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Cinefórum CCXXVII: «Días de vino y rosas»

La semana pasada disfrutamos aquí de La posesión, una película extraña en todos los sentidos, pero sobre todo en los mejores. Frente a ella, Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962) se desenvuelve en la más pura normalidad de los clásicos del cine. Frente la ruptura de la  película de Andrzej Zulawski, aquí encontramos una estructura prototípica; ante un sinfín de interpretaciones, un mensaje claro. Sin embargo, aunque sea para llegar a sitios distintos, ambas películas emplean un mismo vehículo: la espiral destructiva de una pareja, de dos personas que solo se tienen la una a la otra. Para tratar salvarse, pero sobre todo para hundirse en compañía.

El combustible del bólido también es de lo más mundano: el alcohol ha sido, por múltiples motivos, la vía más transitada de la historia para dirigirse hacia las tinieblas de la mente intoxicada. En esta película, tampoco la metáfora nos será esquiva: el conductor del drama es John Clay, que siempre ha bebido en exceso, pero normalmente en sociedad. Jack Lemmon aparece sonriente en nuestra pantalla, dispuesto a despachar de forma rutinaria otra actuación inmaculada. Entonces conoce a Kirsten Arnesen, interpretada por Lee Remick, y pasea con ella por el muelle. Cuando miran juntos al océano oscuro y tiran una botella vacía al fondo del mar, la pasajera del relato comienza a adueñarse de la película.

Porque son las interpretaciones, la de Jack Lemon y la de una actriz que logra sobresalir incluso por encima de él, las que convierten Días de vino y rosas en un verdadero clásico. No hay sorpresas ni giros de guion; el espectador no encontrará una sutil artesanía del director, porque este entendió que su trabajo requería dar un paso atrás y dejar que sus dos actores obraran el milagro. Les permitió ir deteriorándose fotograma a fotograma frente a la cámara. Jack Lemon jugó con la barba de tres días y el delirium tremens. Pero Lee Remick tenía el triunfo de la baraja: una mirada que podía estirarse desde la inocencia hasta la renuncia a la maternidad a cambio de un trago. El guion de J. P. Miller, que adaptó un texto propio elaborado pocos años antes para una serie de televisión y escogió el título de un verso de Ernest Dowson, daba forma a un drama sin aristas. Fueron sus ejecutores los que reservaron para el título de la película un lugar en la cultura popular de su tiempo.

La cinta consiguió tras su estreno cinco nominaciones a los premios Oscar de 1962 (se llevó la estatuilla a mejor canción) y su pareja protagonista obtuvo en los festivales internacionales el reconocimiento que merecía. En pleno siglo XXI, Días de vino y rosas puede resultar poco sorprendente; pero recordemos que nunca quiso serlo. Clay y Arnesen, Lemmon y Remick, conducen un drama sobre la pasión y la destrucción de dos alcohólicos, dos adictos que no podían soportar la sincera aspereza del amor sobrio. Ocuparon el espacio reservado para un tema y un enfoque destinados a lo clásico en el cine norteamericano de los años 60. Así fue como se situaron en un lugar que el paso del tiempo tardará en alcanzar.

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