Cinefórum CXLII: Muchos hijos, un mono y un castillo

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Encajando milimétricamente la relación con la anterior entrega de este longevo ciclo, volvemos a dejarnos embaucar por un documental de tintes domésticos acerca de una excéntrica familia española que haría las delicias del mismo Berlanga.

En este caso, la excentricidad viene liderada de una forma magistral y carismática por Julia Salmerón, Julita para los amigos (al final de la película todos desearemos ser amigos suyos), una persona que, como todos, tenía sus deseos y proyectos en la vida; en su caso, tener Muchos hijos, un mono y un castillo. Y lo cumplió.

Y aunque todo gran proyecto tiene un largo camino lleno de luces y sombras, nadie como Julita para digerir y gestionar con autenticidad y espontaneidad los vaivenes del destino.

Gustavo Salmerón dirige este documental que nos hará dudar entre la realidad y la ficción y que tardó nada menos que catorce años en grabar. Usando como hilo conductor la búsqueda de las vértebras perdidas de su bisabuela, que por alguna razón fueron guardadas cual exvotos en alguna caja, la familia Salmerón se sumergirá casi literalmente en un océano de recuerdos materiales con los que reconstruirán la vida de su madre y su familia.

Ciertamente, la buena mujer es el pilar del documental. Haciendo las veces del Virgilio de Dante, Julita guiará a sus hijos y a los espectadores por un laberinto de anécdotas, vivencias y cajas, muchas cajas. Rozando el Diógenes, Julita, que llega a recordar a figuras literarias como el Ignatius Reilly de J. K. Tool,  llega a calar por su falta de complejos, por aceptarse así misma como es, con sus incoherencias y sus sombras, con sus amores y sus vergüenzas; pero sobre todo por su sentido del humor y por su filosofía vital.

En su forma y resultado, Muchos hijos, un mono y un castillo es una película que logra de alguna manera ser fiel al reflejo de aquello que representa. Puede llamar la atención por sus excentricidades superfluas y superficiales, pero tras ellas hay muchas capas que separar y un fondo digno de rascar.

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