Sanfermines: reliquias, toros y kalimotxo

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España, para bien y para mal, es el país de la fiesta: esta es una de las primeras palabras del castellano que aprenden los nórdicos europeos cuando visitan el gran resort de tres estrellas que ven en la Península Ibérica. Mediterráneos guapos, buen clima, buena bebida y mejor comida. Relación calidad-precio asegurada. Incluso los españoles tenemos algunas fiestas repartidas por el país a las que debemos acudir al menos una vez en la vida si queremos conseguir la nacionalidad no burocrática, pero sí cultural. Sanfermines es una de ellas, si no la principal.

Cuando el obispo de Pamplona recogió las reliquias de San Fermín en el siglo XII, se decidió establecer el día diez de octubre como festividad en su honor. La celebración consistía principalmente en una feria comercial que atraía a gentes de las poblaciones cercanas, aunque también acogía otro tipo de espectáculos que fueron creciendo con el tiempo, como danzas, titiriteros, funambulistas o representaciones de comedias.

Unos cuatro siglos más tarde, en 1591 concretamente, esta fiesta se unificó con otra que se celebraba el día siguiente a la noche de San Juan, trasladando ambas al día siete de julio para aprovechar las ventajas de un clima veraniego más apacible para celebraciones. Ese año fue el primero del que se tiene constancia en que hubiera un programa preestablecido que organizase los diferentes eventos. Comenzaba con un pregón al que le seguían bailes, obras teatrales y torneos de lanzas. Y al día siguiente, comenzaban las corridas de toros. Hay testimonio de su presencia en estas celebraciones desde el siglo XIV, pero a partir del siglo XVI, cuando la fiesta fue reubicada en el calendario, son numerosos las evidencias que hablan de actos taurinos. Algunos con corridas de hasta dieciséis toros.

La actual tradición del encierro procede de la necesidad de trasladar los toros del exterior de la ciudad a la plaza mayor. Este recorrido era liderado por caballos, pero más tarde se fue animando la gente de la ciudad, que corría junto a los toros para ayudar a los ganaderos. No fue hasta finales del siglo XIX que se estableció la actual tradición de correr delante de las bestias. Y lLa celebración no ha dejado de evolucionar: donde antes había un puñado de artesanos, agricultores y ganaderos tratando de aprovechar las bendiciones del santo para ganar un dinero extra, hoy los sustituye una ebria masa de gente que abarrota las calles sin más objetivo que recordar la segunda semana de julio como una de las mejores juergas de su vida.

Esta fiesta, como afirmaba en una entrevista para Efe el catedrático de la Universidad de Navarra, Ricardo Fernández Gracia, pese a ser cada vez menos ritual y más espectacular, cumple una función antropológica y de catarsis: la gente busca el contacto con el riesgo, sentirse en peligro y, según Fernández Gracia, ahí reside una de las principales razones de su arraigo.

Sin embargo, los valientes que se atreven a enfrentarse a una cornamenta sostenida por media tonelada de músculo bravo son los menos. Este puñado de locos venidos de todo el mundo que necesita segregar adrenalina, aunque ello les cueste una temporada en el hospital o la eternidad bajo tierra, desciende año tras año. En 2018 apenas superó los catorce mil corredores entre los ocho encierros, más de un veinte por ciento menos que en 2017.

Si tenemos en cuenta que cada año el total de asistentes se encuentra alrededor del millón y medio de personas, podríamos afirmar que para la mayoría (la inmensa mayoría) los motivos han cambiado. Los más de mil bares ahora desbordados de clientes apenas superaba la docena hace cincuenta años. La fonética de la palabra fiesta pronunciada gentilmente por un clérigo dirigiéndose a sus campesinos, que fue sustituida en su día por el acento de gentes del norte español, recias e impávidas, ha dado paso al grito histérico a la nada de un británico con chapetas, confuso ante el vocerío de una multitud que responde «¡Qué?», al grito extasiado (y etílico) de «¡Camarero!».

Lo que parece probable es que la tradición que inspiró a Hemingway para escribir su primera novela de éxito (Fiesta, no podía ser otro el título), y que gracias al relato de su experiencia motivó su popularización mundial, se encuentra en un punto de no retorno. Los cuernos seguirán siendo el símbolo, pero las jarras llenas el punto de interés.

Allá por el siglo XVI, mientras en Pamplona se mareaban con el calendario buscando fecha para su santa celebración, un italiano renacentista, Julio César Escalígero, parece que ya sabía de qué iba el asunto cuando dejó escrito: «Beati hispani quibus vivere est bibere» («Afortunados los hispanos, para quienes vivir es beber»).

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