La izquierda y España

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Parafraseando al historiador Ricardo García Cárcel, podríamos decir que cierta izquierda ha querido dar patadas a Franco en el culo de España. En nuestro país, la idea de nación estaría irremediablemente contaminada por su apropiación por parte de la dictadura. O tal vez no. Tal vez la izquierda la ha entregado a la derecha de una informa suicida. Pablo Iglesias, no el líder de Podemos sino el fundador del PSOE, dijo en respuesta a Canalejas que a los socialistas y demás trabajadores no se les podía acusar de no ser patriotas. Hoy, esas mismas palabras le harían pasar por un derechista fanático.

En mayo de 1936, con un sentimiento claramente regeneracionista, Indalecio Prieto pronunció un discurso sobre la necesidad de construir un país diferente: «Queremos hacer a España, no destruirla». Como señalaría Juan Pablo Fusi, su lenguaje, más cercano a Joaquín Costa que a Karl Marx, revelaba «una preocupación obsesiva y emocional por todo lo español».

Más tarde, ya en el exilio, Prieto dirigiría un mensaje al pueblo mexicano a propósito del hallazgo de los restos de Hernán Cortés. Comienza con una afirmación inequívoca de su identidad nacional: «Mexicanos: os habla un español que, por carecer de toda representación, puede y debe hablaros con entera libertad; un español -nada más, pero nada menos- y consiguientemente un hermano vuestro». A continuación, el dirigente del PSOE enaltecía a Cortés y a la obra de España en América.

Precisamente por esta pasión nacional, Prieto defendía la reconciliación entre todos sus conciudadanos. Porque los hombres pasaban, pero España permanecía. O así debía ser, al menos.

Otro socialista, Juan Negrín, aseguraba que él nunca había sido españolista ni patriotero. Pero no soportaba que los nacionalistas vascos o catalanes despreciaran a su país. El lehendakari Aguirre, en su opinión, no podía «resistir que se hable de España». En Barcelona, mientras tanto, presumían de no pronunciar siquiera su nombre. Ante este tipo de actitudes, Negrín estallaba. Antes que permitir que nadie rompiera el Estado, prefería una victoria de los militares rebeldes: «Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quién fuera. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras venga pedir dinero, y más dinero….».

El presidente de la República, Manuel Azaña, tenía también claro que luchaba por España. Y precisamente por eso, debía rechazarse cualquier política de exterminio. Los españoles, pensaran lo que pensaran, debían acostumbrarse a vivir juntos. Ese era la única forma de evitar la muerte de la nación, porque esta no podía construirse sobre cualquier idea que excluyera a los que pensaran de forma diferente.

En cuanto a Antonio Machado, no por crítico con los defectos nacionales dejaba de ser patriota, patriota de un país al que ama sin dejar de tener un mal concepto del mismo. «Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo», confiesa. Por eso, al a la vez que despotrica contra un mundo de charanga y pandereta, cree en la que España nueva que va a nacer, la España que alborea, donde el conocimiento, por fin, desbancará a la tradición y la ignorancia.

Durante la Guerra Civil, el poeta ve en el lado Republicano la encarnación de la España de la decencia. España, afirma, «no es una invención de la diplomacia extranjera o la resultante de tratados de paz más o menos ineptos. Lleva siglos de vida propia, perfectamente definida por su raza, por su lengua, por su geografía, por su historia y por su aportación a la cultura universal». Por todo ello, la intervención de alemanes e italianos en la península le parecía a nuestro poeta una invasión en toda la guerra. Lo que estaba en juego era la misma independencia nacional.

Machado no sólo se expresa como un patriota, sino como un patriota inclusivo. No cae en la tentación, como los franquistas, de decir que el enemigo es la antiespaña. Afirma, por el contrario, que los sublevados son también españoles. Y por eso se siente unido a ellos con un lazo fraterno, el de la patria común, que no puede romper el rechazo a un camino manifiestamente equivocado. «Nunca pude aborrecerlos: con todos sus yerros, con todos sus pecados».

Franco presentó a sus enemigos como antinacionales. La verdad es justo la contraria, como hemos visto. Poseían una idea de España alternativa a la exclusión sistemática del contrario. Ahora es común pensar en la Segunda República solo como un régimen de libertades, pero lo cierto es que iba acompañada de un proyecto de nación en sentido democrático. Dicho de otro modo: el sistema era republicano pero también español. Para sus partidarios, como señala el historiador Xosé M.Núñez Seixas, «encarnaba a España como comunidad nacional».

La lucha contra el fascismo entre 1936 y 1939 no se efectuó solo en nombre de la libertad. El patriotismo sirvió como elemento movilizador contra unos rebeldes, los franquistas, a los que se despreciaba por alzarse contra su país de la mano de extranjeros como los alemanes, los italianos o los marroquíes. El periódico comunista Mundo Obrero no dudó en presentar a los defensores de Madrid como los herederos naturales de los héroes de la Guerra de la Independencia, de figuras como Daoiz y Velarde que, en el dos de mayo, se habían sublevado también contra otros invasores, en su caso franceses.

Llegada la democracia, el Partido Comunista defendería el derecho de autodeterminación de los pueblos sin por ello renunciar al país común, el marco de convivencia necesario para que no surgieran taifas destinadas a convertirse en títeres del imperialismo. A ser lo mismo que Puerto Rico, solo que en el continente europeo. A su vez, el líder del PSOE, Felipe González, propuso recuperar el sentimiento nacional español desde la tradición republicana de patriotismo liberal. Otro socialista, Txiki Benegas, no dudaba en defender el carácter nacional de España, a la que presentaba como una de las naciones más antiguas de Europa. A día de hoy, esa afirmación provocaría el escándalo de más de un historiador de izquierda.

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