvido.», es un verso de Litoral, del dramaturgo Wadji Mouawad.

Saray García

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