Arte y Letras

The Waste: sobre «Doña Rosita, anotada», de Pablo Remón

The past is never dead. It’s not even past.
William Faulkner

April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Memory and desire, stirring
Dull roots with spring rain.
T. S. Eliot

Cuando yo era pequeña, todos los días me sentaba en las escaleras de casa a esperar a que mi padre volviera. En los ochenta no había móviles ni nada que se le pareciese, así que me acomodaba en un peldaño, miraba al cielo y, mientras esperaba, me entretenía imaginando formas en las nubes.

He de decir que soy niña de colegio católico y de familia atea, así que uno de esos días y después del beso de rigor, de colgarme de su cuello y de un qué tal en el cole, le pregunté que cuántas nubes ocupaba una pierna de Dios. «Eso ya lo entenderás cuando seas mayor», me dijo mientras me cogía en volandas y me columpiaba con uno de sus brazos, quizá ya demasiado pesada pero aún con la voluntad de resistir. No recuerdo que se riera o que pusiese alguna cara extraña, tal vez porque llegaba muy cansado del trabajo o porque a mí me fastidió tanto esa respuesta que olvidé todo lo demás: cuando volvió a colocarme en el suelo y empecé a subir obediente detrás de él, arrastré en firme protesta al ajado conejo de peluche que llevaba cogido por las orejas escalón tras escalón tras escalón.

En esa época yo ya no tenía paciencia para saber lo que la vida me tenía preparado, a dónde me llevarían mis pasos. Por eso, ya por aquel entonces, ni era pequeña ni vivía en esa casa sino que habitaba en otros límites, miraba otros cielos y me imaginaba vestida con algún traje elegante, volviendo al redil tan solo por unos días mientras dejaba que mis padres contasen historias a los vecinos, esos que seguían igual: con sus mismas ropas, los mismos años y la misma dirección postal, que se asombraban al darse cuenta de cómo había pasado el tiempo. Lo cambiada que estaba.

Es cierto que me hice mayor más rápido de lo que hubiera imaginado y también lo es que no recuerdo cuándo conocí a Rosita. Supongo que la primera vez vendría envuelta en alguna lectura obligatoria para la clase de Lengua y literatura castellana, en esa pereza brumosa que se instala cuando se tienen quince años y todo parece demasiado aburrido, inocente y anacrónico. Lorca había escrito la historia de una mujer que espera más de dos décadas a que su prometido, que se ha ido a Tucumán (donde se ha acabado casando con otra), vuelva con ella. Una obra llena de flores y cartas y vestidos con mangas de jamón donde nunca, eso sí que recuerdo haberlo pensado, pasa nada.

A Pablo Remón le ocurrió algo parecido. Cuando en 2019 le encargaron revisitar Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores para conmemorar el año Lorca, dijo que no. Le parecía que lo que ahí se contaba no tenía traslación a la vida de hoy en día, que las Rositas estaban superadas, que ya no había tanto estigma social por quedarse soltera y que, en definitiva, no. Sin embargo, si yo estoy escribiendo esto es porque al final fue que sí. Y lo fue, según cuenta el apuntador, una versión del propio Remón en su Doña Rosita, anotada, porque un día, mientras cocinaba croquetas, sus tías solteras Carmen y Pilar (quienes le cuidaban los veranos cuando era pequeño) le llamaron por teléfono y le convencieron para que lo hiciese. Al fin y al cabo, no todos los días le llaman a uno sus tías muertas para convencerle de algo. Y no todos los días uno se da cuenta de que Lorca está lanzando la mirada al abismo desde los años de su infancia.

Remón decide traducir la visión del niño Lorca sobre esas mujeres que esperan, a la visión del niño Pablo con sus tías solteras alrededor y con una Rosita adolescente que fuma porros con su novio la noche antes de que este se vaya. Cambia de orden los actos, actualiza el marco temporal a los años ochenta del pasado siglo XX y hace muy suya una obra reverenciada sembrando el texto con sus percepciones personales, como si estuviera escribiendo notas a pie de página. Pero, en realidad, no. En realidad, lo que está haciendo Pablo Remón es reconstruir su propia biografía sentimental. Exorcizando fantasmas.

Si algo representa el instituto para mí fue el de ser un mero trámite para ir a la Universidad. Salir por fin de mi ciudad y vivir en Londres, en Madrid. Compartir piso e ir a bares y a conciertos y quedar en el Retiro y tener un novio poeta que se llamase Álvaro, que tocase la guitarra y supiese mucho de cine. Casarme no entraba en mis planes, pero, siendo hija única, siempre tuve claro que al menos tendría un par de retoños, de la misma manera que siempre tuve claro que escribiría un libro o me convertiría en actriz o en cualquier otra cosa, daba igual, con tal de que me entrevistasen en Lo + Plus: lo único importante era tener algo que contar y argumentos para defenderlo en aquel maravilloso plató, blanco como un lienzo sin estrenar.

Al final estudié más o menos lo que quería estudiar en una universidad de provincias, me enamoré (unas veces de quien pude y otras veces de quien quise. Nunca de ningún Álvaro), llegué a vivir una breve temporada en un país extranjero y, me crean o no, sé cuántas nubes ocupan las piernas de Dios.

Tengo, aquí conmigo, todas las decepciones del mundo.

En la obra de Remón el anotador (Francesco Carril, que también hará de Martín, del novio, del hijo de María e incluso en algún momento de la tía) nos va contando las dudas y recovecos que se le pasan por la cabeza a la hora de intentar llevar el montaje a escena en 2019, mientras que Fernanda Orazi y Marina Paso interpretan tanto a Rosita, como a la tía y al ama (una sirvienta rumana, en este caso). Tres actores son suficientes para contener todo el tiempo del mundo. Aparecen incluso por el escenario la mujer y el espíritu de la madre del director que le dicen que Doña Rosita es la versión femenina de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, o que le recuerdan la importancia de conservar un determinado cuadro y de mirarlo de vez en cuando. Los protagonistas de Remón/Lorca dudan, pero, ante todo, presentan varias formas de lidiar con la ilusión y con el dolor y, sobre todo, con la pérdida.

Doña Rosita la Soltera o el Lenguaje de las Flores es, como toda obra maestra, muy compleja en su sencillez. Estructurada en tres actos cada uno de los cuales se corresponde con un día y, a su vez, con un momento en concreto (el primero se desarrolla por la mañana, el segundo por la tarde y el tercero al atardecer), no solo equivalen a los tres estados de la rosa mutabilis (blanca por la mañana, rosa por la tarde y roja durante la tarde del mismo día), sino que se corresponden también con los tres momentos de la fe: la esperanza, la espera y la desesperación.

Es verdad que no somos objetivos con el tiempo, es algo emocional modelado por los recuerdos y las expectativas. Esto que acabo de escribir debería decirlo más a menudo, sobre todo en mi trabajo. Decirles a los adolescentes a los que les doy clase que el tiempo es una constante, pero, en vez de eso, lo que les explico es que los romanos eran, ante todo, un pueblo práctico. Por eso sabían que, cuando un enemigo del Estado hacía de las suyas, la pena más cruel era enviarle directo al olvido eliminando todos los monumentos erigidos en su honor, sus imágenes e, incluso, decretando la prohibición expresa de volver a pronunciar su nombre. Lo llamaban Damnatio Memoriae, la condena de la memoria. Porque si la memoria es algo es, como le oí decir a Alberto Conejero, cuanto del pasado nos sigue sucediendo.

En este sentido el poeta Lorenzo Oliván se preguntaba no hace mucho en un tweet cómo es posible que haya ausencias que ocupen tanto espacio interior. Algo que sabemos bien los adultos es que la esperanza es una carga pesada porque nunca podemos descansar de ella y que el monstruo que nos acecha por las noches es el de la nostalgia, que se esconde bajo las palabras que pronunciamos, que nos grita que lo mejor habita en el pasado, en aquellos fantasmas que no están o, peor aún, que habitan entre nosotros pero que nunca han existido.

¿Cuánto del pasado nos sigue sucediendo? A menudo nada. Por eso es tan importante inventárselo: transformar tu pequeña ciudad de provincias en una gran urbe, soñar con Álvaro, crear ilusiones para seguir viviendo en él. Porque el estancamiento del tiempo tiene algo de oportunidad. Hay una frase que se ha hecho muy famosa y que proclama que The best is yet to come. Lo mejor está por llegar. Es importante porque solo se anuncia lo que se espera y porque la necesidad de tener fe en lo que pase después es algo inherente a la humanidad: cualquiera de las futuras mañanas puede ser la del retorno, la de la llegada de la vida que deseamos vivir.

Dice Irene Vallejo que, gracias a la palabra escrita, somos la única clase animal que es capaz de escuchar las voces del pasado. Por eso las cartas que Rosita recibe desde el otro lado del océano son tan terribles: por ser la prueba tangible de un recuerdo. No hay cosa más viva que un recuerdo. Llegan a hacernos la vida imposible, dice en un momento de la obra. Pero de repente ya no llegan más cartas, ni quedan suficientes amaneceres para fugarse.

El famoso monólogo de la protagonista es tan poderoso porque pone al descubierto la verdadera tragedia, que no es otra que la sincronía de la Historia. Como cuando vuelves a casa por la noche y miras las luces encendidas de los edificios y te preguntas qué estarán haciendo sus habitantes. Cuántos de ellos estarán haciendo el amor mientras tú intentas dar con las llaves, que se resisten escondidas en algún lugar del fondo de tu bolso. Peor aún cuando la vida nos obliga a hablar en pasado: mientras esa gente estaba haciendo todo eso, qué estaba haciendo yo. El día que se conocieron, ¿estaba yo abriendo una de sus cartas? El día en que ellos se besaron por primera vez, ¿estaba yo arreglando las flores? La primera vez que se despertaron juntos, ¿estaba yo aún dormida?

¿Qué estaba haciendo yo cuando toda esa vida estaba sucediendo?

Hay gente que oye un tic tac constante, como si le fuera a explotar en la cara. Otros, en cambio, ponemos un poco de música de fondo, bajamos las luces, nos servimos una copa de vino y, de repente, dejamos de oír el ruido alrededor. Vamos de hora en hora, de día en día, pensando en todo lo que aún tenemos por hacer, lo precioso que será cuando lo hagamos, lo felices que seremos entonces; nos acordamos de esa serie que tenemos que ver, que todo el mundo está comentando, y quitamos la música para verla y nos servimos otra copa de vino. Y ha pasado otra hora y otro día y, entonces, solo entonces, comprendemos que no tenemos coartada y que el tiempo ha venido a por nosotros. Que todo lo que hemos hecho no vale de nada porque nuestros padres se morirán sin tener nietos, porque no hemos escrito un libro y porque hace ya años que no echan Lo + Plus.

La obra de Lorca termina con Rosita junto a su tía y su ama abandonando la casa en la que han vivido todos esos años, ahora desmantelada. Siempre he considerado que esa salida era una Damnatio Memoriae, una fea derrota, pero en esta versión anotada es la manera que la protagonista tiene de redimirse: ya no se llama Rosita sino Rosa y ya no es una víctima del espacio/tiempo, sino que al salir de esas cuatro paredes en las que estaba anclada se produce un cambio que, aunque doloroso, le permite tener una vida.

Queda preguntarse cuando cruza esa puerta hacia la calle, cuando se ilumina la ventana de un balcón y las cortinas blancas ondean con el viento, si para ganar la batalla hay que perder las ilusiones. O, quizá, buscarse otros fantasmas.

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