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Cinefórum CCLXVII: «Nueve reinas»

Tres son multitud; también en el cine. Quizá por eso llevamos un par de semanas dedicando nuestra cita semanal con el séptimo arte a las extrañas parejas, reunidas por el azar o la providencia. Tras el dúo de la semana pasada, hoy exploramos el terreno del enredo y las trayectorias que se cruzan inevitablemente con una de las grandes películas argentinas de las últimas décadas: hablamos de Nueve reinas, dirigida por Fabián Bielinsky y prácticamente coprotagonizada por los impecables Ricardo Darín y Gastón Pauls.

Juan y Marcos son dos estafadores que se encuentran, por lo que sea, mientras uno trabaja y otro hace la compra. Juan, interpretado por Gastón Pauls, es un principiante, pero tiene talento y cara de buena persona; Marcos (Ricardo Darín) tiene más tablas, más calle, y se da cuenta de que la aparente bisoñez de su nuevo compañero puede ser una llave maestra que abra cualquier puerta. Tras este sencillo punto de partida, la trama se desparrama sin solución de continuidad. Porque el ritmo, la cadencia, es el arma secreta de esta historia: consumimos un trabajo tras otro, una oportunidad tras otra, hasta El (gran) golpe final con el que la cinta dialoga.

Nueve reinasPero todavía hay más: aquí, como en las mejores representaciones, todo es parte de la función. El director también ejerce de trilero mientras nos cuenta las peripecias de Juan y Marcos. Miramos como se gesta su asociación, como crecen, descubrimos una crisis y afrontamos el coste personal de superarla. Sin embargo, concentrados en perseguir la estafa con nuestros ojos, nos dejamos vencer por las habilidades de prestidigitador de Bielinsky. A través de las actitudes y los diálogos de Darín y Pauls, Nueve reinas logra alimentar el antagonismo moral de los dos socios. En realidad, era esto a lo que habíamos venido: a conocer a dos truhanes totalmente diferentes. Cínico y mordaz el uno, honesto y tierno el otro. Juntos, remando cada uno a su manera, llevan la película como un bólido hacia un destino del que, en este caso, poco debemos decir.

Hacen falta muchos ingredientes (entre ellos, varios talentos) para conseguir hacer de la ópera prima de un director un clásico instantáneo de una filmografía como la argentina. Desgraciadamente, Bielinsky falleció prematuramente en 2006, a la edad de 47 años. Solo le dio tiempo a rodar una película más y a saborear, durante poco más de un lustro, lo que significaba ser un profeta en su propia tierra. Consolémonos pensando que esa tierra era la Argentina y que allí, para bien y para mal, honran a sus mensajeros hasta las últimas consecuencias.

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