Divulgación

«España. La primera globalización»: un análisis crítico

No es ni la primera ni la última vez que me enfrento al potente dilema de cuál es el perfil que debe arbitrar un relato veraz, completo y transversal sobre la historia de España. Cada año, allá por el mes de noviembre, cuando abordamos en segundo de bachillerato el análisis de la Monarquía hispánica y el Imperio español, aparecen  las primeras voces discordantes entre el alumnado sobre el legado del proyecto imperial hispánico. Estas voces son cada vez más comunes y suelen obedecer a un determinado espectro ideológico. Las preguntas que sobrevuelan las sesiones son siempre las mismas: ¿fue el Imperio una gesta gloriosa o por contra un ejemplo de sometimiento y barbarie? ¿Hay que celebrar el Día de la hispanidad o debemos honrar la memoria de los pueblos indígenas? ¿No son el británico o francés ejemplos más despiadados de un proyecto imperial? ¿Es compatible el orgullo patrio con una visión completa del pasado? Un buen historiador no da respuestas contundentes sino herramientas para analizar el debate. Pero no estaría aquí escribiendo esto si esta cuestión se resolviera como el noventa por ciento de los dilemas históricos que abordamos en clase. La cuestión del legado de la Monarquía hispánica y su proyección en la España contemporánea es un debate distinto, porque está sometido a una profunda tensión ideológica. Es, en definitiva, un debate contaminado. Quizás por eso la primera vez que oí hablar del proyecto España. La primera globalización mi reacción fue de curiosidad y cierta expectativa. Que un crowdfunding ofreciera la posibilidad de presentar un documental diseñado para el gran público y que además ayude a la divulgación de la historia de España es, en general, una buena noticia para los que nos dedicamos al oficio. Sin embargo, he encontrado sobradas razones durante su visionado y a lo largo de su campaña de difusión para concluir que el producto resultante presenta un sesgo ideológico que perturba el resultado final del mismo. Hoy quiero contaros por qué llegué a esa conclusión.

Empecemos por lo esencial: no vivimos en 1940. El conocimiento de nuestro pasado ha progresado de forma exponencial a lo largo de las últimas décadas. La historiografía que se produce hoy es de mucha calidad y nuestros investigadores hacen gala de ello habitualmente en instituciones académicas internacionales. Es la historia de España una disciplina cultivada con mimo y profesionalidad por propios y ajenos, como atestiguan las numerosas cátedras sobre estudios hispánicos que han florecido en la escena académica internacional. Cualquier persona medianamente interesada en estas cuestiones tiene a mano trabajos de calidad, accesibles y reputados en mayor volumen que nunca antes. Hoy, en definitiva, se hace más y mejor Historia.

De modo que cuando abordé el documental por primera vez, no tardé en toparme con la primera barrera: la enmienda a la totalidad que pretende. Si el punto de partida de este documental es, precisamente el de aventurar que la mayor parte del trabajo ya hecho está viciado o presenta un relato incompleto, ahí tenemos un problema de fondo difícilmente salvable. ¿En qué medida? ¿Qué trabajos? ¿Qué investigaciones? ¿Qué autores? ¿Por qué? Aunque se intentara dar respuesta a estas cuestiones, difícilmente sesenta minutos darían para siquiera adentrarnos en la cuestión. Sorprendentemente la explicación que se ofrece es vergonzosamente simple: estábamos equivocados porque nuestro relato del pasado no nos hacía sentir orgullosos. Hemos ocultado deliberadamente las glorias del Imperio español dejándonos seducir por la propaganda extranjera y unos presuntos intereses políticos espurios. Es así de sencillo. De nada sirven los trabajos de los Mitre, Pardo Bazán, Casanova, Tuñón, Álvarez Junco, Domínguez Ortiz, Sánchez Albornoz y compañía si sus conclusiones erosionan la gesta hispánica. La obsesión del film sobre este asunto es tal, que dedica prácticamente un tercio del tiempo a explicar y documentar la cuestión de la Leyenda negra. Es la Leyenda negra para los autores del documental una cuestión capital. Este proceso histórico explica, según ellos, el maltrato a nuestra Historia y la deformación que en la actualidad se tiene de nuestro pasado. En su ideario, la Leyenda negra viaja a través de los siglos mostrando diferentes rostros, obedeciendo diversos intereses y persiguiendo objetivos variados, aunque manteniendo siempre un nexo común: el odio a España y lo hispánico.

Pero detengámonos en esto y repasemos el fondo de la cuestión. La Leyenda negra como fenómeno de propaganda contra la Monarquía hispánica es una cuestión largamente analizada por la historiografía. Hoy hay pocas dudas sobre el volumen de su producción, su marco cronológico y, sobre todo, su impacto. Pocos historiadores reputados presentan interpretaciones en las que exista una conexión más allá de lo anecdótico entre las críticas hacia la Monarquía hispánica y el reino de España a lo largo de los siglos. Hoy tiene muy poco sentido pensar que interpretaciones y opiniones contemporáneas sean consecuencias directas de un proceso que tuvo lugar en los siglos XVI y XVII. Y, sin embargo, una parte muy importante del documental se centra precisamente en esto: en hacer dudar al espectador sobre si sus impresiones sobre el pasado son fruto de un conocimiento riguroso o lo son por presión de la propaganda negrolegendaria. Es este documental un producto que aspira a cubrir bajo el manto de la Leyenda negra cualquier trabajo historiográfico que contravenga la tesis triunfalista que presenta para la Historia de España. Por eso, por ejemplo, se dedica tanto tiempo al asunto de la Inquisición española. Pretender conectar las visiones (más o menos infundadas) que a lo largo de la modernidad nuestros vecinos europeos han tenido sobre España con una supuesta corriente negrolegendaria que traspasa siglos, ideologías, fronteras, autores y épocas es algo que a día de hoy está sobradamente superado.

Por eso no es de extrañar que el documental pase por alto obras de referencia como la del historiador Jesús Villanueva. En su esclarecedor trabajo sobre la Leyenda negra, Villanueva expone (con un notable uso de fuentes y referencias) que la mayor parte de la propaganda antihispánica desapareció con la decadencia imperial y la paz de Westfalia. De hecho, no existen referencias ni alusiones en la mayor parte de los trabajos de historiadores decimonónicos. Habrá que esperar al desastre del 98 para que florezca el concepto dentro del marco de la crisis por la pérdida de las colonias. El historiador Pérez Vejó reflexiona bastante sobre el asunto de la excepcionalidad catastrófica española en el contexto de la crisis del 98 para concluir, precisamente, que es un fruto de su tiempo. El fenómeno de la Leyenda negra, por tanto, tiene un origen puramente contemporáneo, una fecha concreta (el discurso de Pardo Bazán) y un contexto (el de la crisis del 98) sin el que no se comprende su forma. Y por si fuera poco, Villanueva nos recuerda que su forma actual es una versión remozada por Primo de Rivera, primero, y Franco, después, y del que la moderna extrema derecha hace uso despiadadamente ideológico. El victimismo historicista de corte ultranacionalista no es nada nuevo, ya lo hicieron Mussolini, los lumbreras del UKIP, los republicanos de Trump después de perder las elecciones o Putin acusando a occidente de la decadencia del imperio ruso. Nada nuevo bajo el sol.

Con todo, muchos de los aspectos que el documental quiere difundir son ciertos y legítimamente divulgables. Fue el hispánico el primer imperio transoceánico, una gesta de notable dimensión y bajo cuyo amparo el mundo moderno se abrió camino. Fue el esfuerzo acuñador de la monarquía de los Austrias uno de los pilares de la globalización económica. Y fue el tornaviaje y la conexión con los circuitos comerciales chinos un impulso fundamental al patrón monetario internacional. Algunos de los más notables cimientos del moderno sistema mundial están estrechamente conectados a las gestas que se ejecutaron bajo la Monarquía hispánica. Pero no dejo de preguntarme en qué punto estos señores han decidido que los trabajos historiográficos modernos obvian esa parte del relato, porque si lo piensan están equivocados. ¿Dónde quedan entonces trabajos como los de Wallerstein, Hobsbawm o Elliott?

No obstante, una parte muy importante de la fuerza comunicativa que esta obra tiene se pierde con un sesgo vergonzosamente simplista. Esto está especialmente presente en los fragmentos que le dedica a la conquista y la administración colonial. Los estudios actuales sobre Historia Moderna de España y más especialmente los centrados en las cuestiones más polémicas como la colonización, son asombrosamente precisos en el uso de fuentes y su propuesta de conclusiones. Pretender explicar la colonización castellana de América sin dedicar una sola palabra a los procesos de sometimiento como la encomienda o la mita de las minas es otro ejercicio de cinismo exasperante. No había que ir muy lejos para haber leído obras capitales sobre la cuestión como Historia de la conquista de México de Charles Gibson. En esta obra elemental sobre la conquista de Nueva España se explica con fuentes contrastadas y objetivas los métodos de coerción usados por los conquistadores. Uno puede defender que la conquista hecha por Cortés y compañía no buscaba la aniquilación del otro (como explica el propio Hugh Thomas en su obra sobre la conquista de México), sin que se oculten deliberadamente aquellas referencias de las cuestiones más violentas del periodo. Algo parecido a lo que relata el clásico de John Elliott Imperios del mundo Atlántico, una obra donde se deja poca duda respecto del modelo de colonización hispánico, sus bondades (que las tuvo), sus limitaciones y sus carencias (que también fueron importantes).

Pretender elaborar un trabajo serio haciendo una selección tan sesgada de la información es una ofensa a los profesionales de la Historia cuyas obras llevan décadas esclareciendo y enriqueciendo estos debates. Es además este cherry-picking una muestra de falta de honestidad indecible. Está llena esta profesión de trabajos excepcionales que parten desde posiciones marcadamente ideológicas. Uno puede leer obras de historiadores conservadores como Ferguson o progresistas como Hobsbawm y concluir que son obras excelentes sin compartir la tesis de partida. Porque ambos tienen algo en común: que son honestos. Y lo son porque no ocultan fuentes, no seleccionan datos deliberadamente para reforzar una tesis preconcebida y ponen ante el juicio de las fuentes sus tesis de partida. Lo contrario no solo es poco profesional, sino que además es de una carencia de escrúpulos poco elegante. Y esa es precisamente la razón por la que no me gusta esta obra divulgativa: porque no es profesional, no es rigurosa y está sesgada. Y por cierto, no aporta ningún enfoque que no podamos encontrar en trabajos mucho más serios y honestos. Curiosamente, uno de sus presuntos puntos fuertes es el de las referencias de expertos de toda índole. Algo que llama poderosamente la atención dado que los historiadores de mayor prestigio como García Cárcel o Cortázar apenas hablan unos segundos. Por contra, llevan el hilo conductor del film autores como Pedro Insua (filósofo que escribe habitualmente en El Español) o Elvira Roca Barea (la autora de Imperiofobia, bestseller largamente criticado por su mala praxis historiográfica en diversos artículos). Saquen sus propias conclusiones.

Mis alumnos crecientemente politizados se enfrentan a profundos dilemas sobre su pasado en el despertar de su identidad adulta. Por eso, este debate en pleno segundo de bachillerato resulta tan enriquecedor como polémico. Lo que necesitamos en estos momentos son enfoques serios, sosegados, contrastados y trabajados desde el respeto. No dejo de reflexionar en cómo el debate social en torno a las grandes cuestiones históricas ha ido perdiendo calidad y contaminándose de las inercias nacionalistas de la extrema derecha. Es por ello que España. La primera globalización está en las antípodas de lo que necesitamos. Nuestro pasado no debería ser una herramienta para llenar orgullos vacíos de una decadente élite pseudointelectual conservadora.

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