Last of Our Kind – The Darkness

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Les falló su tiempo. No cuesta imaginarse a los ingleses The Darkness triunfando a lo grande en cualquier época anterior a la suya. Ese cóctel hardrockero de estribillos coreables a lo ACDC, guitarras zeppelianas y el desprejuiciado espíritu buenrollero de Queen los hubiese convertido en una de las grandes bandas llenaestadios del planeta. Y de hecho, en parte lo consiguieron: durante un breve periodo de tiempo, en la primera mitad de los 2000, fueron la última esperanza del rock. Lo que no sabíamos es que iban a ser más verdugos que salvadores del mismo.

Porque el fracaso de The Darkness, que paradógicamente vino causado por su éxito, se nos antojó a muchos como el claro testimonio de la imposibilidad de reanimar a un enfermo que, con el cambio de milenio, mostraba síntomas preocupantes de debilidad. Agotada la vía de la experimentación, el rock se agarró a las esencias revival como Jack a la tabla de madera que compartía con Rose al final de Titanic. Y su resultado fue más o menos el mismo: fallecimiento por falta de espacio. En este caso en los medios de comunicación, que solo parecían tener hueco en su cada vez más inestable tabla flotante para los sonidos guitarreros pero de corte indie.

A diferencia de la refrescante ola de rock escandinavo liderada entonces por The Hellacopters y compañía, cuya nacionalidad parecía darles a esos grupos un genio artístico inversamente proporcional a su proyección comercial, The Darkness presentaban unas credenciales insondables, con las dosis necesarias de talento e imagen al servicio de esa maquinaria de crear grupos legendarios que es la industria musical británica. Por eso, cuando con su primer disco, Permission to Land (2003), pidieron permiso al mundo desde las islas para aterrizar a golpe de números uno, los ya incipientes nostálgicos de la cosa rockera nos apresuramos a identificarlos como la llegada del mesías redentor. Todo parecía confirmarse en 2005 con One Way Ticket to Hell… and Back, típico álbum hiperbólico continuador de un primer éxito, que venía acompañado por los ya esperables himnos de estadio (alguno incluyendo el sonido de una raya esnifada) y por una gira en directo en la que, en el culmen del desfase testosterónico, Justin Hawkins salía a cantar a lomos de unas tetas gigantes voladoras.

Todo aquello sonaba a despiporre absoluto, y dado que eran otros tiempos (de humor más falo-chanante, sorry, aunque de la misma aquiesciencia narcótica), el desfase de The Darkness resultaba poco menos que maravilloso. Una luz brillante y colorida en medio del monocromático panorama indie. Así que no vimos venir la desgracia, o no quisimos. En 2006 la banda autocombustionaba de éxito y, tras el abandono de dos bajitas (Frankie Poullin y Richie Edwards), el propio Justin Hawkins, compositor, guitarrista y cantante, se daba el piro camino de un centro de rehabilitación. La resaca le duraría cinco años. En 2011, y después de infructuosos intentos de seguir adelante como podían (Stone Gods y Hot Legs), los miembros originales de la banda invocaron el espíritu rockero de las Navidades pasadas y se juntaron otra vez. Sin embargo, cuando intentaron subirse de nuevo a la tabla de Jack (por aquello de seguir con la esmerada metáfora), descubrieron que el iceberg se había descongelado arrasando con ella.

Lo que en otra época musical habría sido un hiato rejuvenecedor, para ellos fue un agujero de gusano interestelar hacia una dimensión desconocida; como el Charlton Heston que vuelve a la Tierra sin saber que es el planeta de los simios, cuando The Darkness salió de su propia oscuridad los monos se habían apoderado definitivamente del cotarro. Y eso que su mojo no se había agotado precisamente.

A su esperado reboot le han acompañado cuatro discos totalmente disfrutables (Hot Cakes, 2012; The Last of Our Kind, 2015; Pinewood Smile, 2017; y Easter is Cancelled en 2019), cuatro álbumes notables en los que su fórmula perfectamente testada suena mejor nunca. En ese sentido, mucho ha tenido que ver el otro Hawkins, Dan, cerebro en la sombra de la formación (guitarrista, compositor y productor), quien supo coger de las riendas a su otrora desbocado hermano y encauzar con él la dirección de una banda que, dicho sea de paso, nunca ha producido morralla. Más bien lo contrario: la criticable falta de riesgo de The Darkness queda compensada con su facilidad absurda para componer temazos impepinables, combinando trallazos épicos con medios tiempos bailongos y baladones infinitos, todo ello mientras te invitan a la fiesta al grito de un falsete y apuntándote con un rollo de mortadela.

¿Cuál es el problema entonces? Pues que no parece que quede mucha gente en los medios y en la industria dispuesta a reírles las gracias. Sí en la calle, por supuesto, pero la indiferencia mediática (y por extensión comercial) a The Darkness no deja de ser una dolorosa constatación: la de que eso que se encontraron sobresaliendo medio enterrado en la arena se parece más a una mano simiesca agarrando el micrófono de La Voz que a unos cuernos en alto. La que fuera la primera gran banda del nuevo rock, parece ahora condenada a ser la última gran banda del viejo (y único) rock. Una preciosa especie en extinción. Y la banda parece consciente de ello: lo recuerdan en el título de su cuarto disco y lo reivindican en la canción que le da nombre, todo un himno crepuscular coronado por un estribillo eterno: «Somos supervivientes, los que quedan, lo último de nuestro legado… ¡Niños! ¡Somos los últimos de nuestra especie! ¡We are the last of our kind!».

Marcos García Guerrero
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