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Camiones furiosos – 16 de febrero

Los camioneros de Canadá se han rebelado. Han ocupado el centro de Ottawa y rodeado el edificio del Parlamento. Y han cerrado pasos fronterizos con Estados Unidos, como el puente Ambassador, ya liberado por la policía montada. Los camioneros protestan porque el gobierno les obliga a vacunarse contra el covid. Se les han unido antivacunas y conspiracionistas contrarios a las restricciones de la pandemia. El primer ministro Trudeau amenaza con aplicarles la Ley de Emergencias y congelarles las cuentas bancarias. Los indignados se quejan de que también tienen derecho a la protesta.

Los rebeldes canadienses se exhiben con camiones de quince metros y sesenta toneladas. Mandato Libertad, dice una pancarta en uno de ellos. Otro carga troncos y banderas: roja, blanca y la hoja de arce. Canadá es madera y agua, pero los patriotas conducen monstruos de acero y diésel. Se informan en webs como Canada Unity: «representando la libertad de elección legal canadiense». El tercer banner promete noticias reales. Clico. La segunda noticia dice: «A Trudeau le ha lavado el cerebro Satán para quitarnos el derecho a hacer con nuestros camiones lo que nos dé la real gana». Firma Jackity Jack.

La revuelta furiosa es pseudónima, como mandan los cánones de internet. Sin nombres ni líderes, con un programa en abstracto: libertad, voluntad. Pero también alguna petición simple y directa: no vacunas, gasolina barata. Los Chalecos amarillos de Francia también se han manifestado estos días contra las restricciones del covid: los Gillet Jaunes nacieron en las rotondas de la Francia olvidada para asaltar los Campos Elíseos porque llenar el depósito iba a ser impagable. En Ottawa, los simpatizantes de los camioneros les han llevado bidones de combustible. El símbolo de la rabia es la gasolina para quemarlo todo.

Los nuevos indignados no son ni de izquierdas ni de derechas, pero en EEUU asaltaron el Congreso para la ultraderecha trumpista que ahora alienta las protestas de Canadá: comparten ira, look y una idea de libertad en forma de motor de combustión. Stephen King, maestro de nuestros miedos, solo se metió una vez a hacer cine. Dirigió La rebelión de las máquinas, donde camiones, tractores y palas excavadoras se rebelan contra la humanidad. La resistencia blanca y proletaria lanza su contraataque desde una gasolinera y huye hacia al mar, porque el mal vive en el asfalto. Para Spielberg, otro creador de sueños y pesadillas, el diablo es un camión con destino al precipicio.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3. Puedes escucharla aquí.

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