Cinefórum CXCVI: El cuarto mandamiento

0

La semana pasada nos encontrábamos con Tallo de hierro, una película que nos llevaba al lado más oscuro de los Estados Unidos durante la Gran Depresión. Para seguir nuestro camino cinematográfico vamos a fijarnos en un aspecto un poco menor de la obra: se trata de una adaptación de una novela ganadora del premio Pulitzer. Son muchas las cintas basadas en originales literarios que fueron galardonadas con el premio por excelencia del periodismo estadounidense. En la lista destacarían títulos como La edad de la inocencia, Las uvas de la ira, Matar a un ruiseñor, El color púrpura o incluso la mismísima Lo que el viento se llevó. En esta ocasión, vamos a viajar a la segunda entrega del premio, en 1919, cuando la ganadora fue una novela llamada The Magnificent Ambersons, que en 1942 daría lugar a la película que disfrutamos hoy: El cuarto mandamiento, así se llamó en España, del gran Orson Welles. No deja de resultar curioso que, para su segunda obra, eligiese la segunda ganadora del Pulitzer. Pero Welles era así.

El cuarto mandamiento no es la película que debería ser. Orson Welles fue más listo que los estudios cuando rodó Ciudadano Kane y estos se la devolvieron a la primera ocasión. Si con su primera cinta destruyó todo el material adicional para que nadie pudiese cambiar su montaje, ahora fue el estudio la que remontó, añadió escenas, redujo el metraje en más de cuarenta minutos y destruyó el resto del material. El resultado debería haber sido, si el mundo fuese previsible, un monstruo de Frankenstein sin sentido ni valor. Pero cuando Welles estaba en medio todo podía cambiar y El cuarto mandamiento consigue sobreponerse a las manipulaciones del estudio para ser una obra maestra que, además, esconde la promesa de algo aún mayor.

Que Orson Welles era un adelantado a su tiempo es algo que no hace falta ni mencionar, pero su manera de jugar con nosotros durante el principio del film es una prueba más de ello. Para contarnos el auge y la caída de una familia americana de bien, de esos viejos ricos de herencia que vieron como las nuevas fortunas los fagocitaron y se apropiaron de sus apellidos, el cineasta inicia la historia rodando la película como si fuese una cinta muda, ya antigua para su tiempo. Tiene sonido, pero los encuadres, el foco redondo, el estilo…, todo nos habla ya desde el inicio de un pasado perdido. Y lo hacía en 1942, para personas que hace poco más de una década que habían pasado al sonoro y que seguramente habían vivido todo el avance cinematográfico: les interpelaba obligándoles a comprender, desde la primera escena, que ese paso era una ficción, un mundo de mentiras.

En El cuarto mandamiento nada, ningún plano, es casual. Cuando una sombra se acerca a abrir una puerta, sabemos que eso es importante; cualquier movimiento de cámara nos habla directamente. Ayuda que Welles se rodeara de una terna de actores maravillosos, entre los que destacan Agnes Moorehead, la leyenda del cine mudo Dolores Costello (más referencias a ese pasado glorioso e inventado), Anne Baxter y, cómo no, el genial Joseph Cotten, uno de los mejores amigos del director y un actor que acumuló en su filmografía una cantidad de obras maestras difícil de superar. Todos van construyendo una historia de amor, decadencia y orgullo que es la de las propias ciudades de los Estados Unidos. Así, la nueva industria va tomando el lugar de la vieja burguesía, incapaz de sobrevivir en un mundo que ya no entiende y no responde a las claves conservadoras que ellos impusieron.

El cuarto mandamiento es una película imprescindible, tanto o más que Ciudadano Kane, para comprender que el cine alcanzó su madurez muy pronto. Si Orson Welles rompió la baraja en su primera película, con la segunda aspiraba a construir una nueva. Nunca podremos disfrutar de su visión, de la narración que creó en su cabeza; hasta el punto de que ni siquiera se respetó el final de su relato. En lugar de una conclusión verista y poco complaciente, se recuperó la del libro, más optimista y convencional. Aun así, el estudio no consiguió desmontar lo que Welles había construido: una mastodóntica reflexión sobre la América que le había tocado vivir y las sombras que todavía la ensombrecían desde el pasado cercano, reflejos de aquellos miembros de la sociedad que no habían sido capaces de aceptar el cambio, sino que se habían enfrentado a él pretendiendo que, al ignorarlo, este desaparecería. Los Ambersons siempre han existido y existirán en todas las sociedades y todos los países. Son esos ricos de rancio abolengo que no quieren comprender que su mundo se ha acabado: son los franceses de La regla del juego, que no quieren ver que el nazismo llama a su puerta; son los Ambersons del pasado, del presente y del futuro, mirando por encima del hombro a aquellos que creen inferiores y tratando de arruinar sus vidas, consciente o inconscientemente, hasta que el tiempo los atrapa.

Ismael Rodríguez Gómez

About Author

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas. Twitter: @Darth_Azirafel

Leave A Reply