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Cárceles de esclavos – 22 de junio

En Estados Unidos hay un ejército de presos que trabajan como esclavos para pagarse la cárcel. La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles pone números a esta esclavitud penitenciaria: los presos que trabajan (ochocientos mil, del millón doscientos mil en presidios federales y estatales) producen once mil millones de dólares en bienes y servicios cada año. A cambio reciben entre trece y cincuenta y dos centavos por hora. Y además los gobiernos retienen hasta el ochenta por ciento de esa miseria para que los presidiarios paguen por su celda, comida, y construir nuevas cárceles o mantener las existentes. El saqueo de salario deja a los presos casi sin recursos para costearse sus productos de higiene y medicamentos.

El trabajo es una obligación para el setenta y seis por ciento de los presos estadounidenses. Si lo rechazan, pueden ser objeto de castigos adicionales, como el confinamiento en solitario, la imposibilidad de reducir sus condenas, o perder el derecho a visitas familiares. En siete Estados, ni siquiera les pagan. Son Alabama, Arkansas, Florida, Georgia, Misisipi, Carolina del Sur y Texas: prácticamente los mismos que formaron la Confederación de Estados esclavistas de la guerra de Secesión hace ciento sesenta y un años, ayer a ojos de la Historia. Hoy siguen promoviendo una esclavitud sancionada por la Constitución. Enmienda 13: la esclavitud está prohibida, «excepto como castigo por un crimen por el que la parte haya sido debidamente condenada».

El veinte por ciento de los presos de todo el mundo están en cárceles estadounidenses. Helena Villar recuerda en Esclavos Unidos que fue en los años ochenta cuando la guerra contra las drogas propició leyes para encarcelar más durante más tiempo. Como en otros países, hay más pobres que ricos entre rejas. Y más negros: el sesenta y siete por ciento de los presos son negros, por el treinta y siete por ciento de la población general, según The Sentencing Project. «Por el pasado llorarás», escribió Chester Himes, el mejor escritor negro de novela criminal del siglo XX. Él mismo pasó por la cárcel, de donde salió esa novela en la que un joven sentenciado sueña con que le trasladen a la granja del penal: porque el trabajo penitenciario era el camino a la libertad.

«Esclavo del salario», canta Placebo: «es una carrera de ratas, una carrera para que las ratas mueran». Y citan a Dylan: la granja de Maggie: «cantan mientras se esclavizan, y me aburro». Rage Against the Machine la siguen rimando. La esclavitud formal se acabó hace menos de dos siglos en el Nuevo Mundo que fundó Europa. Hoy el imperio de Occidente se sigue considerando un faro moral, aunque en sus prisiones se esclavice en masa. Jack London, que lo escribió todo, se inventó un vagabundo de las estrellas, un preso que soñaba cuando lo confinaban y así lo soportaba. Creía que en los viejos tiempos se castigaba drásticamente, pero sin hipocresía. Hoy un coro de medios y púlpitos bendicen nuestra voluntad de ser salvajes.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3. Puedes escucharla aquí.

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Víctor García Guerrero

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