Cinefórum CXLI: El desencanto

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Tres décadas antes de que los Ousbourne hiciesen del exhibicionismo familiar un circo mediático patrocinado por la MTV, Jaime Chávarri convirtió el retrato de los Panero-Blanc, célebre familia del régimen, en el epitafio involuntario de la España franquista. Una década después de que Berlanga firmase con El verdugo una de las sátiras más certeras y tragicómicas de la España de Franco, El desencanto testimoniaba, con el revelador formato de un documental conversacional y de espíritu psicoanalítico, la imagen crepuscular de una época.

Leopoldo Panero, miembro de la Generación del 36 y poeta del régimen, fallecía en 1962 dejando tras de sí una sombra tan alargada que seguiría oscureciendo a su familia catorce años más tarde, cuando la cámara de Chávarri les enfrentase a ella. Esa sombra (al igual que la de Franco), se percibe en las palabras y en los silencios de sus protagonistas, como una presencia fantasmal cuya tiranía patriarcal aún reverbera en las ruinas de un esqueleto familiar (España), que, paradógicamente, sobrevive sobre los cimientos de un superviviente matriarcado edípico.

Porque, a medida que nos adentramos en los misterios de El desencanto, vamos cayendo hipnotizados por el siniestro magnetismo de Felicidad Blanc, viuda del poeta y matriarca silente del hogar que, como Aracne, parece haber ido tejiendo desde la angustia y frustración de su matrimonio la enfermiza tela de araña que vertebra su familia; una tela de araña que tiene su origen en la ausencia (y amenaza) de la figura del padre y que se mantiene unida por la pegajosa y corrosiva locura que envuelve a sus hijos. De hecho, la locura de los tres hermanos Panero es uno de los puntos fascinantes del documental; a través de catárticas conversaciones y profundos monólogos, nos vamos adentrando en el enigma de sus mentes (más artificioso en el caso de Jose Luis y Michi, más natural en el de Leopoldo María) hasta plantearnos dónde reside esa supuesta locura, y si la lucidez que por momentos parecen demostrar es causa, o, precisamente, consecuencia de ella.

La inteligente estructura del documental, dividido en dos partes claramente diferenciadas pero unidas a través de las figuras y las palabras de Michi Panero y Felicidad Blanc, articula un duelo familiar entre José Luis y Leopoldo María, los dos hijos que han seguido, con desigual suerte, los pasos poéticos del padre. El resultado es un relato de contrastes (lucidez y locura, patriarcado y matriarcado, tristeza y felicidad), una tragicomedia que funciona como metáfora indisimulada del fin de una era plagada de sombras.

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