Cinefórum LXIV: Un condenado a muerte se ha escapado

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Seguimos explorando todos los recovecos de la II Guerra Mundial en el cine, esta semana con la película francesa Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1956). Así pues, dejamos los inmensos espacios abiertos de las playas danesas y nos recluimos en la celda de un espía de la Resistencia francesa condenado a muerte por el régimen nazi.

Bresson nos plantea una película sobria, que únicamente pretende contar una historia de la forma más realista posible. No encontraremos por tanto ningún discurso o frase ingeniosa, ninguna escena de acción heroica, ni siquiera un giro de guion que trate de sorprendernos; de hecho, el mismo título de la cinta nos revela el final de la misma sin que esto reste un ápice de interés.

La cámara nos encierra durante todo el metraje en una celda de 3×2 a través de planos cortos, logrando transmitir la sensación de encierro que debía experimentar el protagonista. Asimismo, la música de Mozart solo suena durante unos pocos segundos en dos momentos puntuales de la cinta; el resto de banda sonora está formada por los distintos ruidos que pueden apreciarse desde una prisión: los pasos de los guardias, las señales horarias de un campanario cercano, unos chirridos metálicos inclasificables… Las conversaciones entre presos son concisas y silenciosas para evitar el castigo, y los guardias gritan órdenes cortantes desprovistas de cualquier humanidad.

Todo nos conduce a Fontaine, el joven miembro de la Resistencia que va a intentar, y conseguir, escapar de la cárcel en la que ha sido confinado. Su voz en off nos guiará a través de los larguísimos noventa y nueve minutos de metraje en los que prepara y ejecuta su plan. Mimetizarnos con él implica vivir cada momento del cautiverio sin ver lo que ocurre, imaginándolo a través de los sonidos: escuchamos disparos de madrugada e intuimos que es un compañero fusilado; oímos las campanas y sabemos qué hora es; conocemos la rutina de los guardias por las pisadas acompasadas que acuden puntuales día tras día.

Un condenado a muerte se ha escapado es también una historia que habla de la soledad, abandonando al reo (y a nosotros mismos) con sus pensamientos, y de la búsqueda imperiosa del ser humano, como ser social, de relacionarse con sus iguales. Fontaine busca desesperadamente la forma de comunicarse con otros presos, ya sea mediante silenciosos golpes en la pared, pequeñas notas clandestinas que intercambian mientras se asean o, finalmente, con charlas algo más elaboradas con el compañero de la celda contigua a través de las rejas, hablando al viento sin poder mirarse cara a cara.

Sin duda, se trata de una película lenta, espartana en cuanto a los detalles, diálogos y movimientos de cámara, pero que consigue transmitir toda la angustia e inseguridad de un reo obligado a escapar, y que encuentra en el realismo y sobriedad de cada una de las acciones el nexo con el espectador, consiguiendo que empatice con la historia y se mantenga abstraído en la pantalla durante los noventa y nueve minutos más largos de su vida.

El seriéfilo
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Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y a través de La Soga se comunicará con el mundo.

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