Conde Estruch, el protovampiro aragonés del siglo XII

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Hacia el año 1170, Alfonso II, rey de Aragón, marqués de Provenza, conde de Gerona, Osona, Besalú, Barcelona, Sobrarbe y Ribagorza, entra en la adolescencia, es armado caballero y por fin, tras años de regencia de su madre Petronila, adquiere la potestad regia para ejercer el mando en sus territorios. Tal y como era costumbre, de inmediato inicia una gira por el reino para darse a conocer, estrechar lazos con los nobles menores y recibir el obligado vasallaje.

En el alto Ampurdán, azotado por la tramontana, se encontró con una población sin señor, sin ley terrena ni celestial, donde sus habitantes aún vivían entregados al paganismo. En su breve estancia  el sacerdote le habló de brujas, de sus extraños aquelarres, y de como convocaban malignos vientos capaces de hacer caer a un hombre de su montura.

Tiempo después, tras regresar a la corte y aun preocupado por los cultos herejes que ocupaban los territorios de Llers, el rey decidió pedir consejo: esos días estaba negociando con el obispo de Barcelona, Guillermo de Torroja, el perdón de los hijos de Robert d’Aguiló, que habían asesinado al obispo Hugo de Cervelló por una disputa que no viene al caso. A cambio de una concordia relativa a los derechos señoriales, aceptó que se levantara el destierro sobre los tres hermanos, que tan bien habían servido en las campañas contra los almorávides, y cuyo apoyo precisaba de nuevo. Aprovechando la reunión le inquirió sobre el asunto del Ampurdán, y el pronto arzobispo de Tarragona le recomendó poner el territorio en manos del fiel Guifred Estruch, extranjero pero solvente cristiano hostigador de los almorávides, concederle el condado de Llers, y encomendarle la misión de convertir a sus vasallos al cristianismo.

El flamante conde Estruch, ya anciano, llegó a las ruinas de lo que había sido una humilde aunque sólida construcción en 1171: en vida de Arnau de Llers, anterior señor del castillo, la fortificación, entre los condados de Besalú y Ampurias, había sido pieza clave de la red defensiva de la región. Tras acordar la paz entre los condes, Arnau dejó la plaza para ser nombrado albacea de Petronila de Aragón, antes de convertirse en esposa de Ramón Berenguer IV, de quien el ahora rey de Aragón Alfonso II era hijo. Así que hacía tiempo que el lugar no tenía señor, y Estruch sabía que no sería fácil reconducir a sus súbditos.

Temeroso de dios y su ley, viudo sin descendencia, se tomó muy en serio la tarea encomendada por su rey y su obispo, y contando tan solo con una pequeña guarnición, comenzó a hostigar implacablemente todo acto pagano de que tuviera noticia. Ejecutó a herejes, confiscó y destruyó los bienes de aquellos que fueron denunciados bajo tortura, juzgó y condenó a brujas y endemoniados, y los quemó en piras sumarísimas.

Dicen que tan solo dos años después, en 1173, una supuesta bruja escupió sangre sobre él mientras era sometida a la prueba de la aguja, y lo maldijo atribuida de ese vínculo de sangre. Pocas horas después, ardiendo en la hoguera: «ni vivo ni muerto descansarás», esputaba la mujer una y otra vez mientras se consumía, «tanta sangre como has derramado te será arrebatada, tanta sed como has provocado sufrirás hasta el fin de los tiempos». Pocos días después, el conde Estruch patrullaba un bosque cuando falleció asesinado mientras orinaba contra un árbol. Ninguno de sus acompañantes declaró haber visto al autor, ningún culpable se juzgó. Esa misma noche, mientras aún era velado, su guardia saqueó la pertenencias del recién fallecido y abandonó el castillo. No quedó nadie, ni nada en la fortaleza, mas que un cadáver.

Dice la leyenda que no había pasado mucho tiempo cuando los llersencs comenzaron a ver a una figura espectral, vestida con el atuendo del conde pero rejuvenecida, vagar por las fincas del lugar. Primero los pastores empezaron a encontrar ganado muerto, con la laringe destrozada, sin gota de sangre en la carne y sin rastros de sangre en el suelo. Pronto los propios pastores serían víctimas del conde no-muerto, pero ya con menos carnicería, pues sus cuerpos solo presentaban una punción bajo la barbilla. Se contaba que el apuesto espíritu seducía a las mozas en edad de casarse y las preñaba de criaturas malditas que mataban a su madre en el parto y nacían deformes; que el castillo era envuelto por una neblina perpetua que ni la tramontana deshacía; y que quien se atrevía a acercarse escuchaba tenebrosos lamentos y susurros premonitorios en el oído.

Abandonada la capilla y en ausencia de sacerdote, los pobladores resolvieron acudir al convento de El Roure a pedir consejo: allí nadie les prestó demasiada atención, salvo una monja entrada en años, aunque novicia, llamada Arnaldeta. Convenció a la comitiva de que reunieran cuanto de valor tuvieran, pues ella conocía de su anterior vida a un arcano hebreo que podría ayudarles, pero no a cambio de nada. Con lo que juntaron se encaminó a Girona, en busca del judío medio gentil Joan Mulner, médico entre los judíos, mago para los cristianos, y experto en cábala para todos.

Llegaron al castillo de Llers cuando anochecía y en las antiguas estancias del conde Estruch, sobre la misma cama en que fue abandonado a medio velorio sin recibir los santos sacramentos ni ser enterrado en cristiana sepultura, encontraron el cuerpo de un hombre joven, vestido con los mismos ropajes de estilo centroeuropeo que dicen que Guifred Estruch trajo consigo cuando conoció a Ramiro II en un monasterio francés, cuando tras trabar amistad el Rey Monje le ofreció luchar contra los almorávides por su redención. Mulner y Arnaldeta, tras un breve exorcismo, le cortaron la cabeza, que guardaron, y prendieron fuego al resto del cuerpo.

Sin volver la vista atrás se dirigieron al santuario de Santa María del Roure, donde dicen que entregaron el cráneo y el pago que los habitantes de Llers habían hecho al judío por sus servicios, con lo que se construyó el monasterio de Pont de Molins. Nada más se supo del conde Estruch, nadie volvió a atormentar a las gentes de Llers, desaparecieron las brujas, el castillo volvió a ser habitado y después vuelto a abandonar, el monasterio fundado se convirtió en priorato y dos siglos después, con la peste, también fue abandonado. Nada queda para recordar, confirmar o negar este relato, salvo las piedras de Llers, el Roure, y esta leyenda.

Más de doscientos años después, al otro lado de la Europa cristiana, otro señor, príncipe esta vez pero igualmente ortodoxo reconvertido al catolicismo, combatiría sin piedad tanto al imperio otomano como a los paganos de los bosques de su dominio. Extinguido, una leyenda similar rodearía su vida y muerte que, por supuesto, nada debe tener que ver con lo anteriormente narrado.

Daniel García Valdés

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