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Invasión de Ucrania. ¿Curso exprés de siglo XX o primera guerra del siglo XXI?

De todas las sorpresas que el siglo XXI nos tenía guardadas, esta guerra convencional estilo años setenta es sin duda para la que menos estábamos preparados. Como si de una broma de mal gusto se tratara, una rejuvenecida Guerra Fría se ha cargado de un plumazo treinta años de mundo multipolar. Adiós a los drones, a los ataques preventivos vía satélite o a la guerra comercial con China. En su lugar, vivimos un revival con la activación del arsenal nuclear ruso o la violación de los acuerdos de Helsinki. La vieja guerra del siglo XX está de vuelta y basta con echar un vistazo a las portadas de los grandes medios internacionales para tomar conciencia del estado de psicosis colectiva. Pero como ya nos avisaba Pere Villanova en Orden y desorden a escala global, la Guerra Fría acabó siendo más una buena excusa que un verdadero problema para la seguridad global. Es este restaurado orden bipolar un marco ideológico muy confortable para las élites de uno y otro lado de la frontera oriental de la OTAN. Precisamente por esto, porque las apariencias son perniciosas, hoy quiero proponeros una lectura alternativa. Me propongo demostrar en las siguientes líneas que esta invasión rusa de Ucrania es, de lejos, el primer conflicto global del siglo XXI y no una secuela de la caída de Saigón seguida en streaming. Veámoslo.

Para empezar, las apariencias. ¿Qué hace de esta guerra una guerra tan del siglo XX? Pues la respuesta es el motor ideológico del conflicto. Estamos ante un clásico de las guerras europeas: las tensiones nacionalistas. No es posible dimensionar hasta qué punto esta retórica nacionalista tiene una función clave en todo esto si no nos adentramos en la obra política del presidente Vladimir Putin. El politólogo Taras Kuzio resumía de forma clara este nacionalismo de Estado de la Rusia moderna en tres líneas maestras: victimización, euroasianismo y defensa del Ruskii mir. En primer lugar, Putin lleva décadas trabajando en lo que Kuzio llama complejo de Weimar, una versión a la eslava de las denuncias contra Versalles de los años treinta. Es decir, imponer la idea de que Rusia es un país cercado por un Occidente rusófobo, denostado por los rivales estratégicos y acosado por minorías ultranacionalistas e islamistas. Una Rusia despojada de parte de su población tras lo que Solzhenitsyn denominó catástrofe de 1991. Aquel proceso de desmantelamiento de la URSS que privó a Rusia de espacios estratégicos y población que son históricamente de su influencia. Putin reivindica una vuelta calculada del imperialismo ruso en base a sus líneas maestras de política exterior: alejamiento de Occidente, proyección asiática de la esfera rusa y reivindicación del Ruskii mir o mundo ruso (versión rusófona del clásico lebensraum alemán). El presidente ruso lleva décadas de trabajo ideológico, ha publicado ensayos, escrito multitud de artículos y reformado la Constitución rusa para apuntalar este proyecto político. El nacionalismo, esa ideología surgida en el siglo XIX, catapultada en el XX y que parecía superada en los albores del siglo XXI, vuelve a ser una pieza clave en los conflictos de nuestra era.

Pero esta guerra no solo parece una secuela del siglo XX por su vertiente nacionalista, también lo es por su modus operandi. Rusia lleva décadas de calculadas operaciones militares en la periferia del antiguo imperio de los zares. El espacio postsoviético ha sufrido notables intervenciones directas desde Moscú usando lo que los analistas denominan Estados de Facto. Un tipo de Estado surgido a partir de la autoridad de una potencia militar al reconocer la independencia de un territorio, a pesar de su legítimo Estado soberano. Puede que ahora pensemos en otras maniobras de Rusia en su área de influencia, como Crimea, Osetia del sur o Transnistria. Pero esta forma de actuar es vieja conocida en Europa. Ya fue usada en los años treinta por Hitler en su escalada hacia la guerra, o en los noventa por la OTAN en sus intervenciones militares en los Balcanes. Nada nuevo bajo el Sol. Putin solo hace lo que llevamos décadas viendo hacer. De nuevo, las sorpresas son para los que no hemos querido ver lo que sucedía.

¿Y qué me decís de la escalada de tensiones entre potencias nucleares? Si hay algo que es nuevo para este joven siglo XXI es la vuelta de las tensiones entre superpotencias atómicas. Aunque el final de la Guerra Fría y la nueva era, proclamada falazmente como multipolar, parecían prometer una nueva edad de las relaciones internacionales, parece que todo quedó en un espejismo. Esa presunta multipolaridad se tornó pronto en bipolaridad cuando China emergió como superpotencia a finales de los años noventa, y en bipolaridad imperfecta con este resurgir de la actividad bélica rusa en su espacio de influencia. La consecuencias de esta reconfiguración de las relaciones internacionales están aún por dilucidar. Tendremos que discernir si el repliegue de EEUU de la escena global puede sostenerse, al tiempo que las nuevas potencias emergentes reivindican su espacio y la UE mantiene su rechazo a la inversión en defensa. Además, habrá que comprobar si el profesor Graham Allison tenía razón cuando afirmaba en su ensayo La trampa de Tucídides, que la escalada de tensiones entre superpotencias tiene un ineludible desenlace bélico.

Con todo, este conflicto esconde bajo su máscara ochentera un importante trasfondo rabiosamente actual que lo convierte plenamente en una guerra del siglo XXI: esta es una de las primeras guerras abiertamente energéticas. Disfrazado de enfrentamiento étnico-nacional no debemos subestimar la importancia de Ucrania en el tablero energético europeo. La rica UE depende en la actualidad en un sesenta por ciento de su producción energética, del gas ruso e iraní. Hasta ahora, Rusia ha sido esencial para sostener la producción de energía y no tiene sustituto a corto plazo. Con todo, Ucrania no solo es productora de gas, sino que es base también de uno de los principales gasoductos que surten a la Unión. El control de estos recursos desde Moscú elimina un rival potencial y garantiza el acceso al mercado europeo, cosa que no pasaría si Ucrania ingresa en la UE.

Otro de los grandes dilemas de este conflicto es la cuestión identitaria ucraniana, su relación con la patria rusa y el derecho (o no) de esta para ingresar en el espacio europeo. Como explicaba brillantemente Niall Ferguson en The War of The World, los grandes imperios multiétnicos han tenido unas dificultades terribles en su proceso de modernización política y su relación con el nacionalismo. Y Rusia no es una excepción. El nacionalismo ruso del siglo XXI debe afrontar el reto de normalizar su relación con los territorios soberanos del viejo imperio. Un reto a la altura del siglo XXI y que convierte esta guerra en una transición muy actual. Como explicaba Sheri Plokhy en Lost Kingdom a History of Russian Nationalism From Ivan the Great to Vladimir Putin, Rusia debe seguir el camino trazado por otros antes, en su tránsito de imperio a nación. De su capacidad para hacerlo dependerá buena parte de la estabilidad política del continente europeo y, por ende, de la seguridad global.

Por último, este conflicto tiene una vertiente económica que se mueve en clave muy actual: es la lucha por los capitales en evasión fiscal. Hay una importante batalla por el control de las divisas amasadas por la oligarquía rusa, que ascienden hasta la friolera del ochenta y cinco por ciento del PIB ruso, según un estudio de Gabriel Zucman. Parece que la UE está dispuesta a perseguir esa riqueza y a constreñir a la corrupta oligarquía rusa. Sin embargo, como ya avisaba Paul Krugman en un reciente artículo en The New York Times, está por ver en qué medida esa persecución no implica también perseguir a los evasores de las economías occidentales. Y como ya sucedió con las sanciones anteriores, estas medidas pueden volverse contra las propias economías occidentales y su estabilidad, por muy loables y moralmente adecuadas que parezcan. La batalla aquí estará en la capacidad de los gobiernos occidentales en superponerse a la influencia de sus propias oligarquías evasoras y al daño que han hecho cuarenta años de desregulación tacheriana.

En síntesis, si hace veinte años el mundo parecía girar en torno a los nuevos dilemas de nuestra era, que dirigían las grandes estrategias políticas de entonces, la invasión rusa de Ucrania parece haber detenido de golpe todo esto. De las guerras contra el ISIS o la Primavera árabe hemos pasado a combates en Járkov y columnas de tanques que se acercan a Kiev, reviviendo lo peor de nuestra historia. Sin embargo, la realidad es tozuda y se abre paso. Detrás de este escenario se esconde una batalla por el control energético del mercado europeo, una contumaz transición hacia nuevas formas de identidad nacional en el espacio postsoviético y una guerra sucia por el control de los capitales evadidos. Mientras, de fondo, el drama humanitario asola Europa de nuevo con otra oleada de cientos de miles de refugiados recordándonos que la decadencia de nuestro tiempo no era solo climática, sino también política y bélica. Puede que esta no sea la primera guerra del siglo XXI, pero sí que es el primer conflicto que se mueve por completo bajo la sombra de los fantasmas de nuestra época.

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