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Cinefórum CCLVI: «Musa»

Pasamos de Elia Kazan, controvertida figura en la caza de brujas macartista, a la adaptación de una de las mejores novelas sobre brujería de la literatura en castellano. Vaya por delante que, por aquello de las expectativas, es difícil acercarse a Musa de Jaume Balagueró (2017) habiendo leído La dama número trece de José Carlos Somoza. Pero más difícil aún debe de ser hacerlo sin haberla leído. Y eso no es una buena señal.

Sobre el papel, pocos directores patrios parecen más capacitados que el cineasta catalán para traducir en la pantalla la historia de Salomón Rulfo, profesor de literatura y amante de la poesía que, desde sus siniestros y premonitorios sueños, se verá obligado a enfrentarse a un arcano milenario en el que brujería y arte se ensamblan a través del poder letal de las palabras. Sin embargo, el resultado de la cinta es absolutamente decepcionante. Como si la musa que da nombre al proyecto hubiese dejado a Balagueró colgado, ya desde los televisivos títulos de crédito comprobamos que el oremus artístico del director brilla por su ausencia.

Al igual que el recitado de una de las filacterias de la historia, todo en Musa funciona mejor en la dimensión de lo invocado que de lo explícito. O dicho de otra forma, la película suena mejor si te la cuentan que si la ves. Porque está adaptando una historia realmente extraordinaria. No obstante, como si de un embrujo se tratara, el amor confeso de Balagueró por el original literario lastra un film que a duras penas funciona como un torpe thriller de reiminiscencias fantásticas; un thriller que, y esto sí que es un cuento de terror, tiene más de El Código Da Vinci que de Suspiria, con unos personajes planos y mediocremente interpretados que pululan de un lado a otro sin que sepamos muy bien el motivo, por más que entre lecturas de frases ominosas se encarguen con esmero de verbalizar las claves del guion como Coco enseña los números en Barrio Sésamo. Pero es que además, pese a su fidelidad, es una adaptación mal escrita y plagada de incongruencias: véase la norma taumatúrgica que permite a una bruja aparecerse en cualquier lugar para, otras veces, necesitar que le abran la puerta de una casa. Y todo así.

Si el corsé narrativo y los inconsistencias de guion no ayudan, tampoco lo hará su convencional propuesta visual, claramente descentrada, que desaprovecha la sugerente ambientación de algunas localizaciones para diluirse en una dirección más propia de la televisión que del cine y, a su vez, más propia de un telefilm que de una buena serie.

Empezaba el presente texto diciendo que, pese a lo difícil de acercarse a Musa como lector de la novela original, aún lo debe de ser más hacerlo si no lo eres; precisamente porque el desaguisado general tiene que traducirse para el espectador advenedizo en una castaña indescifrable. Y es una pena, tanto por su director, que ha grabado por derecho propio su nombre en la cima de nuestro cine, como por La dama número trece, una novela arrebatadora que, paradógicamente, es una oda a la magia y condena de la creación artística.

Marcos García Guerrero
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