Adán, Eva y el feminismo de Dios

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«Es una chorrada decir que la mujer está oprimida, no hay ni una señal de ello».

La dama que escribía este tipo de frases y las repetía en televisión, ¿estaba narcotizada, tenía humor negro o pensaba en Dios?

Chorradas divinas

En 1975, en Alemania Occidental, un debate televisivo sacudió más de lo previsto. Solas en el plató debatían sobre feminismo Alice Schwarzer, sólida periodista e icono del feminismo alemán; y Esther Katzen, una alemana nacida por accidente en Argentina, llena de títulos académicos y, probablemente también por error, ejerciendo de feminista. Había saltado a la fama invirtiendo la carga: hombre esclavizado por mujer abusadora. El debate tuvo sus contextos. En principio, la ausencia de moderador había sido una decisión editorial de la emisora de TV Westdeutscher Rundfunk, que quería una pelea de perros desangrándose frente a las cámaras. En términos estrictamente gramaticales, tuvo gatos: Katzen en alemán significa gatos. Pero, en términos históricos, tuvo lo que no previó: dos gladiadoras del sexo débil defendiendo sus ideas con fuerza y sin concesiones, aunque cada una desde lados opuestos del ring: Schwarzer con lucidez de Tarzán experta en predadores y la Señora gatos, imperturbable, con garras retráctiles representando el modelo de mujer misógina que más excita al machismo.

Por otra parte, la contienda se dio en la Alemania de los 70, que tenía un concepto de mujer muy diferente según el lado del muro en que se encontrase: en el oeste, la mayoría no accedía a trabajos remunerados ni podía trabajar sin permiso de su marido. En el este, trabajaba a piacere porque el sector público se ocupaba del cuidado de los niños… y la Stasi, del de los adultos. Evidentemente, Katzen no sabía nada de niñas cazadas o mujeres lapidadas y sus cuatro títulos universitarios ni siquiera le abrían los ojos al panorama de la mujer en su Sudamérica natal. Y si acaso sus frases se ceñían al país teutón, tampoco se entiende a qué mujer de qué lado del muro se refería. El presente no lo veía y el futuro no lo podía ni conjugar, sin embargo, del pasado bíblico intuyó bastante: desde la perspectiva mística, alguna de sus chorradas fueron visionarias… Solo que hacia atrás. Aunque el matrimonio política-religión, con su presencia invisible pero poderosa como un virus, nos haya convencido de lo contrario, no fuimos de entrada condenadas por pecadoras sino condecoradas por rebeldes.

Eva, la rebelde

Es interesante que el libro fundacional de las tres enormes religiones monoteístas comience con un acto de desobediencia de una mujer. «Dios puso a Adán y Eva, y para probar su fidelidad y obediencia les dio el mandato de comer de todos los frutos del árbol del huerto, excepto uno, llamado árbol de la ciencia del bien y del mal». Eva no es una rebelde sin causa, a Eva no le tienta la prohibición sino algo bien distinto: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer y agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió». Eva quiere sabiduría. Y por alcanzarla, no teme ni a Dios; decide y desobedece. Adán, en cambio, solo sabe obedecer: «y dio también a su marido, el cual comió así como ella». Finalmente, como todo sumiso, no podrá asumir la responsabilidad de su acto y culpará a Eva. Eva es corajuda pero no pelea batallas inútiles: deslindar el asunto a la serpiente es una muestra más de su inteligencia asertiva: Dios sabe quién hizo qué; además, ¿qué más da, si ya he probado lo que quería? Y quería todavía más. Según el filósofo Filón de Alejandría, la serpiente simboliza el placer que une la sensibilidad y la inteligencia; la propia Biblia afirma el nacimiento del deseo sexual de la pareja fuera del paraíso. No solo es curiosa, inteligente y sexualmente activa; hay una desfachatez formidable en esta mujer malentendida.

Adán, maleable como el barro

Todos, religiosos y laicos, conocemos el cuentito. «Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida». Que debería leerse como metáfora de un Creador dando forma a su criatura al modo de un artesano moldeando su vasija. Así y todo, como lo trajo hecho a mano, este Dios no parece darle una imagen y semejanza muy envidiable: en principio, le asigna la tarea de nombrar animales, que su chico ejecuta con obediencia y en solitario; es que ni entre tanta manada encuentra una mascota que le haga compañía. Necesita ayuda. «Y dijo Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él. Formó, pues, Dios de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos (…) más para Adán no se halló ayuda que fuese idónea para él». Primero le trae animales (¿¡supone que a Adán la va bien una cabra de novia?!) y cuando ninguno cuaja: «entonces tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar; y de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una a mujer y la trajo al hombre». ¿La trae como dama de compañía, en ese segundo plano que tanto irrita o como versión final del primer boceto mal hecho, tal cual reza el viejo chiste feminista? Versión final, segundo boceto o ensayo con vestuario, Eva viene con aditivos mejorados y uno esencial: la humanidad. Antes de Eva, Adán es uno más en la fauna anónima; Eva lo distingue del mundo de las bestias. En términos de humanidad, Eva es el primer ser humano. La infracción con la que inaugura esta nueva especie bípode de mamíferos será castigada, pero no por razón de sexo. «La igualdad no significa que las mujeres y los hombres sean lo mismo, sino que los derechos, responsabilidades y oportunidades no dependen del sexo con el que nacieron» (UNESCO, 2014). La Ley que no discrimina por sexo, discrimina sin embargo por otras inexploradas razones.

Eva, Adán y la igualdad ante la ley

En las antípodas de lo que siempre hemos citado sin ir a la fuente, este Dios no ve a Eva como única pecadora sino que castiga a ambos. A Eva: «Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz. Tu deseo te llevará a tu marido, y él tendrá autoridad sobre ti».

Lo primero no cuenta como castigo; si la abertura vaginal tuviese las dimensiones de la cabeza de un bebé y el parto fuese indoloro, no habría ningún placer en el acto sexual (y ni a Dios se le ha ocurrido castigarnos con un pene de treinta y cinco centímetros de perímetro cefálico). Respecto al segundo, ¿Dios ya ha visto la naturaleza rebelde de Eva? Solo así se explica que el escarmiento sea la pérdida del dominio de su deseo, condenándola a la dependencia de un compañero impuesto, cuando quizá ella hubiese deseado a otro u otra (en esa lucha estamos: recuperar el dominio original que ese Dios creó, vio o temió). La sentencia a Adán es más enigmática: «(…) ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa; con duro trabajo la harás producir tu alimento durante toda tu vida». Katzen lo dijo en su visión retroactiva: «Los hombres hacen todo el trabajo duro para nosotras». ¡Cuánta razón tenía! Desde la perspectiva de lo que eran las condiciones laborales hace miles de años, en donde cazar algo para la merienda era una misión con riesgo de vida, sin duda quedarse en casa era un premio. Entonces, ¿es el Dios de esta escena, misógino, ecuánime o misándrico? Otra de nuestra tertuliana, que en los 70 militaba para liberar al dressierte Mann, el varón domado: «Los hombres no lavan los platos, pero podan el jardín y lavan el auto». En la Alemania comunista, a cada uno le tocaba un plato; en la capitalista, existían lavarropas de última tecnología. En cuanto al paraíso, ciertamente Eva no tenía mucha faena porque carecía de vajilla; en cambio Adán, pobre hombre, sin auto y clavado al trabajo eterno de podar el jardín. Confirmado: Katzen pensaba en Dios.

Del cálido paraíso a la tierra recalentada

Según varias investigaciones científicas, como las publicadas en las prestigiosas revistas Nature y Science en 1987, la Eva mitocondrial, el ancestro femenino más reciente, habría sido una mujer africana hace unos doscientos mil años y el paraíso habría estado ubicado donde hoy habita el infierno: el sur de África, ese punto del planeta en donde es muy difícil encontrar un niño sano o una persona que haya superado los cincuenta años. En este contexto, por supuesto que la violencia no distingue sexos; también es cierto que son los varones los que mueren de a millones en la guerra y que, en tiempos de paz o algo por el estilo, viven presos de un capitalismo insaciable que se devora hasta el Amazonas.

«No se trata de decir que a los hombres les va bien, sino que la mujer sufre un tipo de discriminación sistemática y específica» (Swartzer), esto es, que en el patriarcado practicante no aplican las presunciones gatunas ni el feminismo perdido de Dios: solo una minoría tiene algunos derechos adquiridos para levantar como lanzas e ir por más; el resto es un sesenta y seis coma sesenta y siete por ciento de mujeres y niños física y jurídicamente violados, sin control sobre su propio cuerpo ni acceso a agua potable, en un mundo donde el noventa por ciento de los Jefes de Estado y el setenta y seis por ciento de los parlamentarios son hombres.Hacia un planeta expoliado de ozono y derechos elementales nos ha llevado el liderazgo del varón domado por matriarcas, pero pensante por naturaleza, como insistía Katzen: «Las mujeres son tontas, arruinan caprichosamente su aparato pensante y, tras unos pocos años de irregular training del cerebro, llegan finalmente a un estadio de estupidez secundaria irreversible». «El varón tiene curiosidad, piensa, registra lo habitual con los más sutiles matices», escribía también entonces, desvirtuando su talento: porque Adán no era curioso y no registraba nada, ni los más sutiles matices ni los crímenes más aberrantes…

Caín, Abel y la impunidad

Resumiendo: el primer acto de Eva es de liberación; sin el mordisco, no hubiera nacido la humanidad y nos hubiéramos quedado eternamente jugando con Adán a bautizar peluches, en un paraíso más parecido a la inercia apática de un cuerpo en el cosmos, que a las contingencias del colorido vivir. Eva inaugura la sociedad, ese sitio físico e incorpóreo donde hay placeres y jardines, pero también errores, leyes y conflictos. No fue el primer best seller del monoteísmo, sino los líderes religiosos quienes se ocuparon de azuzar la desigualdad de géneros. Lo que sí funda aquel Dios del Génesis es otra cosa, igual de penosa: un sistema de aprendizaje basado en el castigo y un núcleo familiar sin padre. Porque, ¿hay algo peor para un progenitor que engendrar un hijo asesino? ¿Y hay algo peor para un hijo, que tener un padre cómplice de asesinato?

El cuentito también es celebérrimo, pero lo refrescamos: Adán y Eva engendran a Caín y Abel. Ambos hermanos ofrendan dádivas a Dios, que valora más la de Abel. Caín mata a Abel. Desde la perspectiva del proceso de humanización, lo que ocurre a continuación es peor: la reacción de Adán ante el crimen es el silencio. No pudo ser pareja (par, tándem, dúo, ¿media manzana?) ni tampoco puede ser padre, avalando por omisión a un hijo que ha delinquido alevosamente. «Homicidio agravado por el vínculo», calificaría hoy el delito de Caín el artículo 23 del Código Penal español, porque «supone que de la relación de parentesco existente entre el sujeto activo y la víctima, se deriva la existencia de determinados deberes morales; cuando agrede a un pariente está defraudando una confianza legítima especial e infringiendo un deber especial de actuación. Por ello en estos casos merecen socialmente un mayor reproche, y por tanto, una mayor pena». La falta total de reproche, el silencio cómplice de Adán, muestra su debilidad moral, su integridad de barro. Si bien en términos cronológicos solo después del diluvio se decreta la pena de muerte por asesinato y solo los diez mandamientos dirán claramente «no matarás»; si bien Caín inaugura el crimen «y nadie entonces sabe cómo proceder ante un hecho que se ejecuta por primera vez», como nos explica el erudito finlandés Simon Livson, queda claro cuando Abel sangra mortalmente que eso ha sido más grave que un mordisco a una fruta. Aun así, Adán no ejerce nada parecido a la paternidad en un sentido afectivo-efectivo, mediador, de ley que diferencia el bien del mal; su silencio no es imparcial, sino criminal. Desmond Tutu apoyaría esta premisa con una de las tantas reflexiones que lo condujeron al Premio Nobel de la Paz en 1984: «si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor». Voilà: una mujer rebelde que busca el conocimiento a toda costa y un hombre amoral que calla ante el crimen de su primogénito. Menudo debut para el sexo fuerte. Nada que festejar, la conclusión no implica triunfo alguno para el feminismo bien entendido, que no busca la superioridad de su género y la humillación del varón. En todo caso, declara un duelo para la humanidad de todos los géneros; la cobardía muda involucionando hacia el grito del filicidio actual. Por otra parte, este crimen demostraría que no es en la sangre donde radica la fraternidad sino en la empatía, en el afecto que invita, atrae (nunca obliga) a la tarea del cuidado de un cercano, y a la transformación de celos letales en prudente admiración, por ejemplo. Así considerado, desde la perspectiva humanizante inaugurada por Eva, Caín y Abel no son hermanos; Caín no tuvo hermanos sino competidores y Abel no tuvo tiempo ni padre para advertirlo.

Conclusiones sacrílegas

Óleo de Jesús Monge

Familia Paraíso, el primer filme codirigido por Dios, recibe críticas hace miles de años. Hoy amerita un comentario acorde a los tiempos que corren. Según esta cronista, nacida de vientre feminista y habiendo parido sin dolor (touché) una niña ecologista, la ópera prima de género thriller con contenido explícito de violencia intrafamiliar, contiene al menos dos mensajes subliminales. Basta el plot twist para resumirlo: una pareja ejemplar engendra un criminal. ¿Y si hubiese en este fracaso primigenio un augurio de éxito en la diversidad y una diatriba contra la familia tradicional? Porque henos aquí, señoras, señores y señeres, que los tortolitos de nuestro Génesis, agraciados heterosexuales como son, chica y chico, rosa y celeste, inauguran el fratricidio. Fruto de su amor etéreo y hetero, nace un odio infame. Menudo recado para los homofóbicos y reaccionarios de todos los tiempos. Naturalmente, sabemos que la idea de un Dios feminista, adscrito al movimiento LGBT, no se corresponde mucho con lo que nos han acostumbrado a pensar, pero nunca está de más pensar, para lograr un training regular del cerebro. En última instancia, si acaso estos pensamientos son sensatos o son chorradas de una periodista en estadio de estupidez secundaria irreversible que no sabe podar el jardín, solo lo sabe Dios.

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3 comentarios

  1. Es difícil cuando la gente no entiende nada de Teología ni exégesis o hermenéutica de textos. Un artículo con palabras rimbombantes que impresiona tal vez solo a los iletrados y/o ateos.

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