Defensa del Paso Honroso de Suero de Quiñones: gesta en el Órbigo

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En 1434 reinaba en Castilla Juan II, el rey poeta, dado al lujo y el placer. En su corte se celebraban festines regulares amenizados por juglares, músicos, trovadores y bailarines, que culminaban en torneos de justa. No era este un gobernante guerrero y para ganarse su favor solo había dos caminos: el de la habilidad en el canto o el de la destreza en los concursos de armas, «las dotes más estimadas para príncipes que presumían de cantar con gracia; de tañer con soltura y de justar con gallardía». Para ganar el corazón al que aspiraba y el favor del monarca, Suero de Quiñones preparó el hecho de armas más famoso de su época: defendería el puente del rio Órbigo durante treinta días o hasta romper trescientas lanzas, contra cuanto caballero se atreviera a enfrentársele.

 

Don Suero de Quiñones había nacido en León, en 1409, y era hijo de un merino, suerte de administrador y juez de paz de un territorio, quien al tiempo y tras la gesta de su hijo se convertiría en mayor de Asturias. Era Suero el segundogénito y al ser el primogénito quien heredaría el puesto de funcionario del padre, encaminó al hijo menor hacia la carrera militar para que en el futuro dispusiera de medios para ganarse el sustento, mandándolo al servicio del condestable Álvaro de Luna, donde se destacó en «hacerse notar por sus relevantes prendas y en adquirir fama de galanteador». En 1431 combatió en la segunda batalla de Higueruela, victoria castellana ante los nazaríes en la Sierra Elvira, y aunque quedó recogido que mostró valentía en el combate y aunque el mismísimo Juan II presenció el enfrentamiento desde una atalaya, no tuvo oportunidad de destacar entre sus pares y ganar el favor real.

Ocurrió, como en toda buena historia, que Suero se enamoró de la doncella más hermosa que sus ojos hubieran visto, doña Leonor, mas a esta no se le movía un pelo ante sus solicitudes. «Altiva y desdeñosa por demás mostróse la dama en cuantas ocasiones oyera los requiebros y galanteos de su rendido adorador. Ni los blasones de don Suero, ni sus prendas personales, ni la fama de valiente que en arriesgadas empresas, por amor a Leonor acometidas, se había conquistado, ni las tiernas súplicas de un corazón tanto más enamorado cuanto peor correspondido, lograron conmover a la orgullosa dama, que más ingrata y más esquiva se mostraba cada vez». Y es que, aunque caballero, no tenía donde caerse muerto. Su único patrimonio eran su espada y su traje.

Cual es en todo el mundo voz y fama
tengo, señor, rendido el pecho mío
a una soberbia desdeñosa dama.
Que paga mis amores con desvío
Ninguna hazaña, gran rey, ni otras acciones
que en honra suya y gloria del Estado
ejecuté, siguiendo tus pendones
con duro pecho y brazo no cansado,
Ni mi constante amor ni mis razones
trastornar pueden mi siniestro hado;
pues mi bella enemiga tiene el pecho
de helada nieve y duro mármol hecho.

Para un segundón como Suero de Quiñones la forma de prosperar políticamente y obtener un puesto en la corte de este rey no se lograba demostrando diligencia en labores administrativas, dominando las artes científicas de la época o ascendiendo militarmente. Para llamar su atención había que obtener fama mediante una gesta extraordinaria, y Suero tenía tres opciones: retar en duelo o combate singular a un caballero que hubiera ofendido al regente; acometer una empresa saliendo a recorrer el mundo para agasajar al gobernante con sus aventuras, o «por hacer alarde un caballero de su brío y su destreza, obligarse por amor y en obsequio a su dama a defender un paso, oponiéndose con las armas a quien cruzar por allí intentase». Eligió esta última, la del paso de armas, y trazó un plan para ganarse a la vez al rey y a su amada, hacerse valer como caballero, obtener un puesto en la corte que le diera riqueza, comprometer la mano de Leonor ante el monarca y pasar a la posteridad retratado como el autor de una gesta de caballería más aguerrido de su tiempo. Por amor apostó todas a una, a gloria o muerte.

Cuatro veces… la selva umbrosa
se vió de flores y verdor cubierta,
y otras tantas la escarcha rigorosa
mustio el prado dejó, la fuente yerta;
Y siempre hallé a mi dama desdeñosa,
firme mi amor y mi esperanza muerta;
y al verme de este modo aprisionado,
mi libertad por fin he concertado.

Preparativos

Contrató a Pero Rodríguez de Lena, notario público de Juan II para que escribiese la crónica de lo que iba a acontecer, y así aparece encabezado en los manuscritos: «Este es el libro do yo, Pero R. de Lena, escribano de nuestro señor el rey D. Juan… escrebí e fice de los fechos d’armas que passaron en el Passo» que más tarde compilaría el taller de la Sagrada Escritura del Colegio Imperial de Madrid con la revisión del catedrático fray Juan de Pineda.

Suero contaría con la ayuda de varios campeones, compañeros de armas que le ayudarían a defender el paso. Se ofrecieron voluntarios Sancho de Rabanal, Diego de Benavides, Alvar Gómez, Diego Bazán, Pero de Nava, Lope de Aller, Gómez de Villacorta , López Zúñiga y Pero de Ríos. Serían diez caballeros que en el plazo de treinta días tendrían que romper trescientas lanzas, vencer trescientas veces solo descansando el día de Santiago, o mantener la honra del paso desde quince días antes del día de Santiago hasta quince días después. Con el permiso del rey eligió defender el puente de Hospital de Órbigo, paso obligado en la ruta leonesa del camino de Santiago, y establecieron las reglas, los capítulos de uso y normas. Algunas eran que Don Suero llevaría una argolla al cuello los jueves, en señal de la promesa de amor que había hecho a Doña Leonor; que competirían en igualdad de condiciones, sin escudo ni tarja; que cada caballero tendría tres lanzas, tres oportunidades de romper la defensa del paso; que aquel caballero o gentilhombre que se negara a luchar tendría que vadear el rio a nado y dejar prenda en vergüenza. Otras de las reglas establecían la responsabilidad de Don Suero, que pagaría por las lanzas rotas, se haría cargo la cura de las heridas de quienes a él se enfrentaran hasta su restablecimiento e incluso que, de quedar el caballero inútil, Suero le indemnizaría y se haría responsable de su mantenimiento.

En las estribaciones del río se montaron decenas de pabellones, pues en la corte no se hablaría de otra cosa durante semanas y numerosos señores quisieron asistir a lo que parecía una gesta imposible. «Los caballeros ponderan la alta bizarría de los campeones; las damas la fortuna de Doña Leonor la esquiva, por cuyo amor acomete Don Suero tan singular aventura».

Unas alaban el amor constante
Del firme y valeroso caballero,
Otras mil le quisieran por amante,
Y todas hablan sólo de D, Suero.

Y así, al oscurecer de un diez de julio de 1434, comenzó el hecho de armas de las defensa del paso honroso sobre el puente del rio Órbigo, no por legendario menos real.

Infraestructura

Pero Vivas de la Laguna, cronista de la época, registró que semanas antes llegaron trescientos carros de bueyes con otros tantos obreros a la llanura por la que discurrían mansas las aguas del río. Se levantaron tiendas y extendieron lonas hasta convertir el páramo en un pueblo junto al pueblo. Se construyó una liza de madera de doscientos metros de largo (ciento cuarenta y seis pasos) y una vara de alto (ochenta y tres centímetros actuales), y siete cadalsos a su alrededor. Por el de un extremo entrarían Suero de Quiñones y sus caballeros; poco más adelante había otros dos, uno enfrente de otro para que mirasen los caballeros extranjeros; dos más, justo en el medio, eran para para los jueces y escribanos, otro para los nobles, trompetas y farautes el enfrentado; los dos últimos, los más alejados, eran para las gentes del pueblo y las señoras de honor. A cada extremo había una puerta de entrada al predio, con el escudo de los Quiñones en alto. Bordados, paños y tapices decoraban el perímetro, balconadas y balaustres. Fuera del campo, en un lado, se instalaron dos tiendas para Suero y sus campeones, al otro veinte para que se vistiesen y curasen los caballeros que iban a justar. Se construyó un pabellón de madera de treinta pasos de largo por diez de ancho (cuarenta por catorce metros aproximados, más de quinientos metros cuadrados), adornada con ricos paños franceses, y en ella se instalaron dos grandes mesas: una para Suero y los suyos, otra para los demás principales caballeros, séquitos y noble gente que fuera a ver el paso.

Poblaron el lugar: «Reyes de armas, farautes, trompetas e otros menestriles, escribanos, armeros, ferreros, cirujanos, médicos, carpinteros, e lanceros que enastassen las lanzas, sastres, e bordadores, e otros de otras facciones. Cuando llegó el día señalado para dar principio a las justas, la inmensa llanura del Órbigo era un hormiguero donde se agitaba y bullía una gran muchedumbre de gentes de León y Astorga, y de otras poblaciones, que concurría a presenciar tan señalada fiesta. De la corte, de los castillos, de todas partes, vinieron al Paso muchos Caballeros y grandes señores, a todos los cuales aposentó Suero de Quiñones honradamente en algunos lugares cercanos».

Ante el puente de San Marcos en la ciudad de León, donde se retoma en camino francés a Santiago, se erigió una estatua de madera que representaba a un faraute, un mensajero, indicando el camino al paso, obra de Nicolao Francés, maestro pintor que se encontraba realizando el retablo de Santa María de Regla de León. Asentado sobre una peana de mármol, se esculpió en esta la leyenda: «Por ay van al passo».

Comienza el concurso: «¡Legeres allét, legeres allér, e fair son debérl

Al amanecer del primer día de concurso, se presentaron ante los jueces tres jóvenes caballeros, ansiosos. Habían leído el anuncio y querían ser el primero en derribar a Suero. Afirmaron haberse apurado en llegar, pues por el camino llegaban muchos más. Como establecían las normas se les despojó de la espuela derecha, que solo se les sería devuelta en el momento de justar. Era esta una costumbre para la cual se celebraba una breve ceremonia solemne, tras la que se colgaban dichas espuelas a la vista, sobre el cadalso de los jueces. Una forma de saber cuantos caballeros aguardaban enfrentarse. Y tras esto sonaron los clarines y las trompetas, entre aplausos y vítores, mientras los defensores entraban al palenque. Era domingo, once de julio de 1434.

Bajo un rico dosel en el cadalso de los jueces, en una regia silla, Juan II preside el acto. Más abajo se sientan nueve doncellas, esposas de los campeones de Don Suero de Quiñones. Algo retirada se encuentra otra dama, «cubierta de hermosura y pedrería, custodiada por su ama», con rostro de nácar impenetrable.

Tras la lectura del pregón se abrió la puerta de los defensores, en el extremo derecho a la ubicación del rey, por donde entraron cuatro maestros de armas montando negros alazanes, dos palafreneros a pie, llevando de las riendas a sendos caballos que tiraban de un carro lleno de lanzas confeccionadas con hierro de milán. Sobre las varas del enganche un enano vestido de púrpura hacía equilibrios. Tras las lanzas, rodeados de pajes, hicieron aparición los campeones y al final entró su capitán Don Suero: «a cuya vista la regocijada multitud prorrumpe en vivas y aclamaciones. Aparece soberbiamente montado en noble potro cordobés, cuyos ímpetus y ardores doma a duras penas el ancho freno salpicado de adornos de plata y oro. Lleva el caballo magníficos paramentos azules, con la divisa y los cuarteles de Quiñones y el lema que los otros ostentaban. Viste hermoso falsopeto da azeituni vellud vellotado verde brocado, con una uza de brocado azeituni vellud vellotado azul; calzas italianas de grana y caperuza de grana también; ricas espuelas de rodete; dorada espada de armas en la mano; y en el brazo derecho, su empresa de oro con letras azules que decían: Si a vous ne plait de avoyr mesure Certes ie dis Que ie suis Sans venture (si no os place corresponderme, en verdad que no hay dicha para mi)». Y poniéndose al frente, dio dos vueltas a la liza con su comitiva.

Algún que otro guerrero,
con bruñida vestimenta armado,
calada la visera, que resplandece y brilla
a la luz del sol naciente;
provisto de ponderosa lanza
y fortísimo escudo
donde campea amorosa empresa
o soberbio mote;
sobre noble y batallador corcel montado,
atraviesa a galope la llanura, que treme agobiada
con el peso formidable del aventurero
cubierto de hierro.

Ilustración de Carlos Rivaherrera

A por «Trescientas lanzas rompidas por el asta, con fierros de Milán»

Estrenó en hecho de armas el alemán Micer Arnald de la Floresta, al que se le devolvió la espuela. Salieron a galope de cada extremo y llegado a la mitad de la liza Suero frenó su cabalgadura y esperó al gigante teutón apoyado sobre su lanza: «D. Suero, ardidoso y pujante, encontró al alemán en la arandela primero y en el brazo derecho después, que desguarneció por completo con la formidable embestida de su lanza ponderosa, que allí quebró por la mitad».

Jornada tras jornada se fueron sumando las victorias para los defensores del paso, día tras día se afamaba la figura de Suero. Cada vez había más espectadores, al punto que hubo de disponer de treinta escuderos a modo de policía para que pusieran paz en el campo de Órbigo. Fueron llegando caballeros de Valencia, Francia, Aragón, Portugal, Alemania y todos los rincones de la cristiandad.

El nueve de agosto se cumplió el plazo: había defendido con éxito el paso durante treinta días consecutivos. Aún había caballeros que esperaban justar, pero los jueces les devolvieron las espuelas, que recibieron con decepción unos, con alivio otros. Suero se quitó la argolla del cuello. No le había dado tiempo a romper las trescientas lanzas, pero eso era solo una parte de la apuesta. El paso conservaba su honra, y los jueces dieron por cumplida la promesa. Rompieron ciento sesenta y seis lanzas, en setecientas veintiocho carreras, contra sesenta y ocho nobles caballeros.

Al día siguiente Suero llegaba a León. Ya se habían desmantelado las tiendas del lugar del hecho de armas, los artesanos desarmaban toda la carpintería y pronto el campo quedaría yermo. Entrando por la puerta gallega, fue recibido entre vítores al llegar a la catedral, pero solo tiene puesta la vista en una persona entre las cientas que lo rodean.

Y al sonar de añafiles y atambores
sin argolla se rinde ante su dama,
quien le dice con rostro ruboroso:
¡Alzad, noble Quiñones, sois mi esposo!

Normas de la defensa del paso honroso extraídas de la crónica del célebre paso de armas de 1434:

El primero es, que a todos Caballeros e Gentilesornes, a cuya noticia verná el presente fecho en armas, les sea manifiesto que yo seré con nueve Caballeros que comigo serán en la deliberación de la dicha mi prisión, e empresa en el Passo cerca de la puente de Orbigo, arredrado algún tanto del camino, quince días antes de la fiesta de Sanctiago, fasta quince dias después, si antes deste tiempo mi rescate non fuere complido. E l qual es trecientas lanzas rompidas por el asta con fierros fuertes en arneses de guerra, sin escudo, nin tarja, nin mas de una dobladura sobre cada pieza.

El segundo es, que allí fallarán todos los Caballeros estrangeros, arneses, caballos e lanzas, sin ninguna ventaja nin mejoría de mi, nin de los Caballeros, que comigo serán. E quien sus armas quisiere traer, podralo fascer.

El tercero es, que correrán cada uno de los Caballeros o Gcntiles-omes que ay vinieren tres lanzas rompidas por el asta; contando por rompida la que derribáre caballero; o fisciere sangre.

El cuarto es, que cualquiera Señora de honor, que por allí passáre o a media legua dende, que si non lleváre Caballero, que por ella faga las armas ya devisadas, pierda el guante de la mano derecha.

El quinto es, que si dos Caballeros o mas vinieren, por salvar el guante de alguna Señora será rescebido el primero.

El sexto es, que porque algunos non aman verdaderamente, e querrían salvar el guante demás de una Señora; que non lo puedan fascer, después que se ovieren rompido con él las tres lanzas.

El séptimo es, que por mi serán nombradas tres Señora deste Reyno a los farautes, que allí comigo serán para dar fe de lo que passará: e asseguro, que non será nombrada la Señora, cuyo yo soy, salvo por sus grandes virtudes: c al primero Caballero que viniere a salvar por armas el guante de cualquiera dellas contra mi le daré un diamante.

El octavo es, que porque tantos podrían pedir las armas de uno de nos, o de dos que guardamos el Passo, que sus personas non bastarían a tanto trabajo, o que si bastassen non quedaría lugar a los oíros compañeros, para fascer armas; sepan todos que ninguno ha de pedir a ninguno, nin ha de saber con quién justa, fasta las armas complas; mas al tanto estarán ciertos que se fallarán con Caballero o Gentil-ome de todas armas sin reproche.

El nono es, que si alguno (non empeciente lo dicho) después de las tres larzas rompidas quisiere requerir a alguno de los del Passo señaladamente, envíelo a descir, que si el tiempo lo sofriere, remperá con él otra lanza.

El deceno es, que si algún Caballero o Gentüome de los que a justar vinieren, quisiere quitar alguna pieza del arnés de las que por mí son nombradas, para correr las dichas lanzas, o alguna dellas, envíenmelo a descir, e serle há respondido de gracia, si el la razón e el tiempo lo sofriere.

El onceno es, que con ningún Caballero, que ay viniere serán fechas armas, si primero non disce quien es, e de dónde.

El doceno es, que si algún caballero, fasciendo las dichas armas, incurriere en algún daño de su persona o salud (como suele acontecer en los juegos de armas), yo le daré allí recado para ser curado también como para mi persona, por todo el tiempo necessario, o por más.

El treceno es, que si alguno de los Caballeros, que comigo se probaren o con mis compañeros, nos fiscieren ventaja, yo les asseguro a fé de Caballero, que nunca les será demandado por nosotros, nin por nuestros pa-rientes o amigos.

El catorceno es, que cualquiera Caballero o Gentüome, que fuere camino derecho de la sancta romería, non acostándose al dicho lugar del Passo por mí defendido, se podrá ir sin contraste alguno de raí nin de mis compañeros, a cumplir su viaje.

El quinceno es, que cualquiera Caballero que, dexado el camino derecho, viniere al Passo defendido e por mí guardado, non se podrá de ay partir sin fascer las armas dichas, o dejar una arma de las que lleváre, o la espuela derecha, só fé de jamás traer aquella arma o la espuela fasta que se vea en fecho de armas tan peligroso, o más que este, en que la dexa.

El sexto décimo es, que si cualquier Caballero o Gentilüome de los que comigo estarán, matáre caballo a cualquiera que allí viniere a fascer armas, que yo se le pagaré: e si ellos mataren caballo a cualquiera de nos, bástales la fealdad del encuentro por paga.

El decisieteno es, que si cualquier Caballero o Gentilüome de los que armas fiscieren, encontráre a caballo si el que corriere con él le encontráre poco o mucho en el arnés, que se cuente la lanza deste por rompida, por la fealdad del encuentro del que al caballo encontrare.

El deciocheno es, que si algún caballero o Gentilüome de los que a fascer armas vinieren después de la una lanza o las dos rompidas, por su voluntad, non quisiere fascer más armas, que pierda la arma o la espuela derecha, como si non quisiesse fascer ninguna.

El décimo nono es, que allí se darán lanzas e fierros sin ventaja a todos los del reyno, que llevaren armas, e caballo para fascer las dichas armas: e non las podran fascer con las suyas, en caso que las lleven, por quitar la ventaja.

El veinteno es, que si algún Caballero en la prueba fuere ferido en la primera lanza, o en la segunda, tal que no pueda armas fascer por aquel día, que después non seamos tenudos a fascer armas con él, aunque las demande otro día.

El veinte e uno es, que porque ningún Caballero y Gentilüome dexe de venir a la prueba del Passo con recato de que non se le guardará justicia conforme a su vailor, allí estarán presentes dos Caballeros antiguos, e probados en armas e dignos de fée, e dos farautes, que faran a los Caballeros, que a la prueva vernan que juramento Apostólico e homenage les fagan de estar a todo lo que ellos les mandaren acerca de las dichas armas. E los sobredichos dos Caballeros Jueces e farautes igual juramento les farán de los guardar de engaño, — 26 — c que juzgaran verdad, segund razón e derecho de armas. E si alguna dubda de nuevo (allende lo que yo en estos mis capítulos escribo) acaescíer, quede a discreción de aquellos juzgar sobre ello; porque non sea escondido el bien, o ventaja que en las armas alguno fisciere. E los farautes, que allí estarán, darán signado a cualquiera que lo demandare, lo que con verdad cerca dello fallaren aversido fecho.

El veintidoseno capítulo de mi deliberación es, que sea notorio a todos los Señores del Mundo, e a los Caballeros e Gentiles-omes, que los capítulos susodichos oirán, que si la Señora cuyo yo soy, passare por aquel lugar, que podrá ir segura su mano derecha de perder el guante; e que ningún Gentüome fará por ella armas, si non yo; pues que en el Mundo non ha quien tan verdaderamente las pueda fascer como yo.»

Listado de los caballeros que lucharon contra los defensores del paso:

Micer Arnaldo de la Floresta Bermeja, Mosen Juan Fabla, Mosen Pero Fabla, Rodrigo de Zayas, Antón de Funes, Sancho Zapata, Fernando de Liñán, Francisco Muñoz, Mosen Gonzalo de Leori, Juan de Estamari, Jofre Jardín, Francisco de Faces, Mosen Per Davio, Mosen Francés Davio, Vasco de Varrionuevo, Juan de Soto, Diego de Mancilla, Rodrigo de Ulloa, Juan Freyre de Andrada, Lope de Mendoza, Juan de Gamoz, Mosen Bernal de Requesenes, Pedro de Vesga, Juan de Villalobos, Gonzalo de Castañeda, Alonso Quijada, Bueso de Solís, Juan de Castellanos, Gutierre Quijada, Rodrigo de Quijada, García Osorio, Diego Zapata, Alonso de Cavedo, Arnoa de Novalles, Ordeño de Valencia, Rodrigo de Xuara, Juan de Merlo, Alonso Deza, Galaor Mosquera, Pero Vázquez de Castiiblanco, Loque de la Torre, Martín de Arneyda, Gonzalo de León, Juan de Soto, Juan Vázquez de Olivera, Pedro de Linares, Antón Deza, Juan de Carvallo, Pedro Carnero, Pedro de Torrecilla, Diego de San Román, Pedro de Negrete, Alvaro Cubel, Pedro de Silva, Juan de Quintanilla, Gonzalo de Barros, Martín de Guzmán, Mosen Riembao de Ccrvcra, Mosen Franci de Valle, Esberto de Claramontc, Micer Luis de Aversa, Pero Gil de Abreo, Arnao Bojué, Sancho de Perrera, Lope de Perrera, Mosen Prancés Perobaste, Don Juan de Portugal D. Fernando de Cardón.

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