Arte y Letras

El extraño privilegio de no haberte conocido (Para Almudena, con un beso)

El sol, capitán redondo,
Lleva un chaleco de raso.
¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!
¡Ay, cómo lloran y lloran!
¡Ay, ay, cómo están llorando!
Federico García Lorca*

Nunca sé despedirme de ti
Luis García Montero**

La cuesta nos parecía tan larga y empinada que todos los niños y niñas de la barriada siempre escogíamos la segunda opción. El cementerio abría a las ocho y media, así que todos los días, a las nueve menos cuarto de la mañana, un grupo de mochilas y bufandas enrolladas por encima del gorro del anorak atravesábamos las puertas del camposanto rumbo al colegio. Subíamos las cómodas escaleras de la entrada principal, flanqueadas por cipreses viejos y deshilachados, hasta la penúltima calle donde girábamos a la izquierda para enfocar el camino que dejaba atrás los grandes panteones y, ya entre tumbas más humildes, llegábamos a la salida que nos llevaba directos a la escuela.

Ese trayecto que hice cuatro veces al día durante ocho años me enseñó muchas cosas, entre ellas que los únicos visitantes asiduos éramos nosotros: niños ateridos de frío y de sueño por las mañanas, con prisa y hambre por las tardes. Niños que, aburridos, jamás robábamos las pocas flores frescas que había, pero tampoco arrancábamos los cientos de hierbajos que crecían entre las grietas de las sepulturas. Me enseñó, también, que cuando se celebraba un funeral las mujeres que acudían habiendo dejado la comida al fuego, pendientes de que no les cerrase la tienda, negando por lo bajo mientras cruzaban las chaquetas de punto sobre el pecho porque no llevábamos puestos los guantes, no llevaban medias.

Esa es la primera frase de El corazón helado: «Las mujeres no llevaban medias». Nunca lo supiste, pero yo no compro los libros por su portada, los compro por su comienzo. Así que aquella tarde del 17 de mayo de 2007 compré tu libro en Oviedo porque las mujeres no llevaban medias y, esa imagen de gente pobre combatiendo el frío y la muerte con prisa y ropa escasa, pronto se convirtió en uno de mis refugios con esa manera tan tuya de escribir en la que siempre hacía calor.

Antes había aprendido que Malena es un nombre de tango, qué son las Estaciones de paso, y cuáles fueron Las edades de Lulú (este último lo leí a escondidas, claro. Creo que las mujeres de mi generación, aquellas que nacimos a principios de los años ochenta, hemos sido las últimas en sentir vergüenza porque nos vieran leyendo un libro), pero fue ese corazón el que te sacó de la insulsa categoría de una de mis escritoras favoritas para meterte de lleno en la de es como si fuera de la familia.

Porque los fines de semana de mi niñez eran de mi abuelo. Salíamos a pasear y, al igual que hacía el tuyo contigo, me escuchaba. Incluso cuando le pregunté por qué había estado en la cárcel, no dudó ni un segundo en decirme la verdad: resultó ser que mi abuela era tan presumida que él decidió robarle unas zapatillas nuevas; como robar está mal, le metieron preso. Más tarde descubrí que había luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil y por primera vez me invadió la duda de que, si mi abuela era tan presumida, por qué le había robado unas zapatillas y no unos zapatos. Las mentiras que cuentan los abuelos a sus nietas pequeñas siempre tendrán más valor que cualquier verdad y la memoria está también para descifrar eso. Por esa razón eras como de la familia. Porque aunque le llamases Galán o Ignacio, tú conocías a mi abuelo.

Y a mi madre, que es un poco mayor que tú, y a mi abuela en aquellas tardes enseñándome a cocinar. Pelando yo huevos duros, revolviendo la masa del bizcocho, rindiéndome ante la evidencia de tener que dejarlas a ellas terminar de picar la cebolla porque se quemaba el aceite. Siempre me ha maravillado que, sacándome algo más de veinte años, tú habitases mi infancia y mis anhelos: aún hoy, confieso, sigo enamorada de Álvaro Carrión.

Cuando me matriculé en la facultad de Historia lo hice sin demasiado convencimiento. A día de hoy sigo dando razones distintas cada vez que me preguntan por qué escogí esa carrera y no otra. No lo sé. Lo único que tenía claro aquel primer año de facultad era que lo mío era la Prehistoria y la Historia Antigua. La obsesión por la Contemporánea me parecía una vulgaridad. Nunca supe ponerle este adjetivo a algo tan evidente hasta que te lo oí decir a ti, entre carcajadas, en una entrevista.

Coincidió, eso sí, con un desamor que curé con los poemas de Habitaciones Separadas, el cual tengo subrayado, sobado, doblado y dedicado. Como sólo los buenos poemarios leídos por una adolescente deben de estar:

A Saray,
con mi mejor amistad en la poesía,
Luis G. Montero.
Oviedo, 2004.

Hubo una época en la que os buscaba. De una manera despistada, como quien no quiere la cosa, pero os buscaba. De repente me veía caminar por vuestro barrio, o a punto de cruzar la Glorieta de Bilbao, o mirando por la ventana del Café Comercial y pensaba «a ver si los veo» o «¿y si me los encuentro?». Me hacía especial ilusión conocerte a ti y estaba convencida, como solo lo estamos los fans de verdad, de que nos íbamos a llevar muy bien. Decías a menudo que eras una escritora con suerte porque te caían bien tus lectores y porque, sin duda, con la mayoría de ellos te tomarías una copa. ¿Qué beben las escritoras? Daba igual: de ser yo la afortunada, pediría lo mismo.

No hay amor sin admiración y yo recuerdo descubrir que habías estudiado la misma carrera que yo, que te emocionaba lo mismo que a mí, que escribías como yo quería escribir y que eras la mujer de Luis García Montero como quien consigue encajar todas las piezas de un puzle a la primera. Tenía sentido. No podía ser de otra forma.

Nunca te conocí. Si venías a Asturias (a Gijón a la Semana Negra, a Avilés al encuentro con Pablo Texón en el Centro Niemeyer) a mí, por razones que ahora se me escapan, me era imposible asistir. Tus firmas en la feria del libro de Madrid coincidían siempre con mi jornada laboral. Mucho he rogado a los amigos que te sacasen una foto, que me mandasen una crónica minuciosa del encuentro, un libro dedicado. Mucho me ha corroído la envidia. A ver por qué ellos sí y yo no:

Madrid, 1 de junio de 2012
Para Saray,
Con la alegría de saber que ya ha disfrutado
de esta larga historia española.
Con un beso,
Almudena Grandes.

Nunca te conocí. Y ahora, cuando son las 23:18 del 30 de noviembre de 2021, me parece un privilegio. Uno extraño, sí, pero a los privilegios no se les mira el diente. Porque llevo dos días haciendo como que no, ¿sabes? Al fin y al cabo mi vida no ha cambiado: sigues ocupando los mismos lugares que llevas ocupando durante todos estos años: tus libros en mi estantería, tu risa (cálida y áspera, una mezcla que solo en ti no conforma una contradicción) en Youtube, y también tu voz jaleando al Atleti, explicando que lo mejor que puede una cocinar mientras escribe es un cocido, hablando de Don Benito Pérez Galdós y de esa satisfacción que te invadió cuando, por primera vez, tú y Ulises vengasteis a los pretendientes. Ulises, ese héroe solo y desarmado que lo único que quiere volver a casa.

Nunca te conocí, así que no extraño tu manera de cocinar, ni la forma que tenías de mover las manos o de apartarte el pelo cuando hablabas. No tengo que acordarme de ti cada vez que vea un tutú azul ni ahora viendo las noticas, que cuentan que justo hoy Josephine Baker ha entrado en el Panteón francés.

Nunca te conocí y eso, ahora, es quizá el más extraño de mis privilegios: puedo permitirme hacer como que no.

Y sin embargo, qué pena más grande tengo, Almudena.

Cómo te voy a echar de menos.


*El poema de Federico García Lorca El lagarto está llorando, del que se han extraído estos versos, lo recitaba Almudena cuando era pequeña con su abuelo. Siempre decía en las entrevistas que nunca podía recordarlo sin emocionarse.

**El verso de Luis García Montero pertenece al poema “Problemas de geografía personal” integrado en Completamente viernes, un poemario de amor dedicado por completo a su mujer.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba