Occidente en China

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En una discoteca de Shanghái, rodeado de chicas que podrían ser modelos y chicos que no encuentran caprichos suficientes en los que derrochar, me acerqué a un joven menudo, con pantalón y sudadera ancha, que llevaba al cuello una cadena con una cruz plateada de considerable tamaño.

Hey man! I like your cross.

Él asiente y sonríe, parece agradecido.

Do you believe in Jesus Christ? – Le insisto.

What? – Acercándose para escucharme mejor.

Jesus Christ? Do you know him?

Who?

God! Do you believe in God?

No bro, I just believe in money – Me sonríe satisfecho.

Esta conversación nunca tuvo lugar, es pura ficción, probablemente el chico ni si quiera hablara inglés. Pero de haberse dado la situación, presumiblemente habría sido así. Y es que aquí, western y money son dos conceptos que confluyen de una forma muy peculiar.

Occidente, la llamada cuna de la civilización y del pensamiento moderno por aquellos que olvidan el duro y violento trabajo de siglos de exportación cultural, se encuentra en declive. Esta afirmación, repetida hasta la saciedad, puede entenderse como cierta si tenemos en cuenta los valores que reivindicamos en la segunda mitad del siglo pasado y de los que en algunos casos solo queda ya la rana desenmascarada tras el príncipe. La socialdemocracia, el Estado del bienestar o un sistema financiero global iban acompañados de una supuesta confraternidad, solidaridad y respeto. Valores que nuestras instituciones supranacionales trataron de propagar como un virus benigno mediante la fuerza, en ocasiones militar y en su mayoría económica. Lo que hicimos metodología durante siglos no íbamos a cambiarlo en unas décadas por mucha barbarie que nos hiciera abrir los ojos. Y es que el hábito hace al monje.

Es indudablemente cierto este declive de Occidente si atendemos al incesante crecimiento económico que China, el MVP del equipo rival, ha desarrollado durante las últimas tres décadas. Crecimiento que viene acompañado de un giro radical en la balanza de poder internacional, y de un dominio político y financiero de la nueva potencia sobre buena parte del globo. Especialmente sobre aquellos países en desarrollo que ven en China una fuente inagotable de divisas, y sobre los que la República Popular parece estar conformando su propia red internacional que domina a placer. Sintetizando y simplificando, lo que algunos autores denominan el imperialismo silencioso chino.

Pero a diferencia de lo que este inevitable cambio en las reglas del juego (o al menos en quien ostenta el rol de la banca que siempre gana) pueda hacer presuponer, Occidente está muy vivo en Oriente, más que nunca, como la mona que se viste de seda.

Lo que el profesor de Harvard Joseph Nye denominó poder blando, esa capacidad de las potencias de influir en otros estados mediante medios no violentos, culturales principalmente, está cambiando en China la propia naturaleza de lo que Nye planteaba. Y es que parece que cuando el dinero entra a chorro por gaseoductos y buques de cargas, trae consigo los referentes culturales de aquellos países que tradicionalmente habían nadado en la opulencia. La cultura llega, pero sin dominación, sin subordinación, sin poder blando. Esos referentes calan porque es lo guay, lo esnob, lo que hacen en Occidente, y en esta parte del globo eso se traduce como «lo que se supone que hacen los ricos».

Por eso, en una ciudad como Shanghái, símbolo del progreso chino y referente para todos los experimentos económicos que se llevan a cabo en sus artificiosas ciudades en desarrollo, todo se ve occidental. Y digo se ve porque es occidental solo en la apariencia que dan los bienes de consumo, desde la ropa (donde las marcas europeas y americanas están en cada rincón) hasta la propia alimentación (con un sinfín de establecimientos que ofrecen comida extranjera y entre los que destacan las cada vez más numerosos specialty coffee shops). Incluso la propia ciudad es un intento de Nueva Nueva York asiática, con apenas un puñado de pequeños vestigios de un pasado arquitectónico que ha sido devorado por rascacielos.

Uno de los aspectos en los que más insisten los expatriados con años de experiencia es que los chinos son extremadamente superficiales (a lo que mi primera reacción fue un rotundo «¡Já! Como si en Occidente habláramos con el corazón»). Pero es cierto, la mayoría tratan de mostrar que tienen dinero y que están a la última, y los que por incapacidad monetaria carecen de tal pretensión se ven arrastrados inevitablemente por la moda cuando compran ropa, bisutería, gafas o peinados. Lo occidental es sinónimo de bonanza económica y de estar a la última. Luego, en una sociedad profundamente clasista y con una de las brechas entre ricos y pobres más altas del mundo, ¿quién no quiere ser occidental?

Las calles para ir de compras, que no son pocas, están empapeladas con carteles publicitarios de mujeres y hombres perfectos, atractivos, exitosos, musculados (ellos), famélicas (ellas), pero ante todo, occidentales. Cualquier sociólogo o psicólogo especializado en el análisis de los medios, corroborará que los anuncios son aspiracionales, nos muestran como queremos ser y nos marcan la pauta hacia la que ir para sentirnos gratificados. Aquellos que forman parte del juego pero carecen de recursos se ven condenados a regocijarse en su miseria existencial, confiando en el duro trabajo o en un golpe de suerte. Pero los que sí ostentan posibles ven en la imitación de dichos modelos el camino más rápido para el éxito. En algunos casos con atajos tan descabellados como la cirugía del doble párpado, la más realizada en el país, que dota a los pacientes de un aspecto más caucásico y los coloca, de esta forma, unos pasos más cerca del éxito.

Esto lo saben las marcas. Por eso, en algunos de los numerosos centros comerciales compuestos exclusivamente por tiendas de marcas de lujo, apenas puede encontrarse un cartel con modelos de rasgos asiáticos. En una zona protagonizada por estos luxury mall, donde las pastelerías hípster y las güisquerías parecen reproducirse por esporas, se encuentra una estatua en bronce de los relojes que Salvador Dalí explotó en distintos formatos como inversión asegurada. Acertada ubicación para la obra de un autor donde exuberancia y excentricidad se dan la mano.

Pero donde esta relación dinero-Occidente resulta más obvia, surrealista e inverosímil es en la noche shanghainesa. Las discotecas parecen artificiosos decorados hollywoodienses de alguna película mala de mafiosos o agentes de bolsa. Con reservados donde hombres serios fuman y juegan a los dados, acompañados de chicas preciosas con la cara iluminada por la pantalla del móvil y sentadas en los sofás como carne en vitrina. Todos custodiados por la adaptación contemporánea de los esclavos coloniales.

Una chica por debajo del metro sesenta, con la espalda recta, los pies juntos y pajarita sostiene un abanico en constante movimiento. Su herramienta de trabajo no solo sirve para refrescar al amo, con ella también le cubre la cabeza cuando disparan confeti y le libra de aquellos papelitos que han sido capaces de sortear sus artimañas. Cuando alguno de los que tienen el culo apoyado se coloca un cigarro en la boca, ella saca un mechero y lo enciende delante del amo antes de que este haya tenido tiempo de guardar la cajetilla. Es profesional, eficiente y autómata. El anacronismo de la escena descrita hace que el espectador se sienta viviendo un relato distópico. Observándola, uno no puede dejar de preguntarse si se sentirá satisfecha, realizada, afortunada por no pasarse quince horas al día arando tierras infértiles al oeste del país. ¿Sentirá que ese es su sitio, que es la vida que le ha tocado vivir? ¿Tendrá esperanza de llegar a tener el culo apoyado si sigue abanicando fuerte los próximos años?

Junto a esta manifestación de la abolición del derecho fundamental a la dignidad, desfilan entre los reservados hombres fornidos portando botellas de champán y güisqui, platos con aros de cebolla o pizzas, bandejas con fruta troceada y cajas de puros con linternas para que los señores puedan ver la mercancía. En uno de los clubs más populares tienen una pecera de varios metros de longitud con al menos una docena de pequeños tiburones que nadan al ritmo de las vibraciones que producen en el agua los agradables ciento veinte decibelios de los altavoces.

Este bochornoso espectáculo no es más que la adaptación que un nuevo rico haría de una actividad occidental con poco recorrido en China, donde el ocio nocturno ha estado tradicionalmente más ligado a los karaokes. La música es toda en inglés, con algunas excepciones en español, y tanto el Dj como el animador, ya sea blanco, negro o asiático, siempre habla en inglés a una audiencia con más de un noventa por ciento de chinos.

La guinda de este remake de alto presupuesto lo pone el hecho de que los clientes occidentales no solo tienen entrada gratis, sino que también beben sin pagar ni un yuan. Entran, se les pone una pulserita como en un todo incluido, y se les dirige a las mesas altas con bebidas que están justo delante del Dj, hacia donde todo el mundo mira, donde son más visibles. La única condición para entrar en la cautividad de este zoológico racial es dar en la entrada el nombre de un RRPP y, lo más importante, tener aspecto no asiático, para así dar prestigio a la sala. Ser occidental mola, y por eso los propietarios les invitan a beber durante toda la noche, inversión que recuperan de los señores de los reservados con sus billeteras bien abiertas.

Los crucifijos, para bien y para mal, llevan unos mil setecientos años acompañándonos en occidente. Desde que a un tal Constantino le dio por que había algún tipo de vínculo irracional entre el poder omnipresente que habita en las nubes y un genio de la retórica con alma de hippie. Y no contento con ello, pensó que sería conveniente imponer tal idea como dogma incuestionable a todos los miembros de su vasto imperio. Durante todo ese tiempo ha sido esperanza de salvación para muchos, y motivo de adoración hacia aquellos pocos que lo portaban, un símbolo de estatus y reconocimiento social. A China parece que solo ha llegado el poso rancio del fondo.

Pero no es el único ejemplo de valores o ideas que son masticadas, tragadas y digeridas por la incesante rueda del neoliberalismo. En Europa somos expertos en esto. El caso más típico es la figura de Che Guevara, una personalidad que se convirtió en emblema de la revolución que los pueblos latinoamericanos llevaron a cabo contra los que veían en esa tierra su tablero particular, y que con el tiempo llegó a ser un icono de la izquierda en el viejo continente. En menos de un cuarto de siglo, su rostro impreso en camisetas, posters, tazas y llaveros había generado más ingresos de los que Ernesto podría haber imaginado para los herederos de su revolución. Mientras, sus ideas eran olvidadas o degeneradas.

Más reciente es el caso de Frida Kahlo, artista ejemplo de insumisión que ha inspirado el movimiento feminista en medio mundo. En España ya puede encontrarse todo tipo de merchandising con la cara de la mexicana coronada por su famoso unicejo. Y curiosamente hay una camisa con dibujos de la artista que goza de gran popularidad entre los círculos más progres de Shanghái. La sociedad que enseña a sus chicas a vivir obsesionadas con ser lo más hermosas posibles para poder encontrar a un marido con dinero integra como icono a una mujer que con sus autorretratos escupía a los estereotipos de belleza femenina instaurados por el género dominante. Un icono hueco, pero muy molón, o lo que es lo mismo, una marca. Y eso es precisamente lo occidental en China: una señal distintiva que indica calidad y jerarquía social. Branding for success, que diría Larry Checco.

Al oeste del Pacífico llegan los símbolos por su asociación con Occidente y con el progreso, pero las ideas se pierden por el camino víctimas del reciclaje que el mercado hace de todo lo susceptible de rentabilidad. Si en aquellos países donde se disfruta la libertad de prensa y de pensamiento, las ideas son cada vez más simples y edulcoradas, reducidas a tuits o eslóganes, en qué se convierten los símbolos y las ideas cuando llegan a un país que, tras más de medio siglo de práctica, ha convertido en hábito la obediencia y la ausencia de sentido crítico.

Da la sensación de que, como dijo mi amigo imaginario, they just believe in money, bro.

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