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Tecnocensura – 27 de enero

Los diarios de Turner ya no se pueden comprar en Amazon. La llaman La Biblia de la ultraderecha. Es una novela que describe un levantamiento que acaba con el gobierno de los Estados Unidos y, a continuación, extermina a negros y judíos: el final feliz es una paz aria. El autor de Los diarios de Turner se llamaba William Luther Pierce y era nazi. El libro ha inspirado a decenas de fascistas y asesinos en cuatro décadas. A Amazon no le importaba y lo vendía sin problemas porque consideraba que era importante para comprender y evitar el racismo y el terrorismo. Hasta el asalto a la Casa Blanca. Desde entonces: «página no encontrada», dice el buscador. La censura no da explicaciones.

Sí las dieron Twitter y Facebook por el cierre de la cuenta de Trump: por «atentar contra la integridad cívica y glorificar el odio». Las redes sociales cuentan con tres mil ochocientos millones de usuarios, y se creen en la obligación de proteger sus corazones y mentes. Por eso Youtube, de Google, ha clausurado unos días el canal de lamarea.com por unos vídeos donde vecinos de Canarias persiguen a inmigrantes. Se escucha: «los moros van a morir». La revista publicó las cacerías racistas para denunciarlas, pero Youtube cree que pueden «incitar al odio». Siguen offline, mientras delibera un tribunal que es juez y parte en algún lugar de Silicon Valley.

Algoritmos, programadores e ideólogos de una tierra cada vez más lejana deciden lo que es legítimo o no, la violencia válida y la inaceptable. Su juicio establece si se borra de las redes, de esa parte del mundo que ve la mitad de la humanidad en su móvil. Como las caricaturas de Mahoma de Charlie Hebdo en Instagram: contenido retirado; como la campaña contra la ocupación israelí de Palestina, perseguida; o las denuncias más vehementes de Black Lives Matter, censuradas. Las redes establecen el nuevo sentido común, un terreno de juego ideológico con márgenes prohibidos a derecha e izquierda. Son dueñas del tablero y de las reglas.

La censura tiene efectos retroactivos. La novela más famosa de Agatha Christie ya no se titula Diez negritos. Ofendía. En el Reino Unido y Estados Unidos lo cambiaron por Y entonces no quedó ninguno. Y en Francia: Eran diez. Christie se inspiró en una canción infantil: «diez negritos se fueron a cenar; uno se asfixió y quedaron nueve». Hoy los niños cantan soldaditos: mejor militarismo que racismo. Las potencias coloniales y esclavistas siguen haciendo guerras de clase y raza, pero con un maquillaje retórico para borrar su historia infame. La ignorancia es un bálsamo análogico y digital para la audiencia emocionada, mientras el odio golpea detrás de la ventana.


Notas de Extramuros es una columna informativa de Siglo 21, en Radio 3. Puedes escucharla en el siguiente audio y acceder al programa pulsando aquí. También puedes revisar todas las Notas de Extramuros en este Tumblr.

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