La movida madrileña o la mitificación de lo mediocre

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No es la primera ni será la última crítica a la falsedad que conformó la llamada movida; mas el análisis de lo que supuso ese movimiento cultural comprendido entre 1978 y 1992, lo que ocurrió en esa larga década de los ochenta, debería trascender lo puramente musical: porque lo que fue un continuo de transgresión estética no tuvo un equivalente político; porque la modernidad mal entendida no trajo consigo más que consumismo irresponsable, falta de compromiso político, legado de pobreza intelectual, simplismo artístico. Facilidad y rapidez, puro neoliberalismo.

Cuando el PSOE alcanzó la mayoría absoluta, sus ayuntamientos comenzaron a contratar masivamente a los nuevos grupos punkipops. Los alcaldes se mostraban así buenrrolleros y alejados de sus predecesores caciquistas, pero a la vez dejaron de contar con cantautores, con grupos de rock reivindicativo, con artistas que hicieran pensar al oyente. La consigna, visto treinta años después, era clara. También los motivos: el relato de la movida estaba vacío de mensaje político; las letras del aspecto musical, el más divulgado, promovían el consumismo, el individualismo, el placer simple e inmediato. Pese a lo que se pretendió hacer creer, la cultura no nacía de los barrios: fue concentrada y secuestrada por los medios de comunicación y los ayuntamientos.

En Espectros de la movida (editorial Akal), Víctor Lenore expresa concisamente cómo los ochenta impusieron un «consumismo pop, una anglofilia con sabor a cena descongelada y una mirada condescendiente sobre cualquier cuestionamiento del mercado»; cómo los políticos descubrieron que, por medio de la cultura, podían lavar su imagen. Comenzaron así a ofrecer arte, en cualquier forma, y la hicieron accesible para los estratos bajos de la sociedad. No cuestiono si el arte de la movida es más o menos arte. Si Warhol es más o menos artista que Miguel Ángel; si los estribillos machacones y las estrofas plagadas de ripios son menos música que las composiciones más elaboradas de los grandes clásicos; si una canción de tres acordes hace al artista lo mismo que el desarrollo de doce compases de un blues. La movida fue el mismo opio para el pueblo que habían sido el fútbol y los toros. La juventud de los ochenta cambió tradición por modernidad, y esa modernidad tenía poco de original. En Arqueología pegamoide, la también periodista musical Patricia Godes relata sin tapujos que «Madrid quería una identidad propia y se reclamaba original, pero leía en revistas qué se hacía en ciudades como Londres o París y lo copiaba». La modernidad era consumismo, neoliberalismo, diversión. Colocarse. Y de aquellos polvos, estos hijos.

«La movida era cosa de niños ricos y de derechas», afirmó recientemente el propio Lenore en una entrevista: pues al contrario que en el resto de Europa, explicaba, lo moderno llegó a España desde las clases altas, a través de los únicos que podían permitirse viajar a Liverpool o San Francisco, aquellos que realizaban viajes de placer y volvían con la maleta llena de discos y ropa rara. Pertenecer a la movida era estar a la última y, desde las revistas y la televisión de la época, este elitismo estético impregnó a las clases bajas hasta convertir la cosa en un movimiento interclasista, vacío, en que los artistas compartían juerga con las altas esferas de poder; en el que en un mismo guateque podían compartir canuto el concejal socialista y un grande de España, Fabio Mcnamara y Ágata Ruiz de la Prada, Pitita Ridruejo y Las Vulpes, o Miguel Bosé y Salvador Dalí, todos reunidos para regocijo y diversión de esas mismas clases altas que siglos atrás habrían llamado a corte a un bufón, un trovador, o una troupe de cíngaros.

Tres décadas después, el Ritmo del garaje liderará la campaña de una compañía de gas, Alaska será imagen de un banco y portada en la prensa del corazón, Fortu protagonista de un reality show, Mcnamara pedirá la vuelta de Franco mientras Almodóvar juega en bolsa y esconde sus beneficios en Panamá. Y no les culpo; tal vez siempre, desde el principio, aspiraron a ser punkies millonarios.

En La movida modernosa, José Luis Moreno-Ruiz relataba como Felipe González dio alas a la movida y mató dos pájaros de un tiro: por un lado, transmitía al exterior una imagen de libertad, modernidad y renovación; por otro desactivaba las tendencias más políticamente insurrectas, como el rock vasco (prohibido durante décadas en Radio-3). Kaka de Luxe copó la atención que ocupaban La Polla Records o Leño, sonando en la sala Rock Ola mientras los mercenarios de los GAL, en el reservado, se ponían hasta arriba de cocaína con señoritas de compañía. Como el propio Moreno decía: «aquello fue como disfrazar a los enanos del bombero torero de David Bowie». La movida no fue más que la mitificación de lo mediocre.

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12 comentarios

  1. gabriel gonzalez on

    Evidentemente don Daniel García Valdes no es mediocre. Solo tilda de mediocres a los demás. Entre esos demás hay q incluir a la tribu de las Shoshonis, a Flor Casa de Campo, a Maricas ultrceñidas y a todo el universo q crearon los Fabios, Poch, Almodovar, Berlangas etc…., unos auténticos mediocres. Tiene usted razón señor García Valdes. Además los pijos e hijos de ricos son mediocres por naturaleza. La Movida es despreciable, señor García Valdes. Por cierto ¿es su apellido compuesto? ¿No le gusta García?

    • Daniel García Valdés (con tilde) no tilda de mediocre a nadie, resume en una reseña parte de lo que se expresa en el libro “Espectros de la movida”. No cite usted al mensajero.

    • Daniel García Valdés on

      Hola Gabriel: son los apellidos con que me inscribieron en el registro civil, no me preguntaron en ese momento, o al menos no recuerdo que el funcionario lo hiciera. Gracias no obstante por su preocupación al respecto, un saludo.

  2. Hola. No me gusta comentar cuando estoy en desacuerdo con algo porque en los tiempos que corren me resulta estúpido. Pero realmente este caso me resulta muy escabroso y de mal gusto. El citado libro es una falsa, ficción pura inventada por un tipo que se ha hecho famoso poniendo a parir a los demás y haciendo gala de un snobismo atroz. El propio Diego Manrique comentó que no ve reflejado en el libro aquella época y basta con informarse un poco para darse cuenta de que aquello fue una explosión de creatividad y uno de los mejores periodos de la historia reciente de nuestro país. Que no es del gusto de todos, vale, pero por ello no merece el odio surgido a la raíz de este mediocre libro. El cual se inventa eventos y los relaciona sin ton ni son, es pura patraña de estos tiempos oscuros en los que se plantea reescribir la historia, lo siento la historia no se puede cambiar. Warhol era mediocre? Depende del gusto de cada uno y de su percepción del arte. La historia lo ha situado como alguien importante que hizo algo, no se puede echar por tierra todo eso. Otra cosa es que tú lo aceptes o gustes del ello, lo mismo pasa con el cine de Bergman por ejemplo. Así que nada no pretendo ser la voz de la razón pero de verdad antes de dar por hecho algo informase viene bien y este libro es la prueba de que una mentira vuelve a intentar convertirse en verdad. Lo siento pero eso no puede ser. Si alguien siente interés recomiendo los podcast de Ruta 130 con entrevistas a Sardi, productor y periodista de época que si vivió todo aquello, no como Lenore que se basa en información que luego manipula a beneficio propio,igual puede ayudar a comprender mejor aquella lejana época. Yo tampoco lo viví por cierto pero al menos lo respeto porque tiene valor para mí y no precisamente el mundo Alaska y su grupo, había mucho más y artes de todo tipo.

    En cualquier caso gracias por su trabajo y que tenga un buen día

  3. Lo que de verdad es mediocre es echarle la culpa al pasado de la insatisfacción del presente. Máxime cuando no se ha vivido ese pasado. Lo mediocre es quedarse en la superficie y no empatizar con las necesidades de algu nuevo que vivieron los qu protagonizaron los 80. Lo realmente mediocre es esconderse detrás de mediocres com Lenore para farfullar razonamientos mediocres. Lo mediocre es hacer una revista de cultura y llamarla La Soga. Lo mediocre es usted, señor columnista, que es de 2019 y parece de principios del siglo pasado.

  4. Vaya tela. Hay que ser muy corto corto de miras para hablar así de la movida. Cómo se puede escribir en un medio con ese desconocimiento tan absoluto de un tema. Qué pena.

  5. Sin duda no hay mejor muestra del completo desconocimiento desde el que se ha perpetrado esta glosa al último trabajo del mayor defensor del reggeton que tenemos en este pais que la siguiente frase: “si una canción de tres acordes hace al artista lo mismo que el desarrollo de doce compases de un blues”. Supongo que es mucho pedir que el juntaletras que pergeñó esta sarta de mamarrachadas se informara un poco antes de escribir acerca de, por ejemplo, cuantos acordes se emplean en el desarrollo estandar de los doce compases de un blues. Una pista: Son mas de dos, y menos de cuatro. Lo dicho, un chiste involuntario que al menos me ha servido para alegrarme la mañana.

    • Daniel García Valdés on

      Presupone usted en demasía al estimar que el autor de esa frase desconoce el dato que aporta, y demuestra no entender su intención de comparar la ejecución de una canción empleando tres acordes al aire (como en una canción punk) o desarrollándolos (esos mismos tres acordes) en un blues. Recuerde además que se preceden esas comparaciones con un “no es intención juzgar si es más o menos arte”. Por último, comprenda que la crítica no está dirigida hacia los artistas, sino hacia el uso político que hicieron de ellos, y que las palabras de Lenore son, ni más ni menos, de Lenore.
      Un saludo.

      • ¿Acaso pretende que me crea que este artìculo no manifiesta una adhesión inquebrantable a las tesis del defensor número 1 del reggeton? Pues en ese caso debe de tratarse del mayor caso de incompetencia periodística con el que me he encontrado desde que tengo uso de memoria. A no ser que se usted desmarcando de forma cobarde de lo que defendía con tanto énfasis ante la reacción que su artículo ha provocado en los lectores, claro está. No nos venga con el cuento de que “se trata solo de una reseña” porque sabemos muy bien lo que es una reseña, y sabemos diferenciar entre una cita y una defensa a ultranza.

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