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El virus de la indolencia

Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano

Friedrich Schiller

La Homo Sapiens – Dama Sapiens es una de las top ten en la lista de las especies animales con menor sentido comunitario, mayor índice de esmerada estupidez y talento para la autodestrucción. Tal como suponía Walter Benjamin (y Sigmund Freud y Konrad Lorenz y Umberto Eco y Bertolt Brecht y muchos más), ¿existe un oscuro impulso de auto aniquilamiento que obra en contra del instinto de vida y dirige el curso de esta innegable involución? El mantenimiento de centrales nucleares, los femicidios, la explotación sexual de niños, la devastación del medio ambiente, la omisión de reglas para evitar la propagación de un virus letal, son algunas de las varias formas de agresión suicida que practica nuestra especie. Hace miles de años, cuando no éramos Sapiens sino Neandertales ni tan estúpidos como ahora, no corríamos riesgos innecesarios; éramos prudentes porque la conducta osada podía costarnos la vida. Ahora el peligro no es un gigantesco mamut sino un agente infeccioso microscópico acelular invisible. Que enfrentamos con una liviandad alarmante.

Hace muchos años, en los noventa, George E., un amigo periodista, compartió conmigo su teoría sobre el apocalipsis: «Yo creo que el mundo se va a terminar cuando la persona que limpia la NASA se apoye por error en el botón rojo que lanza la bomba, y las últimas palabras de la humanidad van a ser «oh… no«». Su versión, con un toque de humor negro, venía a decirnos: somos tan imprudentes que ni siquiera tendremos un final digno. Hace menos tiempo, en junio 2020, miraba con Andrea H., una amiga médica, imágenes en la televisión de una manifestación con lema ¡El virus no existe, alertas contra la conspiración! y una fiesta de treintañeros sin barbijo. Mi amiga, que entierra mensualmente pacientes por Covid-19, comentó, exhausta: «no nos matará el virus sino la estupidez». Coincido con ambos y agrego: nos matará el síndrome del ascensor. Mediados de marzo de 2021, Berlín. El número de infecciones está en ascenso. Interior de un edificio de oficinas médicas. Dos enfermeros esperan el elevador. Cuando se abre la puerta, una pareja se pone inmediatamente la máscara que antes colgaba de sus orejas. Uno de los enfermeros los increpa, «¿¡Qué hacéis? ¿¡No es obvio que un elevador es el peor sitio para quitarse la máscara!? Debemos recoger un paciente con cáncer, ¿¡tenéis idea qué pasará si alguno de vosotros está infectado!?». La pareja se aleja, con un gesto de desdén.

Este episodio explicaría por qué, a pesar de tan estrictas restricciones, las infecciones continúan creciendo: cumplimos las normas conforme alguien nos vigila, pero las violamos en cuanto estamos en un espacio que es o parece privado. Es una de las modalidades de la estupidez: la irresponsabilidad. ¿O es ignorancia? ¿O rebeldía suicida? ¿O ensimismamiento, ese mecanismo de autoengaño psicológico por el cual el individuo se desentiende del exterior para concentrarse en sí mismo, al punto de pensar «me siento sano, no estoy en riesgo, chau barbijo»? O es…: «por el Coronavirus perdí a fin de año a mi padre y quince días más tarde, a mi madre» (me dice el enfermero, durante el viaje en ascensor), «este tipo de gente no reacciona hasta que no les pasa a ellos», concluye… ¿O es entonces, como sugiere el enfermero, una especie de egocentrismo letal? Por cierto, una idea muy difundida, como lo revela una frase que circula en las redes sociales: «Mientras los muertos no sean tus muertos, no entenderás la gravedad de lo que estamos viviendo». Parafraseando a Voltaire, diríase que el virus actual está demostrando, tristemente, que la estupidez es una enfermedad epidemiológica peligrosísima, porque afecta a los otros más que al propio enfermo. Los otros son la población mundial, todos los que subirán al ascensor después del enfermo ensimismado. Entre los otros existe también un grupo que sufre especialmente las consecuencias del síndrome del ascensor: los enfermos graves que pertenecen a grupos de alto riesgo. En un momento en que estamos tan aislados, este grupo no siempre cuenta con ayuda; ergo, deben visitar a sus médicos, viajar en ascensores, ir al supermercado… un sitio de la vida cotidiana que puede convertirse en una pesadilla.

Berlín, diciembre 2020. Supermercados Rewe. Una mujer pregunta amablemente a la señora que está delante suyo en la fila para pagar si la dejaría pasar primero, porque no puede aguantar la máscara más tiempo. «No», le contesta, porque «todos llevamos la misma prisa». Continúa preguntando, pero nadie accede. Apela a la conciencia, a los hechos, ruega. «Señor, ¿podría dejarme pasar, por favor? Estoy enferma, no tolero la máscara ni dos minutos más»; «señora, ¿podría cederme su lugar en la fila, pertenezco al grupo de alto riesgo». Nadie cede su lugar, alguien vocifera: «Todos corremos el mismo riesgo, ¿cómo sabe usted si yo no estoy enfermo?». La mujer estalla: «¿¡Es acaso usted asmático, como yo!??». Ha sido un exabrupto, se nota que lo lamenta (la expresión pública de sentimientos es tabú en Alemania) pero, por lo menos, supone que alguien se solidarizará. Error. Nadie reacciona. La cajera llama a su supervisora porque hay una clienta que está molestando. «Bitte, raus», que se vaya, le piden. La solidaridad es como un músculo, si no se ejercita, se atrofia, escribí alguna vez en un ensayo sobre grupos vulnerables en países del mal llamado primer mundo. Pues así estamos, atrofiados.

Berlín, enero 2021. Una farmacia. Otro incidente de los muchos que presencio o me cuentan. Un hombre entra hablando por teléfono, sin máscara. Una cliente lo increpa: «¿¡Qué hace sin máscara!?». El hombre hace un gesto despectivo y sigue hablando. La mujer insiste: «Póngase la máscara ya mismo o váyase fuera a telefonear». El hombre gruñe: «¿Por qué no se ocupa de sí misma y me deja en paz?». La clienta: «Precisamente porque me ocupo de mí misma le digo que si no se va, llamo a la policía». El hombre se marcha, al son de «Ja, ja, sí, llame a la policía, mujer ridícula». Otra variante de la estupidez: la desidia.

Necesito entender qué pasa, entonces consulto con asociaciones que trabajan con grupos de riesgo, la Deutsche Epilepsievereinigung (Agrupación Alemana de Epilepsia) y la Berliner Krebsgesellschaft (Asociación contra el Cáncer de Berlín), entre otras. Una de las personas consultadas es una psicóloga que trabaja con pacientes oncológicos. Le preguntamos cómo podría explicar el episodio del supermercado. «Se nos pide que seamos considerados, pero el nivel de paciencia está llegando a su límite y quizá esto genere la Verantwortungsdiffusion, difusión de la responsabilidad, fenómeno por el cual la persona piensa: «hay mucha gente en la fila, ¿por qué debería ser yo quien ceda el lugar?». No la interpelo, pero pienso: en otros países mucho más al sur y al oeste de Alemania, es natural que la gente ceda su asiento a un anciano o a una embarazada, aunque no haya cartel que lo ordene; y también es inusual que nadie reaccione en un espacio público ante alguien vulnerable, como sucede en Alemania. Entonces, ¿esta actitud apática está vinculada a un rasgo psicológico o es una característica cultural? Psicológico o cultural y dadas las circunstancias, el fenómeno es inquietante. La difusión de la responsabilidad tiende a ocurrir en ciertos grupos cuando la responsabilidad no se asigna de forma explícita y es uno mismo quien debe decidir asumirla, delegarla o ignorarla. Las personas implicadas esperan consciente o inconscientemente que otra persona intervenga a tiempo. Investigaciones en el campo de la psicología social en Estados Unidos han descubierto que la mera presencia de varios transeúntes puede reducir significativamente la probabilidad de auxilio. Esto tiene un nombre: efecto espectador, investigado por los psicólogos sociales John M. Darley y Bibb Latane en 1968. El efecto espectador o síndrome Genovese ocurre cuando los testigos de un accidente o un delito no intervienen para ayudar a la víctima si hay otros espectadores en la escena. El nombre de este síndrome surgió en 1964 cuando una mujer llamada Kitty Genovese fue apuñalada frente a su apartamento en el condado neoyorquino de Queens: al menos treinta y ocho personas habían presenciado la agresión. Nadie hizo nada por socorrerla. Este caso se convirtió en símbolo de apatía social que derivó en otro concepto, la ignorancia pluralista: no hago algo, incluso si lo deseo, porque supongo que los otros condenarán mi acción. Este concepto explicaría las fiestas-Corona («si ninguno de mis amigos evita esta fiesta es porque no tiene nada de malo, entonces me quedo») y la apatía en el supermercado («si nadie cede su lugar es porque cederlo no es lo correcto, entonces yo tampoco lo hago»). Si la mayoría lo hace se asume que esa es la actitud correcta. Tal como dice el aforismo en términos menos científicos pero muy ilustrativos, aunque escatológicos: «Millones de moscas no pueden equivocarse, ¡coma caca!».

¿Cómo se resuelven estos síndromes? ¿Con educación? Ello supone que bastaría una educación adecuada para acabar con el egoísmo; que sería suficiente el convencimiento intelectual para proteger el instinto de vida amenazado por la indolencia de la ignorancia pluralista y la estupidez. Es difícil saberlo; existen incontables eruditos que desarrollaron extraordinarias teorías para mejorar la vida humana al mismo tiempo que comulgaron con ideas profundamente filicidas, misóginas o nazis. ¿Podría decirse entonces que, dado que el intelecto no garantiza humanidad ni ejercita por defecto el músculo de la solidaridad, quizá no sea una cuestión de la razón sino del corazón? Porque, ¿qué es la empatía, sino la capacidad afectiva de entender que hay otros con otras realidades y que esas otras realidades a veces son prioritarias a las nuestras? No es la Universidad la que nos enseña a ceder un asiento.

Konrad Lorenz y otros renombrados etólogos siempre aseguraron en sus estudios que tanta preocupación no merecía la pena porque, de todas formas, tarde o temprano, la especie humana estaba destinada a extinguirse igual que todos los seres vivos (el mismo argumento esgrimen los negacionistas del cambio climático para justificar su inacción). Si pensásemos en esta línea, ¿para qué lamentarse de que la humanidad esté enferma, si la muerte es el destino ineludible de todo cuanto vive? Se cuenta que en el 400 a.C., cuando le comunicaron al filósofo griego Anaxágoras que sus hijos habían muerto, dijo, impertérrito: «ya sabía yo que los había engendrado mortales». La paternidad filicida que revela esa frase parece no haber perdido vigencia. Al virus, como era de esperar, ya no le alcanza con ancianos y enfermos, ahora comienza a ensañarse con los jóvenes. ¿Seguirán los indolentes actuando como Anaxágoras, entregados a la sentencia de muerte de todo lo que nace, precipitando la catástrofe? Entre la esperanza y la desesperación, muchos esperamos que no.

Ana Valentina Benjamin
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5 comentarios

  1. qué guay el artículo pero que pena que estemos así, que seamos asi, tan incapaces de aprender, tan inutiles en el presente y tan indiferentes al futuro

  2. Maravilloso retrato de la contemporaneidad, con la vista de inmigrante hace 20 años, confirmo esta realidad. Bonito y replicable artículo

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