Templo Longhua, Shanghái

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Es domingo a las tres de la tarde y la humedad de Shanghái, que suele rondar el ochenta por ciento, viene acompañada de unos poco apacibles cuarenta grados. Por si esto fuera poco, la ciudad que acostumbra a sus habitantes a la penumbra de una perenne nube de polución ha amanecido hoy con cielo despejado, por la lluvia de los días previos, y un sol sofocante que abrasa la piel.

Con este panorama, los cinco kilómetros recorridos en bicicleta hasta llegar al destino se convierten en una agonía innecesaria, solo apaciguada por la ocasional brisa que brota de las entradas de los innumerables centros comerciales, cuyos aires acondicionados también han asumido la máxima china de a mayor rendimiento, mayor beneficio. Aparcada la bici, es parada obligada algún comercio donde comprar agua fría. Occidental de metro noventa, pelo rizado y camiseta empapada en sudor. En China, esta descripción equivale a portar un cartel luminoso con el imperativo kan wo (mírame).

Ya rehidratado enfilo mi destino, fácilmente identificable por una impresionante pagoda de cuarenta metros. El Templo Longhua, un superviviente con una historia tan triste como la propia humanidad. Aunque su origen se remonta al siglo III, la estructura que se conserva actualmente data del siglo X, cuando su condición de víctima material obligó a la dinastía Song a reconstruirlo. Con el paso de los años se fueron añadiendo construcciones, la mayoría del siglo XIX, y en los recientes años 50 se realizó un gran esfuerzo por dotarlo de su aspecto actual. En resumen, crear y destruir, nuestras más destacadas competencias.

Al cruzar la valla metálica que separa lo divino de lo terrenal, custodiada por dos guardias que no levantan la vista de sus móviles, el olor a incienso y la parsimonia de la gente a mi alrededor dan cuenta de que ya no estoy en la ciudad de hormigón, hierro y vidrio que recorría en bicicleta hace unos minutos. Se respira algo diferente que le hace a uno sentirse en un enclave alejado del lujo y las marcas de diseño que caracterizan a la ciudad más poblada del país más poblado.

Entre la pagoda y la majestuosa entrada del templo hay dos grandes recipientes de acero donde los fieles arrojan sus ramos de palitos de incienso en combustión tras haberlos utilizado como línea directa de comunicación con lo divino. Recitan oraciones de las que apenas se oye un silencioso murmullo y agachan la cabeza o doblan el lomo en innumerables reverencias mientras el humo les golpea en la cara. Una señora en posición de sumisa veneración, con la cabeza a la altura de la cadera, se encuentra junto a estos recipientes moviendo los labios con diligencia, tratando de hablar con sus allegados, los espíritus o el mismísimo Buda, quién sabe. Me quedo observándola con asombro el tiempo suficiente para que termine sus divinas labores, se dé media vuelta y se marche. Entonces me doy cuenta de que no se mantenía en una reverencia constante, sino que su avanzada edad le impedía mantener la espalda erguida. Y es que tanta adoración sale cara.

Atravieso la entrada y recorro a ritmo pausado el recinto. Entro en los distintos halls boquiabierto por las estatuas doradas de varios metros de altura y por la fervorosa pasión por la que viven su fe esa gente que, hasta hoy, parecían no tener más credo que el que refleja sus cuentas corrientes. Aunque no recen y estén hablando con el vecino más próximo, pasean con las manos juntas por las palmas, como si no pudiesen cambiar de postura mientras realizan la ruta sagrada yendo de una estancia a otra para adorar a las distintas deidades. Mientras, yo paseo con la libreta en la mano, la camiseta aún empapada y la extraña tranquilidad de no sentirme observado, de ser uno más, sensación poco frecuente desde que aterricé en este país.

El ambiente ritual se ve mancillado por la presencia constante de móviles haciendo fotos. Siempre hay alguien con un teléfono en las manos. Práctica que alternan con la proskynesis, ese saludo con el que los persas mostraban respeto a sus superiores y que los griegos le pusieron nombre cuando Alejandro Magno lo impuso entre sus soldados. Para hacer más cómoda su ejecución se colocan unos cojines ante las estatuas que ayudan a componer una gama cromática donde la mezcla de rojo y dorado, al tiempo divina y real, le hacen a uno sentirse insignificante y con ganas de dejarse las rodillas y las lumbares como el que más. Como con las mejores piezas de arte, aquí no se trata de creer o entender, sino de sentir.

Observo a una señora que ordena a su hija tirándole de la camiseta para que se ponga a su lado y se coloque en la misma posición que ella, con las palmas juntas. La pequeña, obediente, actúa tal y como la madre esperaba y se pone a orar, o a fingir que lo hace. Como en todas las religiones, no se trata tanto de creer o sentir, como de obedecer.

Al terminar unas anotaciones en mi libreta levanto la vista y veo a un señor que me observa con una media sonrisa, haciéndome notar que no paso tan desapercibido como pensaba. Nuestras miradas se cruzan y el hombre sonríe más fuerte, produciendo profundas arrugas en su rostro, y asiente dos veces, como saludándome. Una muestra de complicidad y respeto por el foráneo que contempla humilde y atento, pienso inicialmente. Aunque probablemente el señor solo expresara los nervios que se experimentan al ser pillado observando a alguien que creíamos despistado. Aquí las sonrisas no siempre significan lo que uno cree.

Llego hasta el final del recinto y vuelvo a reconocerme en Shanghái al ver un Mercedes  deportivo aparcado en la salida trasera, justo al lado de la última construcción que compone el templo. Un vehículo cuyo valor supera las seis cifras en un lugar dedicado a una doctrina filosófica que promueve el ascetismo y la austeridad como formas de alcanzar la plenitud, y que durante siglos se fue sacralizando hasta convertirse en religión. Disfrutando de esta jocosa contradicción advierto que no es exclusividad de las religiones teístas aquello de una cosa es predicar, y otra dar trigo.

Un desfile de trabajadores portando puertas y colocándolas en los quicios indica que ya ha habido suficiente fe por hoy. Los fieles son invitados a abandonar el lugar, pero la posición de las manos y el infinito murmullo sordo se mantienen incluso cuando las puertas se cierran tras ellos. Al volver a la entrada me detengo de nuevo unos minutos ante la pagoda, y me doy cuenta de que algunos están dando vueltas a su alrededor, sin separar las manos ni dejar de mover los labios. Esta entrañable escena me recuerda inevitablemente a los reos americanos, ingleses y chinos que habitaron el templo y sus alrededores, convertido por los japoneses en campo de prisioneros durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945). En su actitud serena y dócil veo que la fe puede ser prisión o libertad, según la relación que se mantenga con ella. Eso mismo debían pensar los japoneses de su imperio.

Me dirijo a la salida donde los fieles más impuntuales se agolpan sobre la valla metálica, ahora cerrada. Increpan a los guardias con malos gestos y peor tono, pero a pesar de la rabia por ser privados de admirar a sus santas estatuas, se apartan con disciplina para dejar pasar a aquellos que sí llegaron a tiempo y que ahora abandonan el templo. «¡La fe, como todo, también tiene su hora, señora!», quiero entender del indescifrable vocerío que forman los guardias.

Al girarme para echar un último vistazo a esta maravilla arquitectónica veo la ambición, el odio, la envidia, el deseo de poder, las armas como instrumento para la resolución de discordias y la estupidez de confundir las ideas propias con la verdad absoluta. Constantes grabadas a fuego en nuestro ADN que también pueden leerse en las esquinas del templo más antiguo de Shanghái. Las ejecuciones públicas que el KMT (Partido Nacionalista Chino) llevó a cabo en este templo en 1927 y durante toda la década posterior, contra los disidentes comunistas que empezaban a fragmentar la estabilidad política de la República China, o eso pensaban ellos, son solo otro ejemplo de dichas constantes.

En el parque contiguo al templo se levantó en 1995 un memorial para recordar a estos pobres diablos que dieron su vida por traer el comunismo a China y que durante años fueron ejecutados y enterrados en ese mismo lugar. Esta oda al recuerdo selectivo incluye su museo y sus típicas esculturas propagandísticas de estilo socialista, tan impresionantes como estimulantes. Quizás estén esperando otros 70 años para recordar a las miles de víctimas del partido único desperdigadas por todo el país.

Tras un breve paseo por el parque el calor empieza a hacerse difícil de gestionar. Con una moderna pirámide de cristal y grandes extensiones de césped recién cortado, el parque hace más las veces de cementerio que de zona recreativa, con un silencio absoluto y apenas un puñado de transeúntes. Esta percepción se confirma al ver el memorial: una zona verde y escalonada con fotografías de los comunistas ejecutados y dos flores ante cada una de las imágenes.

Sofocado, me siento en un banco a la sombra para tratar de recuperarme. Un guardia aparece de la nada y llama mi atención con un afable «hello» que sale de su enorme sonrisa. Se señala el reloj y capto el mensaje instantáneamente. Cuando me levanto, con un tímido «ok» que sale de mi boca, me responde «thank you», sin perder la sonrisa y asintiendo con la cabeza. Tres palabras y un simple gesto suficiente para transmitir toda la información necesaria es un buen resumen de mis conversaciones en este país. Este chino es de los míos, nos entendemos mejor de lo que piensa.

Cuando salgo de la necrópolis ajardinada, a apenas unos metros de la entrada, me siento de nuevo en Shanghái. La masa de edificios de más de treinta plantas, los coches disparatadamente caros, las silenciosas motos eléctricas que nunca dejan de pitar sumándose en un estruendo sinfónico. La imagen que tenemos de China es tan solo una burbuja que recrea una realidad que ya no se encuentra latente en las ciudades protagonistas de su gran desarrollo. Ya puedo volver a ponerme los cascos, ya no hay silencio del que disfrutar.

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