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«El regreso», de Andrey Zvyagintsev

Cuando se presentó por primera vez El regreso (2003), primer largometraje de Andrey Zvyagintsev (URSS, 1964), sorprendió al público por ser una película fuera de lo convencional, cargada de simbolismo y una puesta en escena magnífica a cargo de Mikhail Krichman (URSS, 1967). El conjunto le valió un buen número de premios, entre los que destacó su éxito en el festival de Venecia, donde logró cinco premios, incluyendo el León de Oro a la mejor película.

La película narra un viaje, el que realizan un padre (Konstantin Lavronenko) con sus dos hijos, Andréi (Vladimir Garin) e Iván (Ivan Dobronravov), a través de los parajes agrestes y escarpados de Siberia. Pero en realidad la película trasciende mucho más allá de ser una road movie convencional, ya que representa el viaje que va de la adolescencia a la adultez, la imposición de la autoridad o la muerte de los mitos, entre otras interpretaciones que se podrían extraer.

Ambos chicos viven con su madre (Natalia Vdovina) y abuela. Su vida es más o menos apacible, marcada por los conflictos de la infancia y el inicio de la adolescencia. Un buen día, al regresar a casa, su madre les dice que su padre ha vuelto, algo que no terminan de creer, ya que lleva desaparecido doce años y ni siquiera el mayor alberga recuerdos de él. Entre desconcertados y curiosos, van a verlo y lo encuentran durmiendo plácidamente, en una imagen que recuerda a la que puede contemplarse en la pintura Lamentación sobre Cristo muerto, de Andrea Mantegna. Iván, tras verlo, corre hasta una habitación, donde saca una foto en la que aparecen los cuatro integrantes de la familia, él siendo un bebé y su hermano de apenas un par de años. La observa y comprueba que efectivamente se trata de su progenitor.

Ya en la cena, durante su primera interacción, les dice que los llevará de viaje, una pequeña aventura juntos: irán unos días a pescar. A ellos les entusiasma la idea del viaje, pero apenas lo inician comienzan los primeros inconvenientes: él es su padre, pero no es un padre, nunca lo ha sido, no sabe serlo. Más que un viaje de placer desde el principio se convierte en una especie de instrucción: su severidad y autoridad se impone sobre los chicos. Mientras que Andréi lo acepta con resignación, este comportamiento férreo se ve cuestionado una y otra vez por Iván, el más pequeño de los hermanos, quien no acepta que este hombre extraño que afirma ser su padre haya aparecido únicamente para imponer su autoridad sobre ellos, llenando sus vidas de normas y restricciones.

El largo viaje que hacen padre e hijos presenta secuencias de los tres protagonistas en diferentes situaciones (primero en lugares urbanos y más tarde, en plena naturaleza) que nos muestran los conflictos y las reacciones de cada personaje. A medida que avanza, el viaje se vuelve más misterioso y más desconcertante. Los chicos, sobre todo el pequeño, se preguntan por qué ese viaje, para qué, qué sentido tiene. Su destino último (aunque desconocido al comienzo de la película) es ir a una isla desierta, escasa de vegetación, que solo dispone de un par de edificaciones: una torre y una casa de madera en ruinas. Mientras que el mayor se ha podido adaptar y acepta la autoridad del padre, la tensión es cada vez más grave con el pequeño. Iván no deja de rebelarse contra él y lo desafía cada vez que surge la oportunidad, y su progenitor responde imponiendo severos castigos por su comportamiento.

Ya acercándose al final, el padre se ausenta y visita la casa en ruinas, donde abre una zanja de la que desentierra un cofre. Dentro de este cofre hay un cofre más pequeño, que lleva consigo y que esconde en el interior de la barca. Los chicos, a su vez, visitan posteriormente la casa y en esa misma zanja encuentran gusanos para pescar. A partir de aquí, la película camina hacia un desenlace inesperado (o tal vez todo el viaje, desde el inicio, avanzaba hacia ese inevitable desenlace): la dirección del hombre hacia un destino insalvable. Y cada escena, cada suceso que acontece, nos acerca a ello de forma inexorable.

El regreso es un filme que no desvela ciertos misterios: ¿Por qué había vuelto el padre? ¿Qué contenía el pequeño cofre? Aunque las fotografías que se suceden durante los créditos finales pueden dar ciertas pistas, lo cierto es que la cinta está sujeta a múltiples interpretaciones por parte del espectador. Esto le otorga un atractivo adicional, porque cuando se termina de visualizar deja ese resquicio de incertidumbre y ese espacio para la interpretación personal. Este halo de misterio que envuelve la película, junto con la historia que narra, la excelente fotografía y las muy buenas actuaciones, hacen que la opera prima de Andrey Zvyagintsev resulte un título formidable, un debut donde el gran director ruso ya muestra su enorme talento.

Reparto:

Vladimir Garin, Ivan Dobronravov, Konstantin Lavronenko, Natalia Vdovina, Galina Popova, Aleksey Suknovalov, Lazar Dubovik, Elizaveta Aleksandrova.

Premios:

2003 – Festival de Venecia: 5 premios, entre ellos el León de Oro a la mejor película.

2003 – Premios del Cine Europeo: Premio Discovery a la mejor ópera prima.

2003 – Festival de Gijón: Premio Especial del Jurado, Mejor guion y Mejor actor.

2004 – Premios Guldbagge: Mejor película extranjera.

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